Azuena Robledo: Turno nocturno

La 1:00 a.m. A esta hora la terminal era apacible. Las pocas personas que esperaban sus corridas se habían acurrucado entre bultos y cobijas, tratando de dormir hasta su partida. Yo las contemplaba detrás de mi mostrador, me gustaba imaginar sus historias, quiénes eran y a dónde irían, pero lo que realmente hacía que amara este trabajo era este turno nocturno. La terminal era como un enorme animal dócil, tan lleno de vida, con su incesante actividad durante el día, pero por la noche, era ese dejo de nostalgia, modorra y expectación. Pensé que esta noche sería aburrida; hacía tiempo que esperaba. Me disponía a desenvolver mi sándwich de la envoltura plástica y darle un sorbo al termo de mi café, cuando la vi aparecer. Venía arrastrando con trabajos una caja de huevos mal amarrada y el peso de la mochila en su espalda le dificultaba caminar. Su rostro lucía unos 40 cansados años y sus ojos, traían una tristeza de esas que se adivinan antiguas. Por un momento vi a una niña colgada de su falda, mas supe de inmediato, que esa niña ya había trascendido a otro plano. La mujer dejó sus cosas en el piso y, tímidamente, se acercó a mí.


— Buenas noches, señorita —Su voz era temblorosa, a punto de quebrarse en un sollozo. —Deme un boleto, por favor.


— Con gusto. ¿Para dónde va?


Se quedó mirando el tablero de salidas y destinos y una lágrima resbaló por su mejilla.


— Para donde sea… no importa. Traigo esto. ¿Para cuál me alcanza?


Miré los billetes estrujados que había colocado sobre el mostrador. Los alisé con cuidado y los conté lentamente:


— Te alcanza para 16 años


— ¿Perdón? —se me quedó mirando con cara de incredulidad.


— Sí —le reafirmé bajando un poco la voz —Te alcanza para 16 años, 3 meses.


— Creo que no la entiendo, señorita.


— Que con lo que traes, es suficiente para regresarte en el tiempo 16 años y 3 meses.


Sus ojos brillaron con esperanza mezclada de escepticismo.


—Eso es simplemente imposible. Ojalá fuera verdad… Ojalá hubiera una manera de que eso pasara —dijo rompiendo a llorar.


— Cree en mí. Por favor. Toma esta oportunidad. No se te volverá a dar otra y realmente, espero no volver a verte por aquí en 16 años, porque ya no podré ayudarte. ¡Anda, ve! ¡Está a punto de irse! — le extendí el boleto. —Salida 3, andén 7, camión 2714. El asiento será de tu elección.


Tomó el boleto, me dio las gracias y salió corriendo, dejando su caja y su mochila atrás.


Salí de mi mostrador y cargué sus cosas. La bodega estaba al fondo de los andenes. Abrí la puerta. Pronto haría falta agrandar el espacio, estaba a rebosar de bultos, costales, mochilas, maletas, dolor y tristezas que siempre dejaban atrás. Cerré con llave y regresé tarareando a mi lugar, a mi amado y eterno turno nocturno.

Me gusta escribir. A veces me es difícil y en otras ocasiones va fluyendo de tal manera que pareciera que no lo estoy haciendo yo. La historia está ahí, agazapada, esperando que le ayude a tomar forma.

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