Majo Soto: Recuperar el vuelo

La razón por la que me gusta escribir es porque las palabras tienen mucho poder, las escritas aún más porque perduran. Los periodistas cuentan historias, relatan hechos para que sean publicados y el mundo los pueda leer (…). Quiero poder hacerles un poco de justicia a todas esas víctimas que además de tener que vivir el dolor que un abuso físico, psicológico o sexual provoca, han tenido que soportar el que escriban sobre su sufrimiento de forma errónea y desde una perspectiva machista.

-Fragmento de mi carta de motivos para ingresar a la licenciatura de Comunicación y Periodismo.

Testimonio escrito de una víctima de la trata de seres mágicos, extraído del libro Los demonios no son míticos, escrito por la periodista y activista por los derechos humanos, María Ribeiro.

A las primeras a las que comenzaron a secuestrar fueron a las brujas. La gente decía que fue por practicar su magia negra. Se cuestionaban qué hacían tan de noche en el bosque, con sus rituales raros y satánicos.

Luego fueron las sirenas. De ellas dijeron, que quién las mandaba a seducir a los hombres con su canto. Además, qué hacían tomando el sol tan tranquilas a la orilla de la playa. Y encima, mostrando sus senos; ellas se lo buscaron.

Después fuimos nosotras, las hadas. Como a las brujas, se nos condenó por ser mágicas, seres extraños. Quién sabe de dónde veníamos, sostenían. Pero el colmo fue cuando las ángeles comenzaron a desaparecer. ¿De ellas qué van a decir? Si son seres puros, bondadosos, de lo más bueno que existe.

Y por esas mismas razones las culparon, por ser tan inocentes, tan ingenuas.

A mí me cazaron una mañana, muy temprano. Iba calentando mis alas para volar a una aldea vecina. Mi vuelo todavía estaba frío y modorro, por eso no pude huir ni ir más alto. Tampoco me salió la voz para gritar.

Los humanos nos habían descubierto como mercancía de cambio. Nos tenían en cuartos separados, nos intimidaban, nos torturaban, nos humillaban. Los hombres venían de todas partes a vernos, a pedirnos cosas absurdas y bizarras. La magia, las alas y las escamas los atraían. Éramos animales exóticos, de entretenimiento.

Estuve veinticinco meses atrapada ahí. El recuento de los daños es muy largo. Para mí, lo peor es que electrocutaban mis alas y ahora tengo que aprender a volar desde cero. Sin embargo, no me quiero detener en el horror.

Un día una bruja logró escapar. Hechizó al cliente y éste fue cómplice de su liberación. Fueron semanas sin saber si ella lo había logrado, si seguía viva, si había conseguido ayuda. A nosotras nos interrogaban una y otra vez, “¿a dónde fue esa puta bruja?”. Nosotras no sabíamos, pero imaginar que una de nosotras ya era libre, fue hermoso.

Una tarde llegaron personas uniformadas. Se llevaron a los hombres. Verdugos y clientes fueron arrestados. A nosotras nos llevaron a un refugio donde nos reencontramos con nuestra hermana bruja. Al verla estallamos en risa. “Bruja bendita”, le dijimos y festejamos por estar vivas.

Esa noche danzamos y cantamos por todo el edificio. Las brujas nos hicieron un ritual de sanación a todas. Y cuando la felicidad de sabernos libres nos cansó, las ángeles nos cobijaron con sus alas. Vivimos ahí hasta que el juicio terminó.

Las abogadas se emocionaron mucho cuando dictaron la sentencia: 85 años para los secuestradores, sin posibilidad de fianza ni libertad condicional y 30 años para los clientes. Me gusta la idea de que los encierren como lo hicieron con nosotras.

Pero si hablo con honestidad, eso no me devuelve nada. No me recupera el tiempo arrebatado ni desaparece las cicatrices o el miedo. Las brujas han buscado rituales matutinos; las sirenas se quedan en el mar y no visitan las playas humanas; las ángeles casi no bajan de las nubes y nosotras hemos vuelto a esconder nuestras aldeas.

Cuando recibí su carta no pensaba responderle. No quería dar más entrevistas. Repetir una y otra vez mi testimonio para que en el texto publicado dijera algo como “la belleza de las hadas pudo ser el factor por el cual las secuestraron”.

Cambié de opinión cuando me topé con el seguimiento que ha hecho de nuestro caso. Sus palabras me abrazaron y me hicieron sentir un poquito menos sola, menos víctima, menos avergonzada. Sentí más justicia que la dictada por el juez.

Quiero responder la última pregunta que le hizo a la sirena que entrevistó, ¿qué es lo que más quieres en este momento? Lo que más quiero es recuperar mi vuelo. Es algo instintivo, aunque nuestras alas se dañen, el vuelo sigue siendo posible.

Mis alas no despegan porque tengo miedo a que no me dejen volar, que no me dejen llegar tan alto como quiero, que me cacen en el cielo y que esta vez, ya no pueda volver.

A pesar de mi miedo, es lo que voy a hacer ahora: recuperar mi vuelo y hacer que sea más rápido, más firme y más alto, para que nunca más me puedan alcanzar.

Majo Soto radica en Querétaro, México y es estudiante de Comunicación y Periodismo. Escribe diversos géneros literarios y periodísticos. Ama bailar ballet, leer, cuidar de su perrhija y hacer manualidades. Es columnista en La Coyol y ha publicado en medios digitales e impresos como Las Sin Sostén, Círculo literario de mujeres, Tribuna de Querétaro y Especulativas.

Twitter: @TristezaFeliz29

Instagram: @majosoto29

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