El primer temblor había dejado una fisura que atravesaba la pared del suelo al techo. Ella, que no conocía el edificio del museo, pensó que la luz que se filtraba era del exterior. Buscó algún pasillo en esa dirección, pero un nuevo temblor la hizo caer. La fisura era ahora una grieta abierta por la que su delgado cuerpo podría pasar. Temerosa de quedar bajo los escombros que no dejaban de caer, atravesó la grieta esquivando cadáveres.
La luz la cegaba. Cuando acomodó su visión, quedó perpleja: ningún indicio de un terremoto en un lugar que parecía una escenografía montada de Tenochtitlan. Escuchó a la gente hablar en un idioma que no entendía. Absolutamente desconcertada, atinó a esconderse tras lo que parecía un puesto de venta de verduras. No tardó en ser descubierta por un Xoloitzcuintle1 que comenzó a ladrarle frenéticamente. Una veintena de personas se acercaron. Ella estaba aterrada; la gente la miraba desconcertada. Un sacerdote que pasaba por allí ordenó su captura. Dos soldados la llevaban, mientras una multitud curiosa la observaba atónita.
Ya en el templo, el sacerdote dio orden de soltarla en una habitación. Le hablaba, pero ella no podía entender. “No entiendo”, repetía atemorizada. El sacerdote dudaba, la mujer no se parecía a nadie de ningún pueblo que él conociera: era muy pálida, de ojos azules y cabellos dorados como el sol, y su vestido de gasa no se parecía a ningún atuendo de los que ellos usaban. El sacerdote sintió que ella llegaba de otro mundo. El Xoloitzcuintle, que no se les separó en ningún momento, reafirmaba esa creencia.
Los miembros de la realeza acudieron a observarla. El tlatoani2 ordenó que se comunicaran con ella. Debían saber quién era y qué hacía allí. Por semanas, con el sacerdote, fueron aprendiendo a comunicarse. Sin embargo, la desconfianza crecía porque ella no podía explicar, porque no lo sabía, cómo había llegado allí y sus perturbadores dichos acerca de que en un futuro confundirían con los dioses blancos a crueles invasores que llegarían desde el este, reafirmó la creencia de que debían deshacerse de la extraña. Así, el enfrentar la profecía, terminó por convencerlos de ofrecerla en sacrificio.
Los ingenieros encontraron la falla que el terremoto había causado en la máquina del tiempo, provocando el desequilibrio espacio temporal, lograron captar las coordenadas que indicaban a las personas absorbidas para restituirlas. Justo en el momento en que iba a ser sacrificada, la mujer se desmaterializó frente a la multitud.
Aunque le aseguraban que lo que relataba era producto de la conmoción que le causó el terremoto; ella supo, por una pluma de quetzal del tocado del sacerdote enredada en su cabello, que lo había vivido.

Bibliotecaria profesional. Integra más de noventa antologías con primeros premios, menciones honoríficas y especiales de editoriales, centros culturales y Universidades nacionales e internacionales. Escribe poesía y narrativa para niños y adultos.

