Al colocarse una especie de gorro para natación profesional, Rebeca se rasguña detrás de la oreja izquierda sin querer. Mira sus largas uñas recubiertas con esmalte transparente y reconoce un pequeño rastro de sangre en la uña del dedo índice. Se recuesta pensando en cómo tendrá que sostener a esa recién nacida sin rasguñarla y provocarle el ardor que acaba de sentir. Piensa que no quiere lastimarla, pero también en que no quiere cortarse las uñas después de meses de haberlas cuidado para evitar que se le rompieran. Su cuerpo esbelto encaja perfectamente con la silueta dibujada en la base donde reposa. Detrás del vidrio que sustituye una pared de concreto, mira que el doctor que asiste el parto le indica que ya es hora de colocarse la máscara de oxígeno, pues señala el letrero con la luz verde a lado de la camilla. Rebeca se la coloca cuidando no volver a lastimarse y, con ayuda de dos cables de acero, un domo de vidrio resistente desciende hasta cubrir toda la camilla. Queda atrapada dentro de una cápsula individual que luego comienza a llenarse de agua.
Según los procedimientos para llevar a cabo la simulación de un parto, por el agua se transmiten pequeñas vibraciones que son captadas por el gorro receptor. Estos choques eléctricos de baja potencia traducen el cosquilleo provocado por la electricidad, a sensaciones punzantes que le dan a la paciente la percepción de estar teniendo un parto real. Las contracciones, el dolor al pujar y el sudor se convierten en impresiones reales para su mente.
La simulación comienza y unos minutos después, Edgar mira desde el otro lado del vidrio a su esposa retorcerse de dolor dentro del agua. Sus muecas son tan desfiguradas que llega a pensar que la verá morir. Ninguna de las mujeres de su familia había deseado tener los dolores de un parto real y está nervioso. Sin embargo, se queda tranquilo cuando recuerda que los especialistas le dieron la garantía de que ningún procedimiento de este tipo es mortal para las mujeres y que, en caso de que un suceso desafortunado llegara a ocurrir, el hospital se haría cargo de todo el proceso de clonación sin ningún costo extra. Hasta ese momento ninguno de los dos había sido clonado anteriormente, no sería un problema, pero prefiere que la situación se mantenga así. Las familias más tradicionales como la suya aún no aceptan este tipo de prácticas.
Mientras tanto, Rebeca se encuentra exhausta, quiere vomitar de dolor. Siente cómo su cuello uterino se dilata para expulsar a un ser que de pronto le parece ficticio. Un enorme vacío estruja su corazón al hacerse consciente de que su cuerpo tiene la sensación de expulsar algo, pero no el de dar a luz a ningún ser vivo. Han pasado apenas unos treinta minutos y no cree posible que las mujeres aguantaran un parto durante horas. Con cada gesto de esfuerzo, piensa en su abuela y en la madre de su abuela. En aquel tiempo las mujeres todavía podían parir y sentir el milagro de la vida escurriendo entre sus piernas, o eso le habían contado. Decían que ver una cabecita llorona con un cuerpo diminuto saliendo de su vientre era el proceso más maravilloso para todas las mujeres que de verdad deseaban vivirlo, pero Rebeca no puede sentirlo. Se limita a permanecer acostada y hundida en el agua, idealizando el momento, aunque la sensación del parto es muy real, ella no ve salir a su hija de sus entrañas. Su “hija”, la palabra, se filtra por sus parpados apretados y Rebeca comprende por qué su madre nunca le dio un abrazo, uno real. Cuando ella se acerca para intentar abrazarla, su madre solo se inclina y sus hombros apenas se rozan, un par de palmadas en la espalda es la caricia más cálida. La relación entre ambas se reduce a un “¿Todo bien?”, preguntado una vez por mes. Es normal no hacer visitas, no hacer llamadas o reunirse los domingos solo porque sí. Las casas del par de cuadras que las separan parecen grandes murallas, aplastándole el pecho.
Desde que se inventaron las incubadoras de gestación, a las mujeres les pareció más cómodo tener un hijo o dos sin mucho desgaste. El procedimiento termina, el agua se drena y Rebeca al fin puede abrir los ojos. El domo que la había cubierto asciende hasta ocultarse en el techo y se quita la máscara para volver a respirar libremente. Edgar entra a la sala llorando de emoción. Rebeca nunca lo vio tan feliz, así que finge que nada de lo que pensó pasó por su mente y sonríe. Está empapada y toma la bata que el doctor le ofrece al entrar detrás de Edgar. Detrás de él, una enfermera también entra cargando un pequeño bulto entre sus brazos, una cobijita blanca lo cubre. Se dirige hasta Rebeca para entregarle a la bebé, pero Edgar la detiene y se adelanta para conocer el rostro de la pequeña.
—¡Amor, es muy linda! Quisiera que se llamara Eliza. El doctor me dijo que la sacaron de la incubadora al mismo tiempo que la sentiste nacer. ¿No es maravilloso? También estuvo nueve meses gestándose ahí dentro, ¡cómo querías! – dijo Edgar con el mentón tembloroso.
–¿Cómo se siente, Rebeca?, ¿necesita alguna pastilla para disminuir los malestares? Puedo traer el medicamento de inmediato si lo desea. – La enfermera seca la frente de Rebeca con otra toalla y la mira con una sonrisa demasiado estirada en el rostro. Sus grandes ojos entornados dejan escapar cierta falsedad en su brillo.
–Creo que solo quiero cargar a mi bebé. ¿Podrías dármela, Edgar? –Respondió Rebeca atosigada.
—¡Claro, cielo!, con cuidado. —Rebeca la abraza.
–Les recuerdo que tanto las imágenes de Rebeca mientras está dando a luz, como el momento en el que sacamos a la pequeña Eliza de la incubadora, se quedaron grabadas en vídeo para que puedan disfrutar de este momento las veces que deseen. Pueden pasar por todo el material en recepción. Por mi parte es todo, los dejo en manos del doctor que les ha asistido desde el principio del embarazo. ¡Suerte, papitos!
La enfermera se despide moviendo los dedos de la mano y sale de la habitación, dejando a la nueva familia con el doctor. Edgar recibe las instrucciones de los primeros cuidados para la bebé mientras Rebeca mira a Eliza incrédula. A pesar de que ya la está cargando, no puede sentir el amor infinito que las madres decían experimentar por sus hijos. Examina sus manitas, no ve sus largas uñas en ellas. Le parece que la verdadera madre de Eliza es aquella incubadora donde se gestó y, en un intento de hacerla suya, descubre uno de sus senos e introduce el pezón en su boquita. Eliza comienza a succionar como acto reflejo, pero el pensamiento de que su hija se está alimentando con leche artificial atropella la mente de Rebeca. Durante nueve meses tomó pastillas para generar leche naturalmente.
Al ver que la amamanta, el doctor se acerca. —Sé que está emocionada, Rebeca. Pero la pequeña Eliza puede comer hasta dentro de dos horas. Está acostumbrada a la leche de la incubadora y puede indigestarse. —Rebeca obedece. Ambos salen del hospital muy emocionados, o al menos así lo quiere hacer ver Rebeca. Se quiere convencer de que tal vez está demasiado cansada como para permitirse estar abrumadoramente feliz y decide no pensar en ello hasta llegar a su hogar. Se le ocurre que quizá estando en un lugar familiar, su percepción de la situación cambiará. Al llegar a casa, se recuesta con su hija en la cama y se refugia en la intimidad de sus almohadas. Intenta amamantarla nuevamente para saber si ya se siente como una madre, pero los minutos y los días transcurren y cada vez que Rebeca amamantaba a Eliza, la única palabra que llega a su mente es “Nodriza”.

Escritora e ingeniera mexicana. Mis textos aparecen en diversas antologías impresas, así como en diversas revistas digitales. Fui becaria del CTE y mi cuento de ciencia ficción “Singularidad” entró en el top 20 de los más leídos en el año 2023 en la revista digital “Espejo Humeante”, así como mi cuento «Base D» fue el sexto articulo más leído en 2024 en Teoría ómicron.

