Los gemidos cimbraron todo alrededor. El amarillo de sus ojos brillaba. Lo mantenía prisionero con los muslos y aprovechaba la rigidez de su daga para frotarse los pliegues.
Él obedecía. Nada podía reprocharle por quererlo conducir en el sexo. Vivía como príncipe, alimentado con los más deliciosos manjares. Todo en ese lugar estaba impecable. La mesa se disponía siempre con puntualidad. No conocía a la servidumbre y, a pesar de que nunca compartía los alimentos con su benefactora, poco le interesaba descubrir el misterio.
Estaba feliz por haber salido de las calles, meses atrás, cuando ella lo invitó a subir al flamante automóvil blanco. Desde entonces su vida cambió. Cierto es que no había visto a nadie más que a ella. Pero no tenía queja, dormía en sábanas de seda, bebía los vinos más exquisitos y lo único que la mujer le exigía a cambio era que estuviera siempre dispuesto.
Ella condujo sus manos para que le acariciara las nalgas, él le apretó las carnes con fuerza mientras ella se seguía frotando el interior con la dura espada. Por unos momentos lo dejó separar la espalda del piso, quería que le exprimiera los senos; el joven los masajeó, lamió los pezones; mordisqueaba y absorbía mientras ella, gozosa, mantenía la mirada clavada en la espesura de su bigote.
La planta alta de la casona se dividía en dos secciones a partir de una gran escalera. Él podía disponer del ala derecha donde se encontraba la habitación que le fue asignada y deambular por la planta baja sin ningún problema.
En la misma zona se localizaba la habitación donde mantenían sus encuentros y a la que podía acceder, sin ninguna restricción, aunque no estuvieran juntos. La mujer tenía la certeza de que cada vez que su amante visitaba el lugar, experimentaba insoportables deseos de tenerla entre sus brazos. Le encantaba martirizarlo, obligándolo a ahogar sus ímpetus.
En el ala izquierda se ubicaban los aposentos de la insaciable señora. Su habitación estaba repleta de espejos donde pasaba horas contemplando sus formas y su rostro que resplandecía sin atisbo de arrugas. Tenía una colección de trofeos que crecía con cada nuevo amante y adornaban los marcos de los espejos. Si se miraban con detenimiento podían distinguirse mechones de cabello de diferentes texturas y colores y hasta pedazos de piel, ya fuera de una oreja, de unos labios, de la nariz o de algún dedo. Del mejor de ellos decidió conservar el arma con que la naturaleza lo había dotado y de la cual extrajo tanta juventud y placer.
La señora era una mujer bella. Tenía la cabellera oscura y abundante, la piel blanquísima y helada como las losas de los escalones. A él le intrigaba sentirla siempre fría, incluso en el extremo del éxtasis. Su impecable juventud contrastaba con su notable experiencia en el placer; se contoneaba como una diosa del amor, se mecía sobre él y se detenía en el momento preciso, cuando su amante aún lograba suprimir las ganas de explotar. Lo hacía una y otra vez hasta que, plenamente satisfecha, lo provocaba para que el joven la bañara con su jugo mientras ella lo exprimía hasta dejarlo vacío.
Los primeros meses notó que su cuerpo recuperaba la fortaleza perdida por las incontables ocasiones que debió conformarse con una modesta comida al día. Sin embargo, a pesar de que ahora disponía de la mejor alimentación, hacía un par de semanas sus fuerzas menguaban. Se sentía cansado. Le causaba extrañeza porque era un hombre joven, además, le preocupaba. Su bella protectora solo exigía de él los encantos de macho. ¿Qué sucedería si alguna vez fallaba en sus intentos para complacerla?
Estuvo inquieto la tarde entera. Recordó el día en que descubrió las marcas de sangre en el cuello de su camisa. Habían pasado la tarde juntos. La señora gimió frenética. Lo besó en el cuello con furia. Él sintió fuertes piquetes, breves pero intensos. La dama, al borde de la pasión, lo había mordido. Quiso mirarse en un espejo, pero no encontró ni en las salas, ni en los baños, tampoco en su recámara, ni en la que estaba destinada al goce. Lo notó desde su segundo día en ese lugar, cuando, después del baño, no pudo hallar uno para peinarse, aunque en aquel momento no le dio importancia.
Sintió curiosidad por mirar su reflejo. Seguro de que en los aposentos de la señora encontraría alguno, irrumpió con sigilo en la habitación prohibida. El lugar lucía impecable, decorado con exquisita elegancia. En contraste con el resto de la casa estaba colmado de espejos. Al fondo de la amplísima recámara, advirtió que algunos lucían decorados con figuras que a la distancia no pudo distinguir.
Para no entretenerse, se detuvo frente al más cercano. Se sobresaltó. Parecía que hubieran transcurrido años desde la última vez que observara su rostro. Tenía los ojos hundidos, la piel reseca y verdosa. Notó además unas pequeñas marcas que le dibujaban un collar alrededor del cuello. No tuvo tiempo de revisarlas. Escuchó tacones acercándose al pie de la escalera. Salió sin hacer ruido. Se escondió en su habitación.
Sin que él lo imaginara, la exquisita dama regresaba de visitar su antiguo barrio. Recién clavaba sus ojos de felina en otro joven. Le gustaban morenos y velludos. En el desempeño sexual, nada como un varonil cuerpo canela para satisfacer sus deseos.
Antes de dejar la calle donde ubicó a su próximo amante, se miró en el espejo retrovisor del automóvil: pequeñas arrugas asomaban a un costado de sus ojos. Fue una señal de alarma. Decidió entonces que no debería esperar demasiado, en cuanto la vitalidad de su amante en turno decayera, tomaría cartas en el asunto. Sus penetrantes ojos amarillos brillaron en la oscuridad.
Cuando se hubo extasiado, después de que su cansado esclavo absorbiera y mordiera ambos senos, arremetió con furia. Lo devoró con su sexo mientras se masajeaba con fuerza los pechos delante de la mirada hipnotizada de su siervo.
Sus alaridos provocaron que el joven dejara correr un río que ella absorbió con urgencia. Debía incorporar los fluidos que le devolvían la energía y la juventud que la naturaleza, implacable, insistía en arrebatarle.
Miró con sus gatunos ojos las incipientes canas que aparecían en las sienes de su protegido. Solo le quedaban unas cuantas semanas. Pronto debería traer al sustituto.

Madre, compañera, hija, hermana, amiga, escritora, editora y tallerista. Máster en Escritura Creativa por la Universidad de Salamanca, España. Algunos textos premiados: Impudicia (2019) Colombia; Devuelta al mar (2021) Escritoras Mexicanas; La rayada es de la suerte (2023) Lapicero Rojo; Olor a marchas (2023) FENALEM. Libros recientes: IN SILENTES IN SOLENTES IN SUMISAS (2024) Tinta en las uñas editoras; Intersecciones; Conductora de destinos, España.

