Paula Amaya: Letra en llamas

En el segundo piso de la calle 15, hay una habitación sin acceso a luz del sol. En el centro de la vivienda, el nicho de Ana está oculto, sin ventana que dé a un pasillo. Aunque la habitación tiene una gran puerta, es más bien usada como una catapulta para el mundo exterior. Absorta en su laptop, Ana navega por los foros donde semanas atrás había iniciado una discusión sobre la legitimidad de los versos de Sor Juana, encontrados en Portugal. Devota de la escritora, más que de la religiosa, argumenta que las fechas de los manuscritos coinciden con los años en los que Juana vivió y mantuvo correspondencia con España. Al parecer, no es la única que ha llegado al foro siguiendo la discusión; el foro ha mutado en un chat en tiempo real, a solo un F5 de distancia. 

Siente premura en continuar la discusión, navega a otras páginas web, usa la IA, pierde su mirada para, de manera desesperada, escarbar en sus recuerdos, con la furia de quien sabe que la verdad está ahí y de manera exacta encontrar las fuentes, autores, editoriales y fechas de publicación que justifiquen su posición: los versos son legítimos. Sumergida en la agitación de limpiar el nombre de su heroína, no ha detectado que una horda de perros salvajes se ha aliado en contra de ella. No hace falta actualizar la web para que todos los comentarios aparezcan uno bajo el otro. Entre burlas, memes y gifs, aparece una imagen: un manuscrito que a simple vista es de Juana, pero comparado con versos de Francisco de Pina e Melo. No hace falta verlo dos veces: son idénticos.

En cuestión de segundos, la situación se torna en flaming y los seguidores que la habían acompañado en esta defensa de Juana la abandonan, una oleada de memes con el avatar de ella, siendo trolleada, baneada y notificaciones de bloqueo de cuenta saturan la web.

Ana sigue viendo la foto de la caligrafía a la que ahora necesita hacer scroll, puesto que se pierde en el volumen de comentarios. Absorta de lo que ocurre, la pantalla se desvanece, su mente proyecta la imagen de los manuscritos a los que ahora Juana se acerca a ellos, toma otro pliego y con una pluma que ya trae comienza a escribir. Escribe, aunque se haya acabado la tinta. Aprieta la pluma contra el papel con furia, negándose a callar. No quiere dejar ir las letras, pero la presión cortesana, reflejada en su mano, hace que rompa su pluma, su modo de vivir. Partes de ella se clavan en su índice y, con nueva, Juana no aligera su afán por plasmar lo que dentro de ella la consume. 

Ana sabe lo que Juana escribe y no son versos. Juana escribe en defensa de sí contra Sor Filotea. Allí, en su celda, requiere Juana ser libre, cada línea que se escribe a tinta, sangre o ausencia de ambas expira de Juana y retumba en justicia, se expone así misma como primera y única justificación del saber. La inexplicable sensación de la no justificación está en Ana, la ineficiente argumentación, seguro no sabía sobre Juana lo suficiente, la ha convertido en un cliché y no ha avanzado en descubrirla. Todas las palabras bebidas de la sapiencia de Juana se le han escapado, no era una cuestión de datos, de fechas o de lógica. Era una guerra y ella había entrado desarmada. Ana siente el peso de su ignorancia, irá hacia ese tal Francisco de Pina e Melo y quiere ponerle rostro a ese nombre para odiar con propiedad. En esa búsqueda se da cuenta de que Francisco nació el año en que Juana murió y que bajo ningún motivo razonable la fotografía publicada en el foro puede ser cierta. Se sacude su espíritu, retoma fuerzas y la pluma, retoma a la contienda, publica en el foro un pantallazo de la fecha de nacimiento del fulano junto con su retrato con el mensaje: “Estoy aquí para ignorar menos, hombres que me señalan, no podréis derrumbarme”. 

Ana ha flaqueado, sí, se desvaneció y arrastrándose por suelos espinosos de ansiedad y temor, consumió su ser, implorando que sus memorias la salvaran. Páginas leídas, artículos encontrados, verdades entre versos que poco a poco la fueron atando a Juana. Y si se había ido mentalmente por un par de segundos en una duda impuesta desde el foro, ¿qué? No la definía eso, ni lo lento que pudo haber escrito en el foro, ni su tardía o no reacción. No sólo ardía en ella el deseo de saber, que siempre la levantaba, ardía la defensa propia por sobre todos los tiempos.

Paula Amaya es Licenciada en Ciencias Sociales, con afinidades fuertes en el feminismo, la literatura y la tecnología. Ha publicado diferentes artículos científicos en México y ensayos y cuentos en Colombia. Su sueño es trabajar en Google, publicar un libro de ensayos y seguir haciendo proyectos.

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