Carmen Macedo Odilón: Besito en la frente

Bajo la escalera y corro a la entrada. 

—¿Llaves, Chivis?

—Sí, mamá.

Deslizo el pasador de la puerta.

—¿Identificaciones?

—Sí, mamá.

Abro.

—¿Comunicador?, ¿machete-vegetal?, ¿desintegrador de inorgánicos?, ¿botella de agua?, ¿guantes y gorro?, ¿ri…

—¡Mamá, tengo prisa!, luego nos vemos.

—Óyeme, la bendición. 

Alzo los ojos ante el rito de cada mañana. Mamá pide que regrese sana y salva, luego me da un besito en la frente.

—Te quiero, ma’, hasta la noche.

El paraje rumbo a la carretera es solitario. A lo lejos se escuchan gruñidos, es temporada de hibernación para los osos de casquete gris. Mi olfato detecta una manada, momento perfecto para que los contrabandistas de exóticos intercepten el resguardo de esos animales tan cotizados. No es mi área, pero busco intrusos camino a la base de traslado. Me detengo.

Tres sujetos camuflados trazan un círculo con ramas secas alrededor de una madriguera y prenden fuego. Me oculto tras un tronco hueco, saco el comunicador y doy mis coordenadas; llegarán en cinco minutos, instante más que suficiente para morir asfixiado. Voy a tomar mi rifle, pero el lado izquierdo de mi hombro está vacío. “Cómo diablos”, pienso en la letanía de mi mamá: llaves, identificaciones, comunicador, machete-vegetal, desintegrador de inorgánicos, botella de agua, guantes y gorro… y ¡rifle-emergente!, el maldito rifle recién cargado.

Un sujeto me descubre mientras los otros dos dirigen el humo a la cueva, faltan 180 segundos para los refuerzos, tiempo justo para…

Un disparo que alerta a los dos extraños, detonación dos, tercer balazo-emergente.

—Chivis, Chivis, tu rifle, mija.

Mi mamá y su paso torpe por el sendero, su respiración agitada, sus manos arrugadas. Corro hacia ella, la abrazo, el rifle aún está caliente. Callo que detonar esa arma más de una vez es un crimen militar. Tomo el desintegrador orgánico y extingo el fuego, los osos de casquete gris se reúnen, de la madriguera salen una hembra y tres cachorros. 

—Vente, mami, los osos se harán cargo.

Le hago la bendición para que regrese sana y salva y se encierre en casa, beso sus cabellos y le digo que la amo. Mientras la miro desaparecer por el sendero, aguardo la unidad ranger, un minuto que se desvanece, igual que los osos borran restos humanos de un suelo manchado con sangre ahumada. Busco el comunicador en mi bolsillo para avisar que llegaré tarde y encuentro tres cartuchos de repuesto que mi mamá debió dejarme en nuestro abrazo. Me quedan diez segundos, a lo lejos se oye la unidad, cargo el rifle, tres, dos, uno.

—¿Está bien, Silvia?, necesito un reporte de lo sucedido —dice un ranger.

Mi rifle ya está frío, colgado de mi hombro izquierdo.

—Usted sabe, se cruzaron dos grandes ritos, por un lado, la depredación, por el otro —miro hacia el camino que conduce a mi casa— la defensión. No se puede juzgar a los animales por cuidar lo suyo.

—Agradezco su servicio, que llegue con bien a la base de traslado.

Sonrío, pero no, a él no le sale.

De la Ciudad de México, tornadiza, a veces truncadora y casi siempre de espíritu abortivo, aunque a la larga cumplo.

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