Laura Moreno Arzaluz: Invasión

Salí al patio de la entrada, abrí la llave del agua y no salió nada. Levanté la tapa de la cisterna, estaba llena. Contaba con ocho mil litros más los mil del tinaco y lo que se fuera recolectando con la lluvia.

Siempre creí que el fin del mundo sería catastrófico, impactante, inmediato. Gente corriendo de un lado para otro, buscando refugio o escapando de bólidos espaciales, zombies, colapsos, o cualquier otra caótica idea que había visto en las películas o series. Sin embargo, no fue así. Pensé que tal vez esta generación debe morir de tajo para dar paso a una nueva.

Sucedió poco a poco, eventos aislados que pasaron desapercibidos. Como ese olor a especias que había en el aire, como cuando preparas pays de otoño con canela y jengibre. O cuando el viento levanta las hojas caídas de los árboles y entre la corriente se percibe algo parecido a esporas. Estos eventos fueron cubiertos por la bruma de los medios de comunicación y la cotidianidad.

Desde entonces, somos sobrevivientes. Todos aquellos que murieron en las pandemias, fueron afortunados. Dichosos ellos, que no vivieron el horror de este atípico verano  que nos cambió de a poco, desde nuestro interior, y después fue brotando, como cuando una semilla germina en el ambiente propicio para ser otra cosa, otra entidad.

  ¡Atípico! Normalizamos esa palabra, cuando lo que nos llevó a la extinción y a resurgir fue un evento atípico.

Divago, pero qué otra cosa puedo hacer, sino dejar este escrito mientras aún pueda hacerlo, como vestigio de lo último que sucedió. 

Alguien tiene que quedarse. 

Alguien tiene que recordar.

Se dejaron de escuchar los aviones comerciales que pasaban cerca de nuestras casas, los autos, camiones. En su lugar, comenzaron los murmullos. Primero suaves, quedos, apenas perceptibles . Fue la primera señal. 

En la televisión comenzaron los avisos de permanecer en casa. De solo salir para lo indispensable. También dieron la noticia de que habíamos alcanzado el día cero. No había más agua. Llegó más pronto de lo que se había pensado.

Mi hija adolescente y yo cerramos la puerta y pusimos la tranca. Pensé que así podríamos protegernos de personas que buscaran alimentos o de lo que teníamos en nuestra despensa. ¡Qué iluso pensamiento, qué iba yo a saber en ese momento lo que sucedería después! 

Ni mi familia ni mis vecinos quisieron escucharme cuando les hablaba de huertos urbanos y sistemas caseros de cosecha de agua de lluvia, mucho menos de hacer conservas y almacenar alimentos. Se limitaban a escuchar la información y a recibir lo que yo les compartía de mis cosechas de vez en cuando, pero nada más. Ahora, cada quien está por sus propios medios.

Pasamos una buena parte del tiempo reforzando ventanas, domos, el acceso hacia la azotea y la azotea misma. Había visto en las noticias que en los supermercados habían comenzado las compras de pánico. En las calles, los robos a mano armada se intensificaron. Supe que al tendero de la esquina lo habían matado a tiros y saquearon la tienda, por eso creí mejor encerrarnos hasta que todo pasara.

Afortunadamente fui previsora desde meses antes, en cada compra de despensa, compraba algo adicional: leche en polvo, atún en lata, sardinas, azúcar… lo que pudiese obtener con lo poco que me sobraba de dinero o vales de despensa.

No tuvimos un búnker subterráneo como en las películas gringas. Una casa de interés social no dejaba mucho terreno para construirlo, ni tampoco mis ingresos, apenas logré cubrir los gastos de la instalación del portón y el refuerzo de la barda perimetral.

¡Qué iba yo a saber que eso no era garantía de nada! Solo alimenté una esperanza que nos duró muy poco.

El cielo estaba limpio, cruelmente claro, despejado, sin nube alguna. El manzano y la bugambilia competían con nosotras por el agua. Corté las últimas manzanas que no habían sido picoteadas por los pájaros o reventadas por el calor y entré a la casa.

Un par de semanas después, aparecieron unas manchas grises en mis cultivos del huerto. Pensé que era cenicilla; corté las hojas enfermas, las metí en una bolsa de plástico para evitar que las esporas volaran y contagiaran a las demás y les rocíe agua preparada con la hierba de cola de caballo, como acostumbraba hacerlo cuando esa enfermedad  fúngica hacía acto de presencia.

Sin embargo, no funcionó. Días después surgió de nuevo y con mayor intensidad, parecía que con cada manipulación estimulaba su desplazamiento y expansión.

No le dije nada a mi hija sobre esto.

Otra de las cosas que no estaban funcionando era el sistema que había instalado como atrapanieblas.  Lo habíamos hecho con la misma malla sombra que coloqué en el huerto. Entre las dos, ensamblamos los marcos con maderas y la malla. Debía “recoger” la humedad del rocío de la mañana, emulando las hojas de los árboles, y luego bajar por goteo y condensación hasta la canaleta que distribuía el agua a los garrafones. En teoría, nos debía suministrar hasta ocho litros de agua cada tres o cuatro días, suficientes para beber y cocinar.  El calor no lo permitió. El rocío se evapora antes de caer por la malla.

La sombra de la desesperación  amenazaba con cubrirme.

Las manchas grises comenzaron a aparecer en más lugares, el huerto sucumbió. Pensé que solo afectaba plantas, qué equivocada estaba. Se extendieron a cada esquina de la casa, en nuestra ropa, zapatos, comida. Un día, al abrir el refrigerador para sacar lo último de los vegetales que logré cosechar y tenía congelado, noté que se habían contaminado. Toda la comida estaba echada a perder cubierta por ese hongo saprófito.

Comenzamos a comer los enlatados, que no eran muchos.

Por las tardes al sintonizar la radio de pilas, noté que habían dejado de transmitir, solo escucho estática.

En la televisión pasaba lo mismo, la imagen de las franjas de colores y el zumbido era todo. Gradualmente también dejamos de ver a los vecinos. Estábamos solas. Había una antena de repetición de señal a unas calles, pero una noche el cielo se iluminó y se escuchó un estruendo, como cuando un transformador de luz truena. Después de eso, perdimos todas las señales de internet, luz, radio… no quedó nada.

Todo nuestro entorno era una ruina. Los hongos parecían tener la predisposición de brotar en los entornos devastados. Por eso se extendió tan rápido, prosperaba en lo muerto: edificios, autos, animales inmóviles bajo capas esponjosas. A pesar de toda la palabrería sobre la sostenibilidad, ¿cuántas posibilidades teníamos realmente de legar un entorno habitable a nuestros descendientes? Miré a mi hija y sentí un profundo desasosiego. No había futuro posible para ella.

Salimos a tratar de conseguir comida. El hambre nos obligó a salir. Por un momento pensé en dejar a mi hija en casa, pero un pensamiento angustioso me lo impidió, preferí llevarla conmigo, estar juntas era nuestra mejor alternativa para sobrevivir. El entorno que conocíamos había cambiado. Nosotras, nuestra casa, nuestros jardines, no habían sido los únicos afectados por este hongo grisáceo. Lo que hasta entonces era una suposición, en ese momento fue una certeza. El hongo estaba en todas partes. Crecía libre y exuberante. En algunas zonas se formaron cúmulos espantosos que cuando pasamos y los rozamos vibraban perversamente.

Las manchas grises fueron haciéndose esponjosas, era una especie de hongo que había encontrado un hábitat idóneo en nuestro ecosistema para evolucionar.

Apenas se distinguían las edificaciones, los autos que habían quedado a mitad de las calles. Formas espantosas. Vi animales que habían sucumbido al hambre y o la deshidratación que yacían cubiertos de una capa esponjosa gris, apenas perceptible su forma original. Todo estaba envuelto por ese hongo.

Caminamos unas calles más sorteando las asquerosas concentraciones, pero fue inútil. No encontramos nada. Regresamos a la casa, el tiempo afuera se había vuelto espeso, casi sólido. Bruma constante, como si el aire mismo quisiera esconder lo que estaba pasando. Caminamos unas calles más, sorteando esas masas hinchadas, que vibraban al mínimo roce… como si nos sintieran.

Entonces lo entendí.

No era solo que el hongo nos rodeara. No era solo que lo cubriera todo. Nosotras no éramos meros testigos… éramos parte del ciclo. El alimento. El sustrato. Cada ser vivo que quedaba era un peldaño para que la siguiente generación creciera más fuerte, más voraz.

Me detuve. El silencio era absoluto, salvo ese sonido húmedo, irregular… como un latido viscoso que venía de todas partes.

Mi hija me miró, esperando que le dijera algo que la salvara. No pude.

Sentí la certeza helada: no se trataba de sobrevivir. Se trataba de cuánto tardaríamos en ser digeridas.

Días después, ella encontró una revista en una caja. Me leyó sobre el Tricholoma matsutake, un hongo que resurgió en Japón tras Hiroshima, el primero en crecer donde nada más podía vivir. Su voz sonaba casi fascinada.

Miré a mi hija, noté una ligera peca gris en su mejilla. La abracé. Nos quedamos así, entrelazadas, por mucho, mucho tiempo.

Laura “Aracné” Moreno. Desde 2005, resido en Zempoala, Hidalgo.
He sido reconocida en diferentes ferias del libro, como la FUL, Ferias alternativas, Eventos de micro abierto, slam de poesía y narrativa.
Mi última participación fue en el Festival Fuimos Todas con la colaboración del Instituto de Cultura de Pachuca y la Secretaría de Cultura de Hidalgo.

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