Lynn estaba de pie en la cima de la colina más alta de su aldea, mirando hacia el horizonte donde las luces de Telysia, la ciudad flotante, danzaban en el cielo como estrellas atrapadas en una red. Su resplandor azul y dorado era visible incluso desde la distancia, un recordatorio constante de lo que estaba fuera de su alcance.
—¿Sigues soñando con Telysia? —preguntó Kade, su hermano menor, mientras trepaba torpemente la colina para alcanzarla.
—No es un sueño, Kade. Es una meta. —Lynn apretó los puños.
Kade se dejó caer en la hierba, sacudiéndose el polvo de las botas.
—No quiero desanimarte, pero la gente como nosotros no llega allí. Ya sabes cómo funcionan las cosas.
Sabía que tenía razón. Las personas de las Tierras Bajas no podían siquiera acercarse a Telysia sin un pase oficial, y esos pases eran entregados únicamente a los comerciantes más ricos o a los estudiosos reconocidos por el Consejo Celeste. La familia de Lynn no era ni lo uno ni lo otro.
—Las cosas pueden cambiar —dijo ella, más para convencerse a sí misma que a él.
Kade la miró de reojo, suspirando.
—¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Volar hasta allá con una cometa?
Lynn no respondió. Ya lo había intentado. Bueno, no con una cometa, pero sí con alas improvisadas hechas de plumas y madera ligera. El resultado había sido un desastre: un aterrizaje forzoso en el río y una semana completa con fiebre por la hipotermia. Pero eso no le había quitado la idea de la cabeza.
Telysia era más que una ciudad flotante para ella. Era la promesa de una vida diferente, un lugar donde las personas podían estudiar, aprender y ser reconocidas por su talento. Había escuchado historias de sus padres, antes de que ellos también perdieran la esperanza: en Telysia, los inventores más grandes vivían y trabajaban en torres de cristal; los ingenieros diseñaban máquinas que desafiaban las leyes de la gravedad; los artistas creaban música y pinturas que parecían cobrar vida.
Y Lynn, con su mente llena de ideas y sus manos siempre cubiertas de aceite y carbón, quería ser parte de eso.
Esa misma noche, mientras Kade dormía, Lynn se deslizó en silencio hacia el taller que había montado detrás de la casa. No era más que una choza desvencijada llena de engranajes, piezas de metal recicladas y bocetos amontonados por todas partes. En el centro del lugar estaba su proyecto más ambicioso: una nave de un solo asiento, diseñada para alcanzar las alturas.
—Telysia —susurró, pasando los dedos por el borde metálico de la nave—, un día estaré ahí.
Pero su mirada se desvió hacia el suelo, donde una hoja de papel estaba arrugada en una esquina. Era una carta que había recibido semanas atrás.
«Aspirante Lynn Elwyn, lamentamos informarle que su solicitud para el programa de aprendizajes en Telysia ha sido rechazada. Apreciamos su entusiasmo y esfuerzo, pero solo aceptamos candidatos de las Tierras Altas.»
Había llorado toda la noche cuando la recibió, pero luego, como siempre, la frustración se convirtió en determinación. Si no la querían allí, entonces se abriría paso sola.
Una semana después, con los últimos ajustes listos, llegó el momento de probar la nave. Kade apareció justo cuando Lynn estaba arrastrando el pequeño vehículo hacia la cima de la colina.
—¿Qué estás haciendo ahora? —preguntó, con los brazos cruzados.
—Voy a Telysia.
—¿En eso? —Él señaló la nave, claramente incrédulo.
—Sí.
—Esto es una locura.
—Es mi única opción.
Kade la observó en silencio por un momento y luego suspiró.
—Entonces supongo que necesitarás ayuda.
Juntos, empujaron la nave hasta la cima. Cuando Lynn se subió al asiento y ajustó los controles, su corazón latía tan rápido que sentía que iba a explotar.
—Si esto funciona… —comenzó a decir, pero Kade la interrumpió.
—Si funciona, ¿me escribirás una carta desde allá?
Ella sonrió.
—Prometido.
El motor zumbó al encenderse, y la nave comenzó a moverse lentamente hacia adelante. Lynn apretó los dientes mientras los engranajes vibraban bajo sus pies. Las hélices giraron con fuerza, y de repente, la nave dejó el suelo.
Por un momento, lo logró. La nave se elevó en el aire, y el viento fresco de las alturas golpeó su rostro. Telysia parecía más cerca que nunca, sus luces doradas reflejándose en sus ojos.
Pero entonces, el motor comenzó a fallar.
—¡No! ¡No, no, no! —gritó, tratando de estabilizar la nave.
Lynn apretó los mandos con todas sus fuerzas, luchando contra la caída. Si no podía llegar a Telysia, al menos debía aterrizar sin morir en el intento. Con un último esfuerzo, giró los controles bruscamente, logrando desviar la nave hacia un campo abierto. La nave impactó contra la tierra con un estruendo, rodando varias veces antes de detenerse.
Por un momento, solo pudo escuchar su propia respiración agitada. Luego, el sonido de pasos apresurados.
—¡Lynn! —Kade llegó corriendo, con los ojos llenos de terror—. ¿Estás bien?
Kade la observó en silencio mientras se levantaba, sacudiéndose la ropa.
—¿Lynn? —dijo, con la voz cargada de duda—. ¿Qué harás ahora?
Ella sonrió, con un destello de fuego en los ojos.
—Volveré a intentarlo. — Sonrió una vez más, antes de ponerse en marcha hacia la nave en pedazos.
Día tras día, Lynn trabajó sin descanso, aprendiendo de cada error, mejorando su diseño. Con el tiempo, la gente comenzó a hablar de la chica que quería volar. Algunos se burlaban, otros la admiraban en secreto. Pero Lynn no se detuvo.
Pasaron los años, y una mañana, el cielo de Telysia se vio iluminado por algo inesperado: una pequeña nave que ascendía desde las Tierras Bajas, desafiando lo imposible.
Lynn lo había logrado.
Y cuando aterrizó en la ciudad flotante, no como una invitada, sino como una pionera, supo que su deseo no había sido un sueño vacío. Había sido un llamado, uno que había respondido con esfuerzo y valentía. Porque los sueños no son solo para quienes nacen con privilegios. Son para aquellos que se atreven a construir sus propias alas.

Dicen que siempre tengo la cabeza en las nubes, pero ahí es donde nacen las mejores ideas. Vivo entre sueños imposibles y realidades que desafío a diario. nunca me rindo por más difícil que sea mi meta. ¿Mi secreto? Ninguno, solo se que me llamo Desirer, el cual es una palabra en Francés que significa Deseo

