¡Hoy por fin pude regresar en el tiempo! Ustedes se preguntarán cómo lo logré, tengo que decir con toda sinceridad y decepción que ni yo sé, creo que lo soñé. También se preguntarán a qué año y a dónde volví, por eso les pido que se queden y me acompañen a escuchar esta historia llena de respuestas.
No es un día cualquiera en 1872 en la bellísima Oaxaca, era un día importantísimo para todas… Tengo que admitir que ya estaba muy cansada de tener pegada la aguja a los dedos de tanto bordar, casi no podíamos descansar, pero el descanso lo encontrábamos en platicar, en escuchar las risas de las otras y cómo no ser feliz, si yo era aprendiz de las extraordinarias Doña Josefa y Doña María Moreno. Todos los días me sentaban a lado de ellas, para que me enseñaran y yo aprendiera lo mejor posible. Había momentos en los que era evidente el cansancio en los rostros, pero esta vida era el sustento, era nuestra labor, la moneda de cambio para poder comer y aportar a nuestros hogares.
Yo no sé si ustedes se imaginan nuestro tallercito, para mí era enorme, espacioso, le entraba mucha luz por las ventanas, teníamos variedad de materiales, herramientas, siempre estaba muy limpio y ordenado, a decir verdad, era muy bonito, aunque modesto porque “como mujeres no podíamos tener lo mejor” (aún). Apenas estábamos entrando y ganándonos un lugar en el mundo de los hombres y qué mejor manera que con cosas utilitarias como la vestimenta, los accesorios y demás enseres. No se imaginan cuánto amaba estar allí, aunque este trabajo siempre se había considerado de manera despectiva como una tarea únicamente reservada a las mujeres, nunca dejé de pensar que era una gran osadía y no era para menospreciarse.
Más tarde, ese mismo día, llegó un señor muy importante, tan importante que no recuerdo ni el nombre, yo estaba en un rinconcito medio escondida, bien sentada, en mis asuntos, para que nadie me notara y así poder escuchar con mucha atención todas las formalidades que se decían con el cliente. De tanta emoción que tenía, olvidé más de la mitad de la conversación, pero si logré recordar perfectamente que nos encomendaron hacer una bandera para el Primer Batallón de Oaxaca con motivo del festejo y conmemoración de la Batalla del 5 de mayo, imagínense la importancia y magnitud de aquel trabajo que teníamos que realizar.
Antes de unir las dos caras de la bandera, me mandaron por un pedazo de papel y tinta, muy seriamente me dijeron:
De esta manera nos haremos presentes, aunque no quieran, nos vamos a volver visibles en lo invisible y si algún día algunas curiosas nos buscan en la historia, sabrán que estuvimos en la belleza de los hilos bordados y las sedas brillantes de esta bandera.
Y así fue como escribieron una nota, de manera concisa se leía lo siguiente:
Este Pabellón fue bordado en Oaxaca por las señoras Doña Josefa y Doña María Moreno. Se estrenó el 5 de mayo de 1872.
Doblaron el papel y lo metieron entre medio de los dos lienzos que formaban la bandera, justo en el centro donde estaba el escudo nacional. ¡Qué poético! No pude contener la emoción y les dije: yo sé que este mensaje va a llegar a las manos correctas, porque su amor y su dedicación son más que notables en cada hilo bordado. Ustedes ya forman parte de la historia, porque son mujeres que dejan testigo de su trabajo y su existencia a través de un textil y un papel, aunque las circunstancias quieran esconderlas y olvidarlas, serán descubiertas y muy bien recordadas. No sé en qué momento desperté, abrí los ojos repentinamente, me había quedado dormida.

Restauradora de arte, mujer que escribe para reconfigurarse, dedicada, perseverante, sensible, amorosa. Humana aferrada a sentir y a vivir con intensidad.

