Ana y Leo se amaban, luego de veinticinco años de matrimonio su amor había crecido. Arreglaban cualquier diferencia hablando, llegando a acuerdos, y teniendo sexo. Al día siguiente de una discusión, se les podía ver abrazados, sonrientes, como una pareja joven.
Durante años habían tomado vacaciones junto con sus dos hijos, disfrutando verlos divertirse y crecer en cada viaje.
Esta vez el paseo cambio de tono, la pequeña familia decidió vacacionar en compañía de la familia de la prometida del hijo mayor, y el menor invitó a su novia al viaje. Este cambio causaba en la pareja enorme nostalgia. Sus hijos se convertían en adultos a velocidad vertiginosa.
Ana y Leo, salían muy temprano de su habitación para caminar a la orilla del mar, mientras disfrutaban el amanecer. Abrazados charlaban, ambos sonrientes, felices, mirando sin preocupación el porvenir. Nostálgicos, por la confirmación de que el tiempo no se detiene, ni se detendrá.
Un tanto distanciados del grupo contemplaban a las parejas con sus niños tan pequeños, y recordaban sus propios momentos como jóvenes padres. El recuerdo de alegrías, angustias, momentos felices y enfermedades llenaba su charla.
Ahora y en adelante no tenían de que preocuparse. Justo en ese momento, se acercó a ellos un hombre, vestía conjunto de lino azul, su bermuda para serlo era corta, tan corta como un short, estaba descalzo, tenía las plantas quemadas por la arena, ya que antes de hablar con ellos las revisó y sobó con un ¡auch!, de dolor. Colocó un pequeño portafolio a su lado.
—Excelente día, veo que disfrutan mucho su estancia en este bello recinto de calma, serenidad y quietud. Me presento, soy Pete.
—Excelente día — respondieron ambos, pensando que en ninguna parte se puede uno librar de los fanáticos religiosos o de los vendedores.
—Estamos bien, no necesitamos nada. Muchísimas gracias — dijo Leo en tono firme.
—No, no, no. Solo quiero platicar con ustedes, pues me parecen una pareja fantástica, los he estado observando, son muy unidos y felices. Se ve que llevan ya un buen tiempo juntos y su dicha me sorprende. Les noto nostalgia al mirar a sus hijos y a los pequeños que abundan en el hotel. Nada como detener el tiempo por un instante. Nada como intentar alargar los mejores momentos. Nada como permanecer jóvenes durante más tiempo que el permitido. Es todo un sueño, pero imaginen que pudiéramos hacerlo, que lográramos por lo menos detener el tiempo. ¿Quién no desea alargar su estancia y convivencia con los que ama, sintiéndose fuerte, joven, luciendo una piel suave, libres de arrugas, canas y achaques? Por lo que he visto más pronto de lo que creen serán abuelos, ¿no les gustaría poder disfrutar a sus nietos, correr con ellos, brincar, jugar sin dolencias, ni las carencias propias de la edad?
Leo y Ana, guardaron silencio, siempre les había gustado fantasear con volver a ser jóvenes, por lo menos, poder detener ese paso implacable del tiempo sobre sus cuerpos. Ana temía tanto envejecer que estaba decidida a morir antes de cumplir setenta, pues el espectáculo que la vejez le ofrecía, la atormentaba.
Dejaron hablar a Pete, durante más de tres horas, les mostró documentos del portafolio, los envolvió por completo con el tema de la anhelada juventud y la posibilidad de recuperarla. Comentó que eran los candidatos perfectos, una pareja llena de amor, sin preocupaciones, libre de responsabilidades con infantes. Volverían a ser jóvenes solo para estar juntos, charlar y amarse, para convivir con sus hijos, corretear a los futuros nietos. Había un requisito: Deberían esperar tres años por trámites, cumplida esa fecha se volverían a ver.
Ambos escucharon y aceptaron todo, parecía un juego. Ese hombre podía ser un mitómano o un actor de cámara escondida. Nada tenía costo, eso fue lo que más les gustó. La preparación que Pete les pidió no tenía nada de complicada. Quedaron de verse tres años después en el mismo lugar.
Llegó la fecha establecida, en aquel contrato, que no lo fue con Pete. Ana y Leo prepararon maletas e hicieron el viaje, solo ellos dos. Su hijo mayor después de casarse se mudó a Canadá. El hijo menor decidió viajar por el mundo. Ellos se habían quedado solos.
Llegaron al hotel, emocionados, con la esperanza de encontrar a Pete, esperando les revelara el secreto. Los tres años los habían pasado en la expectativa, preguntándose si sería posible lo que el hombre les ofreció, si todo lo que dijo podría ser real. Habían pasado esos años contando cada día. Discutiendo, cuidándose mutuamente para poder llegar, y por fin, ahí estaban.
Ambos se sorprendieron cuando, al mirar hacia las albercas, vieron a Pete, que lucía igual que tres años atrás, con el mismo conjunto de lino, solo que ahora era color ocre y no azul. Llegó hasta ellos con su enorme sonrisa y su pequeño portafolio. Todo lo que les prometí en aquella charla ahora será suyo, solo debo llevarlos al lugar, ¿están listos?
A punto de levantarse, Ana y Leo notaron que la sonrisa de Pete se tornó en una mueca de espanto. Giraron la cabeza en la misma dirección que él. Un hombre enorme se aproximó caminando con paso decidido. Apuntó a la cabeza de Pete con un arma y disparó, el sonido fue como el de un flashazo, su cuerpo cayó sobre la arena. El matrimonio, en shock, no logró ver que el hombre repasaba el cuerpo con un escáner haciéndolo desaparecer, y se llevaba el pequeño portafolio de Pete.
Nadie creyó al matrimonio acerca del homicidio, no había rastro alguno y nadie en la recepción conocía a alguien llamado Pete. Ana y Leo sabían que todo eso lo vivieron, que estuvieron a punto de ser llevados a un lugar donde podrían absorber la anhelada juventud, guiados por ese extraño hombre, que los dejó convencidos, apalabrados. El matrimonio decidió no salir de ese lugar hasta volver a encontrar a alguien que, como Pete, los considerara adecuados para llevarlos a ese viaje de juventud renovada.
Ambos decidieron quedarse, gastar sus ahorros en la búsqueda de alguien como Pete, en la búsqueda de una nueva juventud vigorosa que les permitiera vivir y disfrutar de cada instante. Olvidaron el contacto con sus hijos, con el pretexto de que eran tan jóvenes que no necesitaban convivir con los viejos.
No volvieron a sonreír, pues les enfadaba sentirse entorpecidos, llenos de dolor. Se acabaron las caminatas sonrientes, y los encuentros amorosos. Decidieron dejar el idilio para cuando lograran recuperar su juventud.
Empeñados en ello, dejaron pasar el tiempo, ese al que no encontraron cómo detener y que atropelló sus esperanzas. Murieron lejos uno del otro, aun estando juntos. Distantes, por esa tremenda distancia que genera, el haber deseado algo que no pudieron realizar.

Soy cuenta cuentos, escritora, aprendiz de poeta. He participado en antologías físicas de la editorial independiente «El CANTO DE LA ALONDRA». Escritoras que besan y los desvaríos de mi boca editorial CODISE. Historias sin límite MINI LIBROS DE SONORA. Historia verdadera, ediciones TINTA NUEVA

