8 de septiembre
Nada sucede en esta sofocante ciudad de techos de zinc y amplias terrazas.
Aquí no pasa una puta mierda.
A veces, uno que otro muerto; alguna puñalada que atraviesa la piel de algún desdichado, comprometiendo sus órganos. Entre hemorragias internas y externas, se nos escapa la vida en este viejo pueblo olvidado de la mano de Dios y de las autoridades.
Me gusta escribir de noche, aunque no me guste lo que escribo.
Me gusta esta hora, porque a esta hora uno anda cansado… cansado de vivir mientras los demás duermen, contemplando directamente el rincón sombrío donde yace tu condena, el tercer círculo del averno en el que nada se posee y todo se debe.
Me gusta porque a esta hora me enfrento a dos inexistencias, una pluma blanca con la que te procuro y tu cuerpo en estado de autolisis.
1 de julio
Hace un mes, un día, o un segundo —no logro recordar— ocurrió algo importante en el mundo. Yo fui a la playa, mientras el mundo se caía a pedazos, Rusia, Ucrania, el discurso de un presidente cualquiera, mientras se planteaban políticas públicas para el no futuro de mi país. Yo fui a la playa. Fue un día de sol, de esos colores naranja y trajecitos rosados, que te caen sobre la piel, los huesos, sobre los días.
Fui con Aniquilino, él me miraba pensando: “Esta vaina está jodida”. Y yo lo miraba con mis ojos de miope y pensaba: en efecto, “Está jodida”. Y todo siguió igual de jodido durante la tarde.
El mar nos dejaba en cada ola una extraña canción psicodélica, fluorescente y fragmentada; tres sonrisas asesinas, cuatro ojos de perro fiel, el humo de las olas.
Ese día descubrí en los ojos de Aniquilino un destello de maldad, una mirada maligna que se desvaneció al instante, los rezagos de un gesto fantasmal.
Desde ese día me dediqué a buscar nuevamente en su rostro esa mirada de muerte que tanto se empeñaba en ocultar, fui descubriendo que tenía los brazos fuertes como hechos para enterrar cadáveres, las manos llenas de callos de tanto cavar tumbas y la respiración agitada, Aniquilino era un ser malvado, extremadamente malvado, Aun así, confesaré que nunca antes me pareció tan atractivo como esa tarde en la que descubrí la verdad.
7 de julio
Hoy es un día idéntico a todos esos que ya no logro recordar, aquellos que precedieron la llegada de Aniquilino a mi vida. Me levanté tarde y tomé mi habitual desayuno: un poco de agua, que por suerte estaba fría, y los restos que pude raspar de las paredes desgastadas de mi habitación. Confesaré que, desde niña, he tenido gustos particulares. Disfrutaba, a escondidas de mi madre, mordisquear fragmentos de los bloques de cemento que mi padre guardaba en la parte trasera de la casa, mientras contemplaba las puestas de sol de aquellos días tranquilos del verano del noventa y seis.
Al evocar ese pasado, que aún no siento tan lejano, reflexiono sobre la monotonía letal en la que transcurren mis días. Salgo a tomar el sol, a respirar el hedor del patio contiguo, mientras me entretengo resolviendo silogismos sencillos: todos los hombres son malvados; Aniquilino es un hombre; por consiguiente, Aniquilino es malvado. Bárbara, Celarent, Darii.
Hace dos semanas conocí a Aniquilino, en una de esas aplicaciones de citas para quienes están tan solos como yo. Cuando lo vi por primera vez, me pareció que tenía una mirada triste y una sonrisa melancólica. Me llamaron la atención sus dientes; eran la única parte de lo que, algún día, sería su cadáver que tenía al alcance de mis ojos.
Aniquilino llegó una tarde, envuelto en sus ínfulas de maldad, mientras decenas de cadáveres de peces colgaban sobre nuestras cabezas, con el pasar de las horas, su mirada melancólica mutó en dureza, despotismo y caos. Aun así, decidí quedarme, atraída irremediablemente por su presencia, como quien se asoma al abismo inescrutable y encuentra en sus sombras una promesa tentadora de caos y destrucción.
15 de agosto
Hace tres días que no veo a Aniquilino, mis días sin él son aún más monótonos, me siento como una interna en este conjunto de casas verticales, perpetuamente insatisfecha con mi vida, aunque tampoco me atrevo a ponerle fin.
Ayer, en el pasillo de la torre A, en el patio donde llevan a los vecinos esquizoides, hice una nueva amiga, o a una compañera de prisión, porque eso es lo que es: una prisión con pasillos oscuros, paredes blancas y las caras resignadas de quienes compartimos esta misma fosa. “Hay que aprender a convivir”, me digo para mis adentros, “es la ley de la vida… y de la muerte.”
Se llama Lorenza Mendivil. Viene de un pueblo del Magdalena, de esos que parecen llevar el calor en su nombre. Supongo que asocio los nombres con recuerdos o con el clima, o al menos eso diría algún payaso psicoanalista. Aquí todos somos internos de este pueblo de hambre, miseria y horror.
Lorenza es pequeña, de ojos inexpresivos y actitud bufonesca. “Cómicos de la legua, teoría del arte, dame más, chiquilla tonta…” Ayer me ofreció uno de sus bocadillos mientras me contaba que su vida era una mierda, que era filósofa y que sus libros no cabían en el retrete de su cuarto. Le acariciaba la cabeza mientras la escuchaba. Verla ya era un espectáculo perturbador, “un-dos-tres, Tribilín, cállate, niña, cállate ya, que ahí viene el coco y te comerá.” Cuando se perdió en reflexiones absurdas sobre cuántos granos de arroz cabrían en su cabeza retorcida, me di cuenta de que mi vida también estaba jodida. Que mi cuarto era pequeño y oscuro, y que debía compartir mi escasa comida con las ratas. También recordé que mis libros se habían ido por el retrete y que las imágenes de mis días en libertad se desvanecían como el humo que deja Joaquín el del 503 cada mañana, cuando pasa dejando ese aroma a noche, a ceniza… a libertad.
Aquí, dentro de estos muros blancos, todo parece conducirme de vuelta a Aniquilino. Su recuerdo me atormenta, se aferra a mi mente como una sombra voraz que me consume, y, sin embargo, me aterra la idea de soltarlo. Pienso en él cada vez que contemplo el cemento, en el blanco omnipresente que me envuelve como un abismo, un blanco que huele a muerte.
3 de septiembre
Aniquilino me ha llamado hoy, justo cuando lo creía perdido en las profundidades del averno. El muy maldito ha resucitado al cabo de veintiún días. Me ha dicho que estoy loca, pero también que necesita verme, que no puede vivir sin mí, que estamos condenados a estar juntos.
Mi corazón late con la fuerza de mil centauros en una carga tumultuosa. El día ya no es solo un día; los aullidos de los lobos se han disipado, y Sísifo ha abandonado su roca.
La rutina, esa fiel compañera, se ha tomado hoy unas vacaciones. Volverá mañana, cuando Aniquilino se haya ido, dejando tras de sí los fragmentos de mil historias inventadas, cuando el rastro de su perfume se quede para siempre incrustado en la mitad de mis huesos.
Me invade la estúpida esperanza de que se quede para siempre.
5 de septiembre
Aniquilino llegó temprano, estaba emocionada de volver a verle, aunque algo en el fondo de mi pecho, en el lugar donde las sombras se arremolinan y se disfrutan, me susurraba que no todo iba a ser como antes. Cuando su figura apareció en la puerta, un destello fugaz se asomó en sus ojos, y lo vi. Allí estaba, el mismo brillo maldito que me había obsesionado en el pasado, esa chispa que quemaba todo a su alrededor, y que, sin embargo, se escondía cuando él intentaba sonreír para engañarme, para seguir jugando con mis sentimientos, disfrutando del mal.
Nos sentamos juntos en la mesa. Su piel ya no parecía tan suave, como si la muerte le hubiera dejado marcas invisibles que yo solo podía ver. Me lo imaginaba enterrando cuerpos, mezclando tierra con las manos que ahora se posaban sobre la mesa. Hablamos de cosas triviales, sin sentido, como si fuéramos dos personas normales atrapadas en una burbuja que nunca estallaba. Pero yo lo sabía, él no era normal. Y lo que había sucedido en la playa, esa mirada mortal que no dejaba de acecharme, era algo que ya no se podía ignorar.
Esa tarde, mientras el sol se deshacía en la distancia, como el cuerpo de un condenado desangrándose lentamente, tuve una certeza. Mis dedos se apretaron contra el filo del cuchillo, y sentí la llamada. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Me levanté sin una palabra, dejando a Aniquilino allí, tan ajeno, tan vacío, sin notar la condena que lo acechaba. Él nunca lo vio venir, como siempre. Cuando volví con el cuchillo en la mano, vi en sus ojos, por un instante, el miedo. Fue lo último que vi de su apagada vida.
Una simple línea en el aire, una verdad irrefutable que cortó el hilo que lo unía a este mi mundo. Como un muñeco roto se fue de bruces, y el cuerpo que alguna vez había amado yacía ahora sobre el suelo, tan silencioso y pesado, inundando el aire con el olor de su sangrecita escandalosa. Lo observé largo rato, como si estuviera esperando que la muerte pudiera traerme alguna revelación. Pero nunca llegó, todo había terminado.

Soy Viviana Padilla Márquez, abogada, filósofa y masteranda en Derechos Humanos. Barranquillera, combino mi trayectoria académica con la escritura, siendo reconocida en certámenes como Nuevas Letras (2023) e incluida en antologías como Moiras. Mis textos han aparecido en revistas como María Mulata y AlterVoxMedia. Mi obra explora la sensibilidad humana y las complejidades sociales.

