Miré los restos sanguinolentos. Contrario a lo que creía, no eran de un rojo brillante; tenían más bien un tono quemado. La fragancia metálica apenas se percibía, pero lo acompañaba un toque agrio que me recordó la leche materna. Había deseado que esto ocurriera por la mañana, cuando fuera al baño; podría ser un asunto olvidado al quedar cubierto con el resto de mis desechos, uniéndose a la tierra y quizás florecer en un futuro no tan lejano.
Mi compañera había repasado los riesgos de hacerlo durante el día; los lienzos blancos, sin duda, nos delatarían. Nunca ha sido seguro deambular en la oscuridad. Ocultarlos hasta el amanecer no era una opción, marzo nos envolvía con su cálido manto. Acepté seguir su plan; ya que era mucho mejor que intentarlo por mi cuenta. Aunque juntas cuidamos los detalles de la mentira, en caso de que la necesitáramos. La verdad es que hace mucho el miedo nos fue arrebatado, pero no implica que queramos llamar la atención o que seamos descuidadas para ser atrapadas.
La sensación suave, la fragilidad, y sus formas me tenían atrapada. La tenue iluminación tejía figuras floridas en su interior. Con gestos alentadores, me instó a seguir, sacándome de mi trance, pero a pesar de haberlo discutido durante las últimas tres semanas, no podía llevarlo a cabo. Ella me observó por unos segundos, casi comprensiva. Nuestras miradas conectaron y en silencio me tranquilizó.
Comenzó con los coágulos pequeños, los tomó y los deslizó entre sus labios. Por un momento, me pregunté si los estaba masticando. Tragó ruidosamente, y repitió el proceso hasta que no quedó ningún rastro. Me dedicó una enorme sonrisa. El sonido nocturno me acunó, a pesar del dolor residual de mi vientre y las constantes punzadas que recorrían mis muslos hasta desvanecerse en mis rodillas; también sonreí. Las horas restantes antes del amanecer se desvanecieron, pero las sombras de nuestro secreto desaparecieron antes de la llegada del nuevo día, con una rapidez mayor que la de los ácidos gástricos disolviendo cualquier posible evidencia.

Jacko Aguila. Soy una persona con discapacidad, mujer autista y lesbiana, comprometida con la promoción de la no discriminación y en lucha contra el capacitismo. Soy una activista inexperta en constante proceso de deconstrucción, experimento con la expresión artística para resistir la violencia simbólica, estructural y patriarcal. Abogo por la educación no formal y el voluntariado como una herramienta de cambio social.

