Las sofocantes voces del autobús son un ruido blanco para mi momento disociativo; hasta que una, como aguja en el pajar, capta mi atención: “A las personas les gusta el mar porque el canto de las olas les recuerda el sonido del líquido amniótico en el vientre materno”. Las palabras “mar” y “materno” me arrastran a la profundidad de mi memoria. Llego a la casa y de inmediato me dirijo al mueble de la sala, aquel repleto del desorden de libros y hojas que sobresalen arrugadas. Justo al fondo los encuentro: un álbum de fotos y el cuaderno de mi madre. Siento el peso del tiempo que estos objetos resguardan, porque sin abrirlos, las lágrimas golpean mis ojos.
En la primera foto estoy yo, hasta siento que escucho el oleaje del mar al contemplar la imagen. Tengo cinco años, estoy usando un traje de baño color celeste. Unas hebras de mi cabello están pegadas a mi rostro, sudoroso por el fuego del sol, mis ojos y labios dibujan esa peculiar mueca previa al llanto, es un semblante cercano a un gesto de terror. El fastidio de mi madre se encuentra detrás de la cámara, era nuestro primer viaje familiar y ella me gritaba que sonriera; recuerdo pensar que lo que estaba frente a mí era una monstruosidad azul que abofeteaba a la arena.
Cierro de golpe el álbum, arrepentida de invocar el dolor del pasado, de ese viaje en particular. Limpio mis lágrimas con la manga de mi blusa y sostengo el cuaderno por unos segundos, el aroma del papel avejentado es un dulce amargo que saboreo en mis sentidos. Lo abro y entre sus páginas encuentro las pocas fotos que ella resguardó ahí.
En una se encuentra de pie, su rostro ladeado hacia la izquierda, más que una sonrisa, su boca dibuja un gesto de soberbia; creo que apenas llega a los 20 años, es la época en que conoció a mi padre. Un residuo de mis lágrimas aterriza justo en el papel acartonado. Un extraño temblor invade mis manos y se expande a mi cuerpo, los objetos a mi alrededor también vibran; quiero soltar el cuaderno y salir, pero una extraña fuerza me contiene. El tiempo me arrastra en un lenguaje de imágenes de color sepia, negro y gris.
Mis párpados están exhaustos, como si en lugar de una noche, hubiera transcurrido una vida en insomnio. Minutos después, mis ojos se acostumbran al reflejo de la luz en las paredes de una habitación desconocida. Intento moverme, pero mis articulaciones no responden; me siento como una persona atrapada en una fotografía.
El eco de unas voces me hace girar la mirada, y la veo, la reconozco. Es una mujer de estatura baja, lánguida, de piel tostada y con la firmeza propia que le brinda la juventud a los veintiún años. Es mi madre sometida al deseo de mi padre, un hombre trece años mayor. Él busca satisfacer el egoísmo de su cuerpo. Ella, desnuda entre las sábanas, sólo espera que él le diga que la ama.
Cuando de nuevo intento acercarme, un parpadeo me aleja de ella. El tiempo atraviesa un cielo de nubes coloreadas de tonos rosa-carmín. Ahora veo a mi madre entre unos ruidosos estudiantes de preparatoria. El viento revuelve su liso cabello castaño. Tiene el rostro alargado y los pómulos se enmarcan cuando sonríe, es muy bonita. La veo apartarse de sus compañeros, va de la mano con uno de ellos; nunca sabré su nombre, puede ser Leonel o Ricardo. Él acerca su rostro a su cuello, con la excusa de percibir su perfume, y besa ese minúsculo espacio de piel.
Un reflejo se observa en el brillo de las pupilas de mi madre, una imagen que se hace cada vez más pequeña. La memoria de mis ojos transita con rapidez, de la luz del amanecer hasta el frío silencio de una noche que se despliega en las calles. El autobús se retrasa, es la única ruta que circula frente a la escuela. Cada paso aumenta el temor de la reprimenda que recibirá si llega tarde a casa. No escucha al hombre que persigue su sombra, hasta que cubre su boca y la arrastra a la oscuridad. Mi madre tiene 13 años, pero las manos de ese hombre perpetuarán por siempre ese recuerdo.
Ese acontecimiento abre una grieta en su alma y su memoria. El tiempo en retroceso me lleva a contemplar su infancia asomada en la puerta; se sostiene en la esperanza de que quizá su padre vaya a buscarla. Esa mañana le escribe otra carta, confía en el simbolismo del día y que esta vez la respuesta será diferente al silencio; más tarde, la pequeña niña que es mi madre avanza con lentitud en el pasillo de la iglesia, es su primera comunión. Lleva puesta la mantilla que mi abuela le bordó; en la noche la guarda en una caja, junto con la imagen de la virgen de la Soledad y las oraciones que le hace cada noche.
El soplo de un susurro apaga la luz que ilumina mi recorrido en la memoria materna. El silencio oscuro y húmedo ha creado un santuario. Es 1963, mi madre es una criatura que flota dentro de un cuerpo. La invade la angustia que antecede a la luz que la recibe a la vida. Un par de gatos se asoman al tapanco en el momento que ella nace; con un llanto salvaje abandona el vientre que por nueve meses la mantuvo con vida. En la noche, mi abuela entierra el ombligo de mi madre en el patio, junto al brasero.
La amargura del dolor acalora mi cuerpo. El tiempo llora de tristeza; mis lágrimas, en cambio, saben a enojo, abandono y soledad.
Despierto, me he quedado dormida sobre la alfombra de la sala. Me incorporo y veo el desorden del mueble, un álbum y el cuaderno frente a mí. Sujeto de nuevo el álbum de fotos, recorro con rapidez las hojas, ignorando la historia que esas imágenes cuentan. Llego a la última, es mi madre sentada en una banca de piedra en el malecón, de fondo el azul del mar se vuelve uno con el cielo. Sus estilizadas piernas están cruzadas y en sus pies hay restos de arena, las capas de su cabello se agitan por el viento; pero lo memorable es su semblante, una genuina felicidad que nunca antes le había visto, su amplia sonrisa se enmarca en un lápiz labial de color oscuro.
En el momento que mi padre tomó la foto, ella ya lo había decidido. Horas después, mientras comíamos, mi madre nos dijo, con una naturalidad inapropiada para la intención de su mensaje, que se quedaría a vivir ahí. La reacción inicial de mi padre fue una risa burlona; yo, con el calor encima, miraba la calma de ella y la exasperación de él, sin entender nada.
El resto del viaje transcurrió en el vano intento de mi padre por pedirle una explicación, que al no obtenerla optó por suplicarle; quizá para calmar la tensión del momento o aligerar su culpa, ella nos prometió que sería temporal.
Yo finalmente comprendí todo hasta el momento de verla desde la ventanilla del auto, con esa sonrisa genuina de labial oscuro agitando la mano en gesto de despedida; lloré tanto que no dormí ni comí en un par de días.
Su promesa vacía terminó siendo un tiempo que se convirtió en la vida. No me pesó crecer sola tanto como aprender a desapegarme de la necesidad de esa mujer. Era insoportable sufrir por un amor que fue sembrado en mi cuerpo sin que yo lo eligiera, sin que supiera desde cuándo, quizá en el momento que su vientre me expulsó. Una nace amando a la madre, pero nadie ni nada lo alivia cuando esa mujer se ha marchado.
Si me preguntan, respondo que mi madre se convirtió en una estatua de arena. Ahí se encuentra, inmóvil para siempre en ese malecón, a sus espaldas el mar sigue golpeando con furia la playa.
Dicen que a la gente le gusta ir al mar porque evoca el sonido del líquido amniótico dentro del vientre materno.
A mí no me gusta el mar.

Liana Pacheco, escritora oaxaqueña. En 2020 obtuvo el Premio Estatal Colección Parajes por su libro de cuentos Dualidad de caos. Sus textos han aparecido en revistas y antologías nacionales e internacionales, algunas traducidas al inglés. En 2025 publicó Hambre de Lumbre. Imparte talleres de escritura creativa y escribe la columna cultural El ojo de Lya.

