Carmen Macedo Odilón: Piezas

No se sabe si aún se llevaba la cuenta, pero era el año 2228. A diferencia de otras épocas, desde hacía cien años ya nadie se preocupaba por el paso del tiempo. Los restos de la sociedad y sus escasos habitantes estaban lo bastante preocupados por sobrevivir en una Tierra que, de a poco, dejaba de ser habitable.

El primer parpadeo de sus ojos fue tan conmovedor para su “padre”, como si este volviera el tiempo al instante en que contempló los primeros pasos de su alguna vez nieto. El científico jaló su silla y acercó la lámpara alta para iluminar lo más que pudo la develación de su obra magna. A su lado, no había nadie más en el laboratorio, solo inventor y objeto. A sus espaldas, la estantería atiborrada de cables fijos a la batería que lo alimentaba de energía, y que a su vez se conectaba a la computadora madre; los frascos en las gavetas contenían toda clase de criaturas y sustancias a medio procesar; el refrigerante preservando las muestras de órganos otrora vivos. Toda esa estéril compañía envuelta por un silencio que en ocasiones se rompía por el bip, del soporte vital.

Así como la lluvia deforma el reflejo de un cristal, la mirada inexperta del creado le brindó imágenes borrosas. Escuchaba la voz de un ser a quien de inmediato reconoció como su “padre”, pese a que seguía sin poder enfocar bien su rostro.

  —Es el ojo derecho —mencionó el científico—. Maldita sea.

El “padre” insertó los dedos en la cuenca izquierda de su hijo y sacó el globo ocular con un delicado tono celeste en el iris.

—No tenía otro marrón, ¿ya puedes verme? 

La criatura asintió. El nuevo ser tuvo al fin conciencia de su cuerpo: era pesado, pero de forma desproporcionada, como si alguna presencia invisible retuviera la movilidad de sus extremidades.

—Este ojo no era humano, creo que te afectó más de lo que pensé.

“Oh, padre, me gustaría saber quién soy”, pero no fue escuchado. Ni siquiera salían las palabras de sus labios, únicamente sonidos agudos incomprensibles para su progenitor y que, al mismo tiempo, estaban cargados cada vez más de desesperanza. La criatura extendió su brazo, pero en vez de dedos tenía plumas. Cada instante le pareció más aterrador su nuevo cuerpo.

—¿Qué tal este? —dijo de nuevo el “padre”.

Introdujo sus dedos húmedos y fríos en la cuenca vacía. La pieza esférica entró con mucha dificultad y empezó a girar convirtiendo las ahora imágenes en un juego de luces caleidoscópicas. Por las mejillas del hombre creado, la solución para ojos corrió como un par de lágrimas y se preguntó si no era capaz de producir por sí mismo llanto.

—Mírate. ¡Hasta estás llorando de felicidad!

Un espejo sostenido por una mano que sí podía sujetar objetos, y una voz que hacía vibrar cuerdas vocales atraía la atención del creado. Su “padre” era un hombre decrépito, un científico con aires de Frankenstein e ignorante de las emociones ajenas. Y al mismo tiempo le parecía maravilloso. Sin embargo, las lágrimas artificiales no provenían por dicha alguna. De un aletazo, la criatura arrojó el espejo, el cual se hizo añicos contra la pared, reflejándolo infinitamente en inertes trozos de cristal.

Su “padre” lo miró con recelo, pese a todo, sin sorpresa alguna, como si ese arrebato de ira fuera la constante en el carácter de sus volátiles experimentos.

El científico habló a su creación, aunque este era solo la vieja carcaza del cuerpo de su alguna vez nieto, quien debía sentirse orgulloso por ser el producto de un genio como él, resultado de años de investigación y experimentación a ensayo y error, gracias a una vida entera dedicada a la vivisección. Su nuevo cuerpo estaba fabricado con las bondades de seres ya extintos: zancas de chita, alas de halcón, piel escamosa e impermeable en su torso; ojo izquierdo de camaleón, y derecho de humano; un instinto de proteger a su “padre”, tan fiel como el de las hembras que a tan solo unas décadas atrás podían parir.

—Eres el futuro de la Tierra, alejarás a los invasores y con mis demás “creaciones” nos encargaremos de regresar la vida otra vez a nuestro planeta, hasta que… 

Pero el creado dejó los chillidos, intentó graznar y después rugir hasta que de sus todavía labios humanos brotaron frases entrecortadas.

—Pa…dre, ¿có…mo debo llamar…te?

—Hombre. Soy el último que queda.

—Tú… tan hermoso y único… yo: la suma de tus ambiciones, un caprichoso rompecabezas mal armado… ¿Cómo puedo jactarme de lo especial que soy si mis ojos, piernas y brazos son robados?

El creador se había equivocado en lo más importante, el cuerpo aún conservaba su alma de artista, se olvidó de remplazar su corazón de poeta por el de sirviente.

Fue desmantelado como experimento fallido.

Carmen Macedo Odilón. Oriunda de la Ciudad de México. Estudiante de letras y bibliotecaria de la vida. Loca de los gatos, huidiza por convicción y clienta del insomnio por afición. Le gusta el silencio, el ruido interno, la nada y los lugares solitarios.

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