Estaba en la cocina, preparando los bocadillos, cuando escuché el timbre.
—¡Ya voy! —anuncié, enjuagando mis manos, frotándolas contra mi blusa y dirigiéndome a la puerta.
Así comenzó el asedio.
—¡Bienvenida! —saludé a mi hermana, abrazándola como cada vez que nos veíamos.
—¡Hola! —me dijo ella, con igual cariño, besándome ambas mejillas.
Y entonces sentí un aroma distinto. Un aroma que no conocía. Olía a lavanda, a pan horneado y a naranja. Dulce y ácido, su aroma me invadió y burbujeó bajo mi piel…
—Esta es Sofía —presentó mi hermana a quien la acompañaba. Era una muchacha joven, de cabello corto y revuelto, cuya mirada parecía perseguir mariposas invisibles.
—Sofía, te presento a Mía —fuimos presentadas, la flor volvió al mundo, y miró más allá de mis ojos.
—Mucho gusto —brilló.
El plan de esa tarde era, en principio, jugar juegos de mesa y probar un pastel que mi hermana dijo que me fascinaría.
En cuanto a los juegos, nunca lo había hecho peor. Mi estrategia y perspicacia eran inútiles contra el perfume de Sofía y, aunque de pocas palabras, al hablar me hipnotizaba con el suave movimiento de sus labios. En cuanto al pastel, era cierto. No había probado en mi vida uno tan delicioso; dulce para acariciar mi lengua, suave para desear más de él. Por supuesto que lo había hecho Sofía, algo que no me sorprendió tanto. Resulta que tenía su propio pequeño emprendimiento, vendiendo pasteles a pedido y, admito, sentí cierta envidia. Yo estaba todo el día en casa, ordenando, limpiando y cocinando, sirviendo a un marido que disfrutaba más jugar videojuegos que decirme buenas noches. Además, nuestra hija era pequeña y consumía cada uno de mis segundos libres entre la lavandería y platos.
—¿Y dónde está Isa hoy? —preguntó mi hermana, como buena tía, al ver que la pequeña no revoloteaba a mi alrededor.
—Con mamá. Le pedí que la cuidara unas horas, pero pronto tengo que ir por ella.
—¿Y no tienes niñera aún?
—No me da confianza dejar a Isa con una desconocida. Además, ¿para qué? De cualquier modo, siempre estoy en casa.
Igual te vendría bien un poco de ayuda —insistió mi hermana, zampándose una cucharadita de pastel.
Entonces habló ella.
—Yo podría ayudar —susurró como quien cuenta un secreto, rozando con sus dedos mi mano. Su otra mano, delicada, sostenía su sedosa sonrisa hacia mí.
La miré y, sin darme cuenta de que era solo una excusa para volver a verla, le sonreí.
Esa noche soñé.
Me encontré en la terraza de una torre de homenaje, alzándose orgullosa entre las gruesas murallas de mi castillo. El adarve lucía sombras sin rostro, que caminaban de ida y vuelta entre las almenas patrullando con solemnidad. Abajo, en el patio de armas, un solitario pozo lucía como el centro de mi fortaleza, cuyos adoquines rectos llegaban hasta el imponente rastrillo de acero.
Todo en orden, pensé. Sin peligros, creí.
Pero en la lejanía, en los sinuosos montes, una silueta se levantó en el horizonte. Era ella. Sofía. Miraba hacia mi castillo. No. Hacia mí. Y comenzó a caminar.
Desperté agitada, con el pecho y las mejillas calientes. Mi esposo dormía a mi lado y, víctima de la culpa, decidí no despertarlo. Caminé hasta el baño, lavé mi rostro, me miré al espejo. ¿Por qué soñaba con ella? ¿Por qué no había podido quitarme su perfume de la ropa? Volví a lavar mi boca, seca, sedienta de algo. Bebí agua, me apoyé en el lavamanos. Un sueño, nada más. No significaba nada.
Al día siguiente sonó el timbre y, ansiosa, tosí sobre mi taza de café, me incorporé limpiando mi boca con una servilleta y me dirigí a la puerta. Desde este lado ya podía sentir su perfume. Respiré profundo, y abrí. Ahí estaba. Su cabello desordenado, su mirada perdida, su sonrisa de pétalos.
—Bienvenida —le dije, haciéndome a un lado para dejarla pasar. Se rio un poco, manos en la espalda, y entró sin más, sin responder. Isa comenzó a golpetear su mesita, aburrida, pero al ver a la nueva invitada, la examinó con curiosidad. Las presenté, y se amaron de inmediato. Era como si se conocieran desde siempre.
Algo me comía por dentro de tener a Sofía en casa. No tenía un real motivo para tener una niñera a diario, y la culpa me hizo indagar en mi propia creatividad para inventar tareas inexistentes. Organicé los cajones, los armarios y remendé ropa que de todos modos ya no usaba, y cuando terminé con todo, aún me quedaba tiempo.
De vez en cuando, Sofía me miraba de reojo, y yo sentía que me volvía una masa torpe con exceso de extremidades que chocaban con todo. Ella solo se reía, cubriendo sus labios.
Esa noche, volví a soñar.
Los guardias corrían de un lado a otro, en estado de pánico, mientras yo intentaba en vano apuntar hacia las almenas y saeteras. Las flechas volaron, el aceite fue derramado, pero Sofía ya estaba frente al rastrillo.
—Mucho gusto —vi sus labios moverse, pero su voz retumbó en mi mente. Así, en dos palabras, el acero se transformó en esquirlas, que volaron por sobre todas las cabezas, cayendo cuál lluvia plateada sobre el patio de armas.
Otra mañana con ella y yo, desde la cocina, ya no tenía nada más que limpiar. Me encontré dolorosamente ociosa, y ella lo notó.
Con Isa jugando tranquilamente con sus cubos, Sofía se sentó en la mesada de la cocina, apoyó los codos en la mesa y me miró fijamente. Yo esperé que dijera algo, pero no lo hizo.
—¿Sí? —pregunté, usando toda mi voluntad, para no bajar la mirada a su boca, menos a su escote.
—Kate me dijo que eras escritora —siguió con sus ojos fijos en los míos, lo que me intimidó profundamente, como si pudiera ver mis sueños en mis pupilas.
—Sí. Es decir… eso dice mi licenciatura; sin embargo, jamás ejercí —me apresuré en responder, desviando la mirada para proteger mi secreto.
—Deberías escribir. – Sonrió ella, con ese brillo tan propio de sus mejillas.
—¿Escribir? —la miré de soslayo, como si dijera algo impensable.
—Sí. Ahora tienes más tiempo, ¿no?
Era cierto. Ahora que ella cuidaba de Isa durante las mañanas, terminaba más rápido con la casa y para mediodía ya no tenía más que hacer. Podía escribir al menos hasta el almuerzo, pensé. Y me sorprendí a mí misma con ese pensamiento.
Volví a soñar.
Mis guardias habían desaparecido. Sofía avanzó por el patio de armas y se sentó, ligera, en los bordes del pozo. Me miraba, desde abajo, invitándome a descender junto a ella. Yo resistía.
—¡Vete! – Le grité, atrincherada en mi miedo.
Ella no respondió. Acarició las piedras del pozo, gentil como su risa, y volvió a mirarme. Desde lejos, podía ver el brillo de sus ojos. Ella sabía que tarde o temprano bajaría y rendiría el castillo.
La falta de descanso comenzaba a mermar en mis sentidos. En cada espejo la veía a ella detrás de mí, en cada palabra escuchaba sus susurros diciendo mi nombre, en cada silueta la veía a ella pasar, dejando su estela. Era terrible, porque me encantaba. Quería volver a verla, y el timbre se había convertido en mi campana. Saboreaba los instantes anteriores a su llegada, e inhalaba a través de la madera de la puerta su esencia. Me estaba volviendo loca, más loca a cada segundo
Hasta que un día, Sofía no llegó. Y me quedé mirando la puerta, vacía.
Esa noche le pedí a mi esposo el divorcio.
Bajé las escaleras, una a una, al paso de mi propio corazón. Mi respiración, agitada, se detuvo tras abrir la pesada puerta de roble que me separaba del patio de armas.
Sofía se levantó, manos en la espalda. Caminé hacia ella y me detuve.
Frente a frente. Sin excusas.
—¿Por qué estás aquí? —mi voz fue grave, casi triste. Mi vida estaba en orden antes de ella, y hoy el castillo lucía desolado.
—Tú querías verme —me sonrió con su brillo de siempre; me abanicó con sus largas pestañas.
No pude ocultar mi enfado.
—¿Dónde estás? No viniste hoy —recriminé, como si hubiera roto nuestro pacto.
—¿Quieres que vaya? ¿Para qué? —devolvió, acortando la distancia entre ambas.
—¿Para qué? Pues… – Quería mentir. Decirle que para cuidar de Isa, decirle que para darme tiempo para escribir, decirle que para tener un respiro. Pero no quería un respiro. Quería su aliento sobre mi boca.
—Por favor…—le rogué —vuelve.
Sonó el timbre, desperté.
Me levanté, desastrosa, y corrí a la puerta.
Allí estaba ella.
Su aroma. Su perfume. Su boca, sus pestañas.
Alargué mi mano hacia su rostro, dudando si seguía soñando o no.
Y ella me sonrió, como hiciera en mi mente.
—Estoy aquí, Mía — siseó, posando una mano en mi mandíbula, su pulgar en mi labio, sus ojos en mi boca —soy todo lo que has deseado. ¿Por qué no me tomas?
Y así sucumbí al espíritu.

Abogada de profesión y escritora de corazón. Dungeon Master y fundadora de foros de rol desde joven. Mi experiencia en Derecho, litigio y enseñanza ha moldeado mi creatividad. He trabajado en diversas áreas, desde la asesoría legal hasta la enseñanza de karate infantil. En mi obra, fusiono lo onírico con lo real, explorando identidad, resiliencia e imaginación.

