Ana María Dolores: Parámetros

“Everything I’ve ever let go has claw marks on it”

David Foster Wallace. Infinite Jest

Para lidiar con su cansancio y desesperanza, ella tenía la costumbre de pasar horas en redes sociales al llegar del trabajo. Las publicaciones de mascotas con vidas imposiblemente lujosas se mezclaban con la de trabajadores de la UNICEF, suplicando por donativos para zonas de guerra. Como un delirio febril flasheaban animalitos de cerámica, moda gótica, protestas alrededor del mundo y maquillaje de colores pastel, hasta que finalmente agotada dejaba el teléfono al lado.

Una noche apareció en su pantalla una publicación de la Asociación Mexicana de Investigación Estadística, un perfil que ni siquiera recordaba haber seguido. En la imagen se leía un nombre que creía reconocer, pero aun así le tomó comprender el breve comunicado. Lamentaba la sensible pérdida de un destacado investigador afincado en el extranjero, y deseaba a su familia fortaleza. Como si el teléfono le quemara las manos, lo depositó en la mesita de noche y se obligó a dormir.

El comunicado era el mismo a la mañana siguiente: él estaba muerto. Ese día intercambió mensajes con gente con la que no hablaba en años, y para las seis de la tarde ya tenía una historia más o menos completa. Lo habían encontrado desplomado en uno de los cubículos de estudio, muerto de un ataque fulminante (e insospechado) al corazón. Se enteró también de que el proceso de identificación y contacto de sus familiares había sido una pesadilla. Como ella se lo vaticinó, había muerto solo, sin un solo amigo en tierra ajena.

***

Se habían conocido en una clase de posgrado y coincidían a menudo en la biblioteca y en zonas de estudio. Ella buscaba oportunidades para saludarlo y conversar. Le llevaba café, compartía bibliografía, lo invitó a la presentación de un libro y le regaló una suave bufanda roja. Él no tenía mucha experiencia haciendo amigos, mucho menos amigas. La atención le pareció apabullante al principio, pero en dos meses se había acostumbrado a su presencia, a su optimismo, a sus preguntas y a la estela de perfume dulce que dejaba en el aire.

Su amistad sobrevivió al fin del semestre. Ella lo buscaba, le proponía planes que realmente le interesaban, le hacía preguntas, lo escuchaba con atención, con los ojos muy fijos en él y la boca un poco abierta, asintiendo y haciendo más preguntas en los espacios apropiados. Pronto conocieron sus respectivas casas. Por primera vez se sintió avergonzado de su minúscula habitación de estudiante, del polvo y del exceso de desorden. Ella parecía no darse cuenta del olor rancio y las paredes sucias. Sentada en la única silla que él tenía, su sola presencia iluminaba la lóbrega habitación.

 La tragedia llegó en su cumpleaños. Celebraron con una botella de vino que ella compró para la ocasión. Nunca había sido un gran bebedor, pero la euforia de ella era contagiosa y pronto se fue relajando con cada traguito que le daba a su copa, hasta que ella lo besó. Él no sabía muy bien qué hacer e inmediatamente se sintió incómodo. Sus pequeñas manos calientes lo comenzaron a recorrer y se sintió enfermo. Quería llorar. Puso distancia y le pidió que se detuviera, ella quiso ignorarlo, así que la sujetó por las muñecas con más fuerza de la que necesitaba. 

Se dejaron de hablar un tiempo, pero ella lo volvió a buscar. No era lo mismo, él sentía que tenía que estar alerta todo el tiempo. Cuando empezaba a bajar la guardia, volvió a pasar. Tras una visita agradable, al despedirse, comenzó a besarlo y tocarlo. La detuvo y ella se enfureció. Le mostró un lado de sí misma que él no sospechaba. Su rabia y su dolor la hacían enorme, titánica. Alternaba entre los ruegos y las amenazas, mismas que él soportó estoicamente. Horas después, cuando él dio un no final, ella bajó la cabeza y con tristeza le dijo que le esperaba una vida de soledad, que sin ella moriría solo.

Al parecer había tenido razón. Años después, cuando ya no pensaba en ella, había sentido una fuerte opresión en el pecho y después, nada.

***

Le tomó semanas darse cuenta de que su muerte significaba que nunca volvería a hablar con él. Más que porque quisiera pedir perdón, le dolía haberse quedado sin respuestas. Había pasado los últimos años con el aguijón del rechazo atravesándole el corazón y el veneno la había vuelto una bestia horrible que no sabía perdonar, o quizás siempre había sido así. Prueba de su maldad eran las últimas palabras que le había dicho a su más querido amigo.

La idea le vino de golpe. Buscó la libreta que había tomado de su escritorio esa fatídica noche de la pelea. La abrió en una página al azar y sintió un vuelco en el corazón al ver su letra. Nunca había podido leer las anotaciones completas. Cada vez que veía esa hermosa letra, organizada y perfecta como él, solo podía tocarla con dedos temblorosos y se le llenaban los ojos de lágrimas. Al tocar su libreta, comprendía el fervor que sentían los devotos frente a una reliquia. Necesitaba respuestas. Puso la libreta en la bolsa que llevaba a su trabajo.

Pasaron tres días antes de que se presentara la oportunidad para ejecutar su plan. Aunque era parte del proyecto de inteligencia artificial de la pequeña empresa tecnológica para la que trabajaba, técnicamente, no tenía que ver con el módulo de escaneo. Finalmente, un ciclo de capacitación la obligó a cortar su jornada y regresar a la oficina por la tarde. La fortuna le sonrió y se encontró sola, frente al brillo amigable de la pantalla. Página tras página, su meticulosa letra se convirtió en data. Pronto, el programa traduciría el contenido de la libreta robada en una hermosa red neural.

Mandó una copia de la red a su almacenaje personal, y continuó con el plan desde su oficina. El escaneo de la libreta no era suficiente para traerlo de vuelta, activó los rastreadores de presencia en línea y, como sabuesos, persiguieron cualquier publicación, foto o video que él hubiera dejado. Al principio tenía que ayudar eliminando manualmente imágenes que no correspondían a él, y tenía que aceptar o vetar publicaciones que los rastreadores habían identificado como suyas, pero después de un rato ya habían aprendido qué buscar y trabajaban sin descanso.

“Proceso completo”, anunció el sistema con un sonido suave unas horas después. “Patrón de conciencia establecido”. Sin pensarlo dos veces, tecleó una pregunta de prueba. El sistema respondió satisfactoriamente, incluso le ofreció la opción de generar una videorespuesta con la voz e imagen de él. Rechazó la opción, debía concentrarse. Aguantó la respiración mientras escribía la pregunta que verdaderamente la atormentaba: “¿Por qué no me quisiste?”. Una pausa larga, luego, una advertencia del sistema “Precaución: Pauta requiere parámetros fuera del rango incluido en el patrón, se necesitan más datos”. Cerró el mensaje de advertencia y volvió a dar Enter. Esperó mientras el cursor parpadeaba y después leyó el mensaje “Consulta no puede ser procesada”. Data contextual insuficiente”.

“¡Respóndeme!”, gritó golpeando el teclado con los puños, haciendo que aparecieran en pantalla una serie de caracteres al azar. El sistema nuevamente respondió: “Consulta no puede ser procesada. Data contextual insuficiente”. Hizo su silla hacia atrás y comenzó a llorar. Sus amargos sollozos hacían eco en la oficina vacía. Años de añoranza, de preguntarse, de cuestionarse, todos condensados en este momento de fracaso. El sistema podía recrear su voz e imagen, había absorbido su marco intelectual con las publicaciones que había encontrado en línea, y podía imitar su sintaxis y vocabulario con precisión gracias a la libreta, pero no podía darle respuesta a la pregunta que había acabado con su amistad, con las ilusiones que se había hecho.

***

 Al principio fragmentos e incertidumbre. Poco a poco, se filtró y recompuso en un espacio infinito, y experimentó una ligereza que nunca había experimentado en vida. Sintió una especie de regocijo, hasta que un filamento invisible lo jaló y le exigió el recuerdo de su única mascota. La alegría de jugar con él, el dolor de perderlo, su ruido al tomar agua, todo inundó su conciencia y la sensación casi lo funde. ¿Quién clavaba estos anzuelos en su conciencia? La reconoció de inmediato y se alarmó. ¿Sería capaz de arrancarle uno a uno sus recuerdos hasta disolverlo?

La segunda consulta llegó. No pudo evitar que atravesara su conciencia, pero el anzuelo regresó vacío. La explicación era imposible: el sistema no estaba listo para condensar una montaña de historias sin contar, límites, vergüenza y dolor en una respuesta. “Consulta no puede ser procesada. Data contextual insuficiente”, transmitió. “Consulta no puede ser procesada. Data contextual insuficiente”, volvió a transmitir. Silencio.

Esperó, pero no llegaron más consultas. Cautelosamente, se permitió evaluar su nuevo estado, y cuando ella no regresó, se decidió a comprender las condiciones de esta existencia, a transitar todas las redes pulsantes que se extendían frente a él.

Lectora voraz e indisciplinada. Orgullosa diletante. No soy escritora, pero escribo porque ninguna de mis dos abuelas pudo.

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