Angélica Mancilla: Nos fuimos a otro planeta para saber que ya éramos mar

Llevábamos tiempo ahorrando y posponiendo las vacaciones en nuestro trabajo para cuando llegara el momento correcto y evitar cualquier sospecha. Y quizá este no era el correcto, pero sí el necesario. Necesitábamos salir inmediatamente de la Tierra, aunque eso significara contribuir a enriquecer a un hombre que traficaba con nuestra condición: mujeres jóvenes y empobrecidas. Los “cucos” —manera corta de nombrar a los cuclillos, en analogía a las aves parásitas— son los sujetos que, de forma ilegal, transportan a terrícolas a un satélite fuera de la Tierra, para que de ahí puedan huir a otro planeta.

Nosotras no sabíamos a ciencia cierta si existía Whileaway, tal vez solo eran rumores, pero estábamos dispuestas a averiguarlo antes que aceptar la maternidad como el único destino válido. Habíamos llegado al límite del agotamiento, a punto de la parálisis por miedo: entre dejar de intentar obtener respeto como científicas o resignarnos a servir café y transcribir documentos del pasado si queríamos estar fuera del espacio privado. Pagar al “cuco” parecía la única salida, aunque fuera como indocumentadas; el tránsito legal era exclusivo de los hombres. Los medios anunciaban la culminación de la igualdad sexual, pero en realidad todo se había vuelto más peligroso para nosotras. El discurso servía para velar nuestra verdadera condición.

La vida de Trinity corría peligro. Desde hacía varios meses arrastraba una relación con un imbécil que nada más la torturaba. Le dimos tiempo, pero no la abandonamos. Habría sido peor. El sujeto intentó confinarla en una granja de fecundación sin su consentimiento. Lo enfrentamos juntas, pero con sus alianzas se transformó en una plaga, en una horda de salvajes dispuestos a llevarse a Trinity y, de paso, tomar un trozo de nosotras. Teníamos experiencia en ese campo, nuestra historia era la suma de expropiación y abandono, de ser consideradas desechables e intercambiables.

Antes de irnos para siempre, nos detuvimos en la playa. Debíamos dejar todo atrás, sólo nos llevaríamos la bastedad de la memoria. Nunca habíamos ido juntas al mar y, si todo salía bien, esa sería la primera y la última, pero también si salía mal, porque nos confinarían durante toda la existencia. Una huye no porque no aprecie lo que tiene en donde está, sino porque ya no es suficiente. Esforzarse no cambiaría nuestra condición. Ese es el sentido del sistema: fomentar la ilusión y permitir la movilidad de unas cuantas, pero sólo para mantener encendida la esperanza y, por tanto, la obediencia. Miré el mar y pensé la Tierra en femenino, solo un ser que compartía nuestra naturaleza enfrentaría la devastación ofreciéndonos más vida. Llenamos la memoria de ese sentimiento ancestral, el que nos hacía una con la Tierra.

Retomamos el camino. El principio o el final. El “cuco” nos metió en una nave que transportaba litio. El castigo por huir de la Tierra era la granja de fecundación, la concepción de vida en cadena. La Guardia Espacial podía o no detener la nave para una inspección; era una cuestión de azar. Las plegarias no sirvieron. La nave se detuvo por completo. El traje evitaba la transpiración, pero adivinaba la violenta ola de calor sobre mi cuerpo. Empezaron a abrir una a una las compuertas.

—Rápido, hagamos algo —las palabras de Clyo drenaban terror.

Sin dudarlo, apostamos a la incapacidad de conducción térmica de los trajes y nos sumergimos dentro del inmenso estanque de litio en estado líquido. Mejor arder que vivir muertas. Su densidad nos aplastaba la cabeza. De pronto la nave retomó la circulación y Clyo me jaló a la superficie.

—Lo logramos —dijo— los trajes resistieron —y sus lágrimas se esparcieron flotando.

Después de eso, mis recuerdos son oscuros. Sé que la cuadrilla de rescate de Whileaway nos recogió en un satélite, como si ya hubiesen sabido de nuestra existencia y nos estuviesen esperando. Aterrizamos en su planeta, a diez siglos de distancia. Nos dieron un poco de espacio para acostumbrarnos al terreno. “Whileaway existe”, me repetí al borde de la conmoción. Todo era verdad: los hombres se extinguieron, la reproducción es resultado de la fusión de óvulos, la crianza y los cuidados son un ejercicio colectivo, no hay saqueo ni expropiación del suelo, es una civilización rural, “Ella” es su diosa, su sistema político y económico es ético, concebido como organismo y no en la idea de individualidad.

Las guardianas nos ayudaron a subir a una especie de largas bicicletas y nos condujeron hasta una pequeña cabaña con techo de dos aguas. Su majestuosidad radicaba en su sutileza. A donde quiera que posara la vista, todo desprendía vida. Nunca antes había visto tantas variedades del color verde, de tan verde que sentía como si me asfixiara.

—Acostúmbrense al ambiente, descansen del trayecto, y mañana empezaremos con las entrevistas. Estamos seguras de que sus conocimientos serán valiosos para nuestro planeta—, dijo la mujer del cabello magenta e hizo una señal con su mano, que adivinamos con una especie de saludo o despedida cariñosa.

Nos ofrecieron hogar, alimento y ropa limpia, luego esperaron nuestra recuperación. Parece sencillo, pero el tránsito a otra vida siempre es traumático. Desde entonces, ha pasado un año. Hoy festejamos nuestro primer aniversario como habitantes de Whileaway. No ha sido fácil, ser parte de esta comunidad supone retos, sin embargo, vivir aquí es un verbo que se conjuga pleno y en presente.

Trinity prende el dispositivo de sonido y canta, pone letra a los acordes. Me toma de la mano y me incita a bailar. Nos movemos torpes y ligeras. Se nos unen Clyo y Nuria. Perdemos la cuenta de los tragos. Arrastro las palabras en mi lengua, como si las pronunciara en cámara lenta. Nos envuelve una felicidad genuina e inocente. Las frases de todas son fuegos artificiales en mi cabeza. En medio de la habitación, nos abrazamos las cuatro y me invade el deseo de quedarnos así por mucho tiempo, ceñidas una a la otra. Ahora nos sabemos mar y nos bastamos en nuestra propia inmensidad.

Angélica Mancilla García. Feminista. Filóloga por la UNAM, y Comunicóloga por la UACM. Soy editora, correctora de estilo y gestora cultural. Cocreadora de Ingrávida, proyecto transmedia para difusión y análisis de literatura escrita por mujeres. Mi cuento “La ola 4.0” es parte de Nosotras, antología de cuentos de ciencia ficción feminista (Especulativas, 2021). Algunos de mis cuentos se encuentran en Anfibias LiterariasRevista RaícesEnpoliEspeculativasMollete Literario, entre otras.

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