María Gorodentseva: El último pierde

—¡Apúrense! ¡Rápido! ¡Al punto de teletransporte! ¡El temporizador se activará en un minuto y, si no llegamos a tiempo, nos quedaremos aquí para siempre! —gritó un hombre con una insignia naranja en el pecho, que indicaba su estatus de líder en aquel grupo de viajeros en el tiempo.

Varios hombres y mujeres corrían tras él, agotando sus últimas fuerzas. Sus pies, calzados con botas pesadas, no dejaban de tropezar, y el sudor les empapaba los rostros, pero tenían que lograrlo. Sus vidas dependían de ello.

Obtener la autorización para viajar entre tiempos siempre llevaba largos y tediosos meses. Y no era solo por la burocracia: simplemente, tales incursiones exigían una salud excelente y una resistencia excepcional. Por lo general, los viajeros eran exatletas o personas que habían pasado por el servicio militar. Realizaban con facilidad varias expediciones a la semana, pero cumplían su trabajo de forma mecánica, como robots, sin profundizar en los detalles. Si, por ejemplo, las instrucciones indicaban fotografiar una “piedra roja”, nunca abrían la lente para tomar una foto de un fósil de color granate o rosado. Por desgracia, en lugar de ingenio natural y lógica, solo tenían músculos. Precisamente por eso, un grupo de científicos debiluchos, que habían pasado toda su vida encorvados sobre libros polvorientos en despachos oscuros, ahora corrían a toda velocidad para llegar al punto de teletransporte.

El misterio de la “Reina Blanca” atormentaba a estos investigadores. Hace unos años, en las ruinas de una ciudad antigua en Bolivia, se descubrió la momia perfectamente conservada de una mujer de cabello rubio. Pero, ¿quién era aquella desconocida? ¿Una lugareña que padecía albinismo o una extranjera llegada de tierras lejanas? Por supuesto, las ideas de que los dioses incas, aztecas (y muchos otros) no eran más que navegantes escandinavos que en su momento acabaron en el lugar equivocado, circulaban desde hacía tiempo, pero no había pruebas fehacientes. Y por fin, quizás una mujer real de apariencia europea, enterrada en el antiguo panteón… Sin embargo, las autoridades locales no daban permiso para realizar las pruebas de ADN, por lo que la única forma posible de conocer la verdad sobre el origen de aquella dama rubia era un viaje en el tiempo.

—¡Rápido! ¡Ya lo veo! ¡Vámonos, un último esfuerzo! Allí está nuestro punto…

Cuando los viajeros —cuatro hombres y tres mujeres— formaron un círculo, el hombre de la insignia naranja presionó el botón de la consola de teletransporte. Comenzó la cuenta regresiva.

…Diez, nueve, ocho, siete…

—¿Y Jenny? ¿Dónde está Jenny? —de repente gritó una de las mujeres. Los viajeros miraron a su alrededor con urgencia. En efecto, faltaba una de las científicas. El temporizador seguía emitiendo un pitido traicionero:

…Seis, cinco, cuatro…

—¡Esperen, Jenny no está! —volvió a gritar la mujer con voz quebrada.

…Tres, dos, ¡uno!…

Los viajeros regresaron sanos y salvos a su tiempo. Instintivamente, se palparon todo el cuerpo, como temiendo que sus brazos o piernas se hubieran quedado en algún lugar en medio de aquella odisea intertemporal.

—¡Jenny! ¿Por qué no la hemos esperado? —la mujer cayó de rodillas y rompió a llorar.

—Ella… ¡Ella violó el protocolo y no llegó a la hora señalada! —sentenció el hombre de la insignia naranja—. Un segundo de retraso y todo el escuadrón se habría quedado atrapado allí. Yo no tenía derecho a arriesgar al grupo por una persona rezagada. La demora podría habernos costado…

Pero la mujer ya no le escuchaba. Ella lloraba desconsoladamente sobre el frío suelo de mármol del instituto. Solo de vez en cuando se apartaba de la cara los mechones rubios que la molestaban. En este viaje había perdido a su hermana mayor.

María Gorodentseva (1994, Moscú). Escritora y traductora. Cuento con varias publicaciones en revistas digitales y en antologías de cuentos, tanto extranjeras como nacionales.

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