Liliana Santiago: Mi primera cita

Esperaba con ansias que llegara esa noche de primavera. No dormía. Olvidaba hacer mi tarea porque me pasaba las tardes pensando en su sonrisa, en su mirada y en lo bien que tenía que oler.

Al fin, había llegado esa noche. Mis manos sudaban. No hacía frío, ni calor. Todo era perfecto; el Kiosco estaba bien iluminado y yo, ahí, sentada.

Al fin, nos conoceríamos en persona. Nuestras almas se reconocerían y se volverían una sola.

Era mi verdadero amor. Así lo describían en las novelas de Wattpad. Nos miraríamos a los ojos y esa verdad nos sería revelada.

En su foto de perfil de Instagram aparecía con una sonrisa encantadora que le formaba dos hoyuelos en las mejillas. Su cabello rubio era tan brillante como el sol y esos risos que se le formaban lo hacían ser el hombre perfecto.

Nuestras pláticas duraban un par de horas cada semana. Supe que le gustaba jugar futbol, Fifa, Roblox y Fortnite. A  veces, hablábamos mientras lo hacía y yo podía sentir que también estaba jugando a su lado.

Algunos niños corrían en el centro y verlos me sacaba de mi ansiedad. Después de una hora aún no llegaba. Saqué mi celular para verificar si la hora, el día y el lugar eran correctos. Tal vez le había pasado algo y, por eso, no podía ver mis mensajes. Yo empezaba a sentir frío y mis manos se entumían. Entonces lo vi.

—¡Hola, Leslie! Fui a jugar futbol con mis amigos y se me olvidó que nos veríamos hoy—, su voz era cálida y reconfortante.

—No te preocupes, lo importante es que ya estás aquí.

Me sonrió y le devolví el gesto con devoción. Esperé a que se sentara a mi lado. No olía como imaginaba (estaba sudado), pero aún con uniforme deportivo lucía perfecto. Él era el indicado.

—¿Cómo has estado?— decía sin voltear a verme a mí sino a su celular.

—Bien. Estoy buscando universidad para estudiar. Y tú, ¿ya sabes cuál?

—Tal vez tome uno o dos años sabáticos. Mi mamá no deja de molestarme por eso. Está loca como la mayoría de las mujeres. Ojalá que tú seas normal.

—Mmm… Creo.

—Espera… Alguien me marca.

Contestó el teléfono. Lo escuché decir un par de frases y sonreír, entonces, sacó unos audífonos y preguntó si me molestaba que los usara unos minutos porque tenía algo importante que hacer con un amigo.

Jugaba Roblox y yo sólo veía la pantalla intentando apoyarlo (quería que me sintiera a su lado).

Noté que su sudor no olía muy agradable, aun así, me acerqué a él (quería que supiera que eso no me importaba).

Estábamos destinados a estar juntos. Así es el amor, así tenía que ser. Tenía que estar siempre con mi alma gemela porque en las novelas leía así era. Además, los hombres siempre cambiaban por su amada y, por eso, la siguiente cita tenía que ser perfecta.

En la pantalla de su celular apareció el nombre “mamá” y empezó a sonar. Rechazó la llamada y siguió jugando. Volvió a sonar y una vez más lo hizo. Fastidiado murmuró “vieja loca”. Sin embargo, el celular no dejó de vibrar y él perdió el juego.

—Mamá, no sé a qué hora voy a llegar. Deja de estar molestado—, sonrió y colgó.

Guardó el celular en una bolsa de su short. Sonreía, aunque también parecía molesto. Con el frío se erizó mi cuerpo y mis manos no dejaban de temblar. Él se dio cuenta y las tomó para llevárselas a la boca y calentarlas con su aliento.

—Hermosa, ¡tienes frío!

Su sonrisa perfecta en realidad tenía dientes amarillos y cuando hablaba salía un olor repugnante de su boca. Quise sonreír, pero me fue imposible.

—Perdón por lo de mi madre. Últimamente actúa muy intensa. Me tiene harto….

De pronto, había un zumbido en mis oídos y no podía entenderlo. Sentí como si mi corazón dejara de latir. Entonces vino a mi aquel recuerdo olvidado; salía sin piedad de entre los escombros y un olor a podrido empezó a contaminar el aire. 

Mi madre se aferra al tobillo de mi padre, mientras este avanzaba sin importarle que la arrastrara y ella iba dejando una mancha verdosa por todo el piso. Esas palabras las volvía a escuchar: “Estas loca” “menopáusica”, “me tienes harto, por todo lloras”, “déjame en paz”. Mi madre no se levantó de la cama en un mes, apenas comía e iba al baño. De su cuarto oscuro se filtraba un mal olor. Tenía miedo de asomarme porque veía una mujer delgada, demacrada y con la mirada perdida adherida a su cama. Ni siquiera me reconocía.

Quise olvidarme de aquel recuerdo; quería que volviera a su lugar, que siguiera enterrado. Yo no era como mi mamá; a mí no me pasaría lo mismo, porque tendría un final feliz con un hombre guapo, amoroso y atento conmigo. Necesitaba aferrarme a Él, así que fijé mi mirada en su rostro; quería perderme en sus ojos y en su sonrisa. Necesitaba volver, pero, al observarlo me pareció grotesco: tenía su cabello graso, su cuello lleno de mugre y sudor, y su olor de días sin bañarse. Entonces lo supe, ese olor no venían de mis recuerdos, si no de él. No podía seguir viéndolo.

Mi respiración se fue haciendo más lenta, mi cabeza se sentía pesada y mi aliento caliente. Tenía que irme.

No podía moverme porque aún sujetaba mis manos con fuerza. En un momento, sentí un hormigueo y cuando las observé, me di cuenta de que “algo verdoso”, una especie de lama, se apoderaba de ellas y empezaban a desprender el mismo olor putrefacto de él. Quería gritar, pero no pude. Su celular volvió a sonar. Creo que dudó en contestar, pero al final lo hizo. Soltó mis manos que empezaban adherirse a las suyas, y las dejó encima de mi vestido. El olor penetraba mi cuerpo, mis manos manchaban mi vestido y aquello verde se extendía por mis brazos y mi ropa. Él, hablando en su celular, ni siquiera se daba cuenta de lo que me estaba sucediendo.

El aire se sentía pesado, aquel olor estaba contaminándolo todo. Necesitaba pararme, volteé buscando ayuda, pero no vi a nadie. Todo estaba vacío y hacía mucho frío. Mis piernas también empezaron a temblar. Necesitaba irme, moví un pie lentamente, y luego moví otro, pesaban demasiado. Me sostuve con mis manos verdosas en el respaldo de la banca y logré levantarme. Él seguía tan adherido a su celular que no lo notó.

Pensé en arrastrarme hasta la avenida principal si mis pies no respondían, pero cuando al fin pude dar otro paso corrí y corrí hasta perderme en la noche. El aire frio entro de golpe en mis pulmones y pude respirar.  Me detuve un par de minutos para disfrutar de esa sensación, del aire penetrando mi cuerpo. La luna llena alumbra toda la calle y puede continuar corriendo.

Liliana Santiago. Soy originaria de la comunidad Indígena San Miguel Caltepantla, Tecozautla Hidalgo. Estudié en la Universidad Autónoma de Querétaro la Licenciatura en Estudios Literarios. Escritora de la Antología «Escucha correr el agua de arroyo» y la antología de cuentos infantiles «Las estaciones de Leslie».

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