Elisa Moravis: Coolax

El aire del club aún le arde en los pulmones. Una neblina espesa cargada de Otnie-Beta, la más reciente comercialización de feromonas artificiales que los exclusivos asistentes del local aspiraban con deleite. El instante de inhalación es breve, el aire entra con un silbido sutil, llenando los pulmones de inmediato. El aroma químico, dulce y acre, lo invade todo, mientras un calor etéreo se despliega por la garganta, subiendo hacia la mente con rapidez. El efecto es como un latido lento que reverbera en el cuerpo. Robina se sintió satisfecha, salió tambaleándose hacia la calle antes de que la orgía … Continúa leyendo Elisa Moravis: Coolax

Judith Natalia Orozco Ortiz: Colibri Tornasol

Cada vez que vemos este mundo y cómo empieza a derruirse pasados los años, los segundos, las edades de la vida. Un reloj pasado y viejo cae en las horas rotas; los últimos instantes van cayendo en medio de la esperanza. Un sol se levanta en medio de las nubes de tiza que se dibujan en el cielo y un paisaje de acuarela traza de nuevo los días. La noche empieza a pintarse en el cielo; unas estrellas se dibujan en el mapa de la vida. Nuevos comienzos, nuevas palabras llegan a través de las acciones que hacemos. Trazos borrascosos … Continúa leyendo Judith Natalia Orozco Ortiz: Colibri Tornasol

Irene Gabriela Ramírez Muñoa: Posesión

Nunca supo exactamente cuándo ni cómo pasó. Todo resultó tan gradual que fue difícil darse cuenta de lo que realmente acontecía. Próximamente, se hubiera cumplido su aniversario de bodas, pero la celebración nunca llegó. Estela era una mujer difícil de descifrar, era fría y misteriosa, así que cuando todo aquello sucedió, él ni siquiera logró darse cuenta a tiempo, quizá hubiera podido impedirlo… Simplemente, un día Estela desapareció. La desaparición fue precedida por largas caminatas nocturnas en las que volvía desorientada, sin habla y con los ojos perdidos. Él en su enojo por las constantes evasivas de su mujer, y … Continúa leyendo Irene Gabriela Ramírez Muñoa: Posesión

Valeria Hernández Romero: La comida no debería sangrar

Hace un tiempo que Marita se cuestionaba si realmente necesitaba la carne de otro ser para sobrevivir. Ese pensamiento continuo la atormentó por días, hasta que, como buena carnívora, decidió ignorarlo. En un día lluvioso, mientras comía de su plato el cadáver de otro animal, se dio cuenta de que su comida comenzó a sangrar. “Eso es normal en los cortes de carne”, pensó. Quizá solo hacía falta cocerlo un poquito más. Intentó otra vez. Cuando volvió a hundir en el pedazo de cadáver de ternero su tenedor, de este salieron borbotones de sangre que le salpicaron la ropa, y … Continúa leyendo Valeria Hernández Romero: La comida no debería sangrar

Diana Edith Gómez: Otra oportunidad de comer tacos árabes

Flora siente que es un fantasma volando entre océanos, añorando comer tacos árabes, mientras ignora el ruido de idiomas extranjeros. A veces tiembla y se hincha hasta explotar de confusión. A veces se atiborra la boca de pommes y cervezas en la estación de tren que no sabe pronunciar. Pero anoche estaba en Atlixco. En ese cuarto que huele a viejo y que la cobija en las noches cuando los perros ladran. Llora porque ya no pertenece a nada, porque cuando vuelve a comer mucho chile, su panza se descompone. Ahí está, en esa camita que abraza su desbarajuste. Flora se … Continúa leyendo Diana Edith Gómez: Otra oportunidad de comer tacos árabes

Daniela Caballero: La tinga picosa que no pica

Para Vale Ingredientes: 1 pechuga de pollo 2 ½ cebollas 2 jitomates rojos ½ paquete de puré de tomate 1 cubo de consomé de pollo ½ ajo 1 lata de chile chipotle sal al gusto 1 cda. de aceite 1 ingrediente secreto Preparación 1. Pon a cocer el pollo con media cebolla, medio ajo y un cubo de consomé. La cocina se calentará poco a poco, te recordará el abrazo cálido y la protección que sentías cuando eras niña. El olor que despedirá la cocción te evocará los días en cama, enferma, donde el único alivio era el caldo de … Continúa leyendo Daniela Caballero: La tinga picosa que no pica

María Gorodentseva: Velorio

La abuela murió de golpe. Lo último que recuerdo de ella es cómo se ajetreó en la cocina preparándonos bocadillos para el tren. Toda la familia había viajado a la ciudad para el jubileo de una tía segunda, solo mi abuela se quedó en casa. Dos días después de nuestra partida, una vecina se preocupó y entró en nuestra casa: la abuelita había yacido sin vida en la cama, las manos cruzadas en el pecho, en una isba helada y vacía. Por supuesto, inmediatamente regresamos al pueblo.  Los padres atónitos, especialmente mi mamá, a quien daba miedo mirar en aquellos … Continúa leyendo María Gorodentseva: Velorio

María del Carmen Trejo Colchado: 24 mujeres

La mesa estaba puesta en el centro del jardín. Aunque hubiéramos cabido todas dentro de la casa, decidimos cocinar afuera. Nuestras ocho invitadas llegaron juntas, a las siete de la mañana. Despuntaba el sol y la casa resplandeció con una blancura inusitada que encendió los corazones de las dieciséis ansiosas que esperamos el maravilloso encuentro. Mi madre ya tenía preparada una gran olla de café con canela y piloncillo. Mis sobrinas, mi hermana y yo llevamos en charolas un montón de piezas de pan dulce y fruta fresca. Abrazos infinitos. Alegría desbordada por los ojos. Palabras y risas nuevas. Caricias … Continúa leyendo María del Carmen Trejo Colchado: 24 mujeres

Diana Hernández: La primera cera

En la víspera del Día de Muertos, acompañaba a mamá y a mi abue al mercado. Al principio íbamos en el coche del tío Juanito. Él era taxista, le gustaba la tomadera y la cantada, era el más alegre de las fiestas y a mí siempre me consentía. Un día se mató en su carro, dijeron que fue por ir manejando borracho, pero luego él me dijo que no era cierto. Entonces tuvimos que ir en taxi porque a mi abue no le gustaba subirse a los camiones, era muy chaparrita y no alcanzaba los escalones. Al llegar al mercado, … Continúa leyendo Diana Hernández: La primera cera

Magda Calderón Rodríguez: Llena de vida, Viviana

I Si te tragas las pepitas de las frutas, te va a crecer un árbol en el estómago, le decían los adultos a Viviana cuando era pequeña. Ella abría mucho los ojos, no por miedo como sus primas, sino por la insaciable curiosidad e imaginación que siempre la caracterizaron. Las mentiras de los adultos se convertían para ella en inspiración durante las noches. Y cuando describía sus sueños, asustaba a todos. Tenía un sueño recurrente: imaginaba unas raíces que se hundían dentro de su estómago hasta salir por sus pies; y enormes ramas que se asomaban al exterior por sus … Continúa leyendo Magda Calderón Rodríguez: Llena de vida, Viviana