- Enviar el correo
- Hacer la cita
- Comprar las croquetas del gato
- Pasar al súper
- Preparar la cena
- Visitar a mi mamá
Parada en el tráfico mientras cambiaban las luces del semáforo, primero verde, luego roja, comencé a pensar el día que completé la lista, nunca lo hacía porque jamás contemplaba el tráfico, las horas extra del trabajo, los imprevistos, los pendientes que no anotaba y un largo etcétera.
Escuchaba los “claxons”, ruidosos, los conductores gritando, acelerando y frenando de golpe para avanzar un metro, pero atascada ahí me acordé cuántas veces tuve que malabarear entre el trabajo y todas las responsabilidades.
Cambió el semáforo, un coche se me metió. ¿Devolví la llamada al cardiólogo? ¿Me había modificado la cita o solo llamó para recordarme del medicamento? Lo llamo al llegar a casa.
No avanzábamos, me sentía aliviada porque no debía ir a otro lugar antes de llegar a mi casa, ya habían pasado por los niños y por el gato de la veterinaria, lo único que tenía que lograr ahora era llegar a mi casa, tomar un largo baño de agua caliente y después a dormir; sin antes haber preparado el almuerzo de mañana, preparado las cámaras, los lentes, revisar que todo estuviera cargado y con batería suficiente para la sesión del día siguiente, dejar listas las tareas de los niños y revisar que las uñas estuvieran cortas, la ropa limpia y sin arrugas, por la planchada no me iba a preocupar por ahora.
Me acuerdo que el fin de semana pasado cuando visitamos a mi hermano tarde dos horas en salir; la maleta ya estaba lista, las mochilas de los niños también, pero el más pequeño no se dejaba cambiar corría como trompo alrededor de la casa, salió a jugar con el perro mientras yo me preparaba un café y se ensució de lodo, lo cambié dos veces; el mayor, por el contrario, no se despegó del ordenador argumentando que tenía tarea y si no la enviaba no iba a disfrutar el paseo, yo preparé unos sándwiches, intente acomodar pendientes, ya eran las dos. El tráfico sería imposible y olvidé dejarle comida al gato.
Verde y después rojo, ¡otra vez! Carajo por qué no avanzo, necesito llegar a la casa, no puedo quedarme encerrada aquí, no ahora. Tengo mil pendientes, algunos ya los pasé para mañana, pero otros son imperantes que los revise.
Transcurrieron dos horas, mis hijos estaban preocupados, la esposa del más chico no había parado de llamar hospitales, y mi nieto, el más pequeño, ya se había bañado y tomado la siesta.
—¡Mamá! ¿Dónde estabas? Nos tenías angustiados
—En el tráfico me quede atrapada en un accidente mientras regresaba de la oficina
— Tienes 89 años mujer, tú ya no vas a la oficina…
Llévate a mamá a descansar, hace años que yo ya no voy a la escuela, se salió otra vez a la oficina y regreso con una lista de pendientes, ¿hasta cuándo podrá descansar?

Viridiana Ortiz Ponce, nací en la ciudad de Morelia, Mich. Un 5 de octubre de 1993, actualmente soy maestranda en Educación Positiva por TecMilenio, licenciada en Lengua y literaturas hispánicas por la UMSNH. Soy profesora del área de español, literatura y creación literaria en el Tecnológico de Monterrey y Universidad Vasco de Quiroga desde el 2019.

