Romy Riq: Noche de Navidad

“Navidad” despertó justo cuando las Perseidas cruzaban el cielo. En otros tiempos, habría sido un momento para disfrutar con una taza de café y soñar con un mundo distinto. Pero las Perseidas no eran naturales esa noche; eran ráfagas de fuego cruzado en una batalla que se desplegaba fuera del planeta. Y dentro de él, la calma estaba a punto de romperse.

El aire se llenó de una estática inquietante, como si la atmósfera estuviera al borde de estallar. Navidad activó su exoesqueleto y revisó el estado del campo protector. La radio seguía muda, lo que no era una buena señal. Sobre el firmamento, un haz de luz incandescente atravesó la oscuridad y cayó como un meteorito en el horizonte. La alarma resonó en todos los trajes, rompiendo el silencio.

Los exoesqueletos eran imponentes estructuras metálicas que amplificaban la fuerza y velocidad de los soldados. Diseñados con la tecnología más avanzada, respondían a los movimientos de los usuarios en milisegundos. Armados con sistemas de ataque integrados y protegidos por campos de energía, estos trajes transformaban a los soldados en máquinas de guerra imbatibles, aunque a costa de su humanidad.

—¡Ataque!—gritó Navidad, mientras el caos se desataba.

Desde el horizonte, los exoesqueletos enemigos avanzaban a toda velocidad, cubriendo el terreno en cuestión de segundos. Una marea de robots y soldados enemigos se desplegaba como un enjambre. Navidad, al frente de su escuadrón, fue la primera en disparar. La llamaban «la bruja» por la precisión y rapidez con la que se movía en combate. Sus movimientos parecían casi sobrenaturales mientras derribaba enemigos uno tras otro.

El campo de batalla se convirtió rápidamente en un infierno de explosiones, humo y gritos. Los soldados confederados luchaban con desesperación, conscientes de que la derrota significaría el fin de todo lo que amaban. Navidad lideraba cada avance, gritando órdenes a través de la radio y apoyando a sus compañeros cuando caían. Pero la batalla no era solo física; era un desgaste emocional constante. Cada enemigo abatido pesaba sobre su conciencia, pero no podía permitirse el lujo de detenerse a pensar.

Horas después, el enfrentamiento había dejado un paisaje de escombros y cuerpos metálicos. Navidad se recargó contra un muro derrumbado, intentando recuperar el aliento. Su exoesqueleto estaba dañado, con múltiples grietas en el blindaje. Una fisura en su casco dejaba ver su rostro cubierto de sudor y hollín. La radio volvió a la vida con una voz conocida.

—¡Navidad, responde! ¿Estás viva?—Era Solari, su compañero más cercano.

—Aquí estoy—contestó con voz áspera, intentando sonar firme. —¿Cuántos quedan?

—Pocos. Estamos reagrupándonos en el punto delta.

Navidad asintió para sí misma y comenzó a avanzar. Cuando llegó al punto delta, encontró a los restos de su escuadrón. Los rostros exhaustos y las miradas vacías reflejaban una lucha desigual. A pesar de ello, sabía que debía mantener la moral alta.

—Escuchen—dijo, reuniendo a sus compañeros—. No hemos llegado hasta aquí para rendirnos. Esta guerra no se trata solo de territorio, sino de todo lo que somos. Si queremos que nuestras vidas tengan significado, debemos seguir adelante.

Aunque el cansancio era evidente, sus palabras encendieron una chispa de determinación en los soldados. Sabían que el futuro de su planeta dependía de ellos.

Esa noche, Navidad tomó un momento para estar sola. Miró al cielo, donde las Perseidas seguían iluminando la oscuridad, ahora mezcladas con el humo y las explosiones. Sacó una pequeña hoja de papel que llevaba guardada en el bolsillo de su traje. Era una carta que había escrito antes de enlistarse.

Si estás leyendo esto, significa que he fallado. Pero no quiero que me recuerdes por la guerra, sino por lo que siempre quise: paz.

Navidad guardó la carta y volvió a concentrarse en la misión. Los días siguientes fueron un torbellino de enfrentamientos. Cada noche, el número de soldados disminuía, y con ello crecía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Pero el agotamiento no la detuvo; sabía que no había otra opción.

En medio de una marcha, preguntó qué día de la semana era. Pero antes de que alguien respondiera, un ataque sorpresa los golpeó. Los androides enemigos habían mejorado sus tácticas, y los confederados se encontraron rodeados. Las municiones escaseaban, y las bajas aumentaban. Durante el enfrentamiento, Navidad perdió el uso de uno de los brazos de su exoesqueleto. Con una mano temblorosa, tomó una de las bombas que llevaba consigo.

—¡Retírense!—ordenó, mientras se preparaba para sacrificarse para detener al enemigo.

En ese momento, la radio emitió un mensaje inesperado. Las fuerzas autócratas pedían un alto al fuego. Las tropas enemigas se detuvieron y comenzaron a retirarse. La noticia fue recibida con escepticismo por algunos y esperanza por otros. Para Navidad, era un alivio; no quería morir.

—Si esto es real, debemos aprovecharlo—dijo a Solari.

El día de la reunión llegó. Navidad, con el brazo vendado y su reputación como «la bruja» como respaldo, fue elegida para liderar la delegación confederada. El encuentro se llevó a cabo en una llanura neutral, lejos de las bases militares. La tensión era palpable mientras ambas facciones se reunían.

Navidad se adelantó, sintiendo el peso de cientos de miradas.

—¿Cuáles son sus intenciones?—preguntó con voz firme. —Es extraño que quieran una tregua.

Uno de los líderes autócratas, un hombre de aspecto altivo, dio un paso al frente.

—No creas que esto es una derrota—respondió, entregándole un documento. —Hemos tomado esta decisión por razones estratégicas.

La negociación fue tensa y prolongada, llena de desconfianza y reproches. Pero al final, ambas partes lograron llegar a un acuerdo preliminar. El alto al fuego se declaró oficialmente la noche de Navidad. En un gesto inesperado, los soldados de ambos bandos encendieron fogatas improvisadas, compartieron historias y rieron juntos, aunque fuera por una noche.

Desde la distancia, Navidad observó la escena con una mezcla de alivio y agotamiento. Había conseguido lo que muchos creían imposible: una tregua en medio del caos. Esa noche, mientras el cielo se iluminaba con estrellas, permitió que su corazón se llenara de esperanza. Tal vez, la paz que tanto anhelaba no era un sueño infantil, sino una posibilidad real.

Y así, con la mirada fija en el horizonte, Navidad cerró los ojos y sonrió por primera vez en mucho tiempo.

Romina Riquelme Maturana es diseñadora gráfica, escritora y gestora cultural con experiencia en proyectos literarios, diseño editorial y producción audiovisual. Ha participado en múltiples antologías, diseñado portadas de libros y organizado encuentros literarios, destacando su liderazgo en el evento “Espejismos”. Su enfoque combina creatividad y gestión, impulsando proyectos que fusionan arte y tecnología. Actualmente, sigue desarrollándose en el ámbito creativo y literario con propuestas innovadoras.

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