No temes bajar a las profundidades. Escuchas los sonidos de la casa a lo lejos. Despiertas húmeda. No te levantas, no te mueves. Sientes que una ola ha llegado a la playa y te ha mojado hasta el bajo vientre. Afuera de la recámara suenan los pasos de la familia. Tienes un sueño del que no quieres desprenderte y te aferras a él para no abandonar el espacio de tus deseos.
Te esfuerzas por permanecer en él, aunque el mundo de fuera quiera quebrarlo con su violenta normalidad. Desde abajo llega el olor de los huevos fritos y el café. En este momento, probablemente tus hermanos estén bajando con caras somnolientas. Javier se sentará a la mesa a ver videos en el celular, mientras Emilia hablará con sus amigas de la escuela. Ella siempre ha logrado llevarse bien con las chicas del colegio. Siempre ha podido encajar con el rol que nos han pedido desde niñas. Tú, en cambio, estás sola en tu peculiaridad torpe y brusca de animal salvaje. Cierras los ojos una vez más para aislarte en el mundo de la duermevela.
Vuelves a soñar el agua que te cubre por completo. La cola de pez se retuerce trenzada a otra extremidad igualmente monstruosa. Miras su cuerpo, tan parecido al tuyo. Recuerdas el movimiento ondulante y el fulgor de las escamas que alumbran como joyas al agitarse en el fondo del mar. Percibes la escena con la claridad prohibida y transgresora de los cuerpos que se aman entre las sombras. ¿Qué pasaría si nadie tú hubieses dicho que aquello era ilícito? Vuelves a vivir la violencia de su abrazo al tomarte de las caderas y juntarte con su propio cuerpo. Por un momento, se liberan entre el frío de las corrientes de agua que pasan entre ambas. Notas lo afilado de sus garras recorriendo tu yugular y sabes, que si alguien se enterara habría algún peligro al acecho. Quizá tu padre, quizá tu hermano, ¿quién sería el que se interpusiera? Mientras, los huracanes submarinos hacen un sonido sordo que se expande como una onda por el vacío. Está compuesto por un amor quimérico que se revuelve en las honduras de un océano desolado dispuesto a consumirte. Como dos anguilas entrelazadas cuyos cuerpos lanzan fulgurantes haces de luz. La imagen te aterra y, aun así, no abres los ojos ni escapas a ella.
Escuchas que gritan tu nombre. A lo lejos, desde la orilla de una playa lejana. Tu madre te llama desde el piso de abajo para que vayas a reunirte con la familia. Frunces el entrecejo, como si no entendieras lo que sucede. Te preguntas si realmente te pareces a ellos, tan lejanos, o si eres alguna otra clase de criatura. Piensas en tu madre, tan sufrida, en la vida de hogar, y no sientes que ese pueda ser tu destino. ¿Qué pasaría si se enterara? ¿Se moriría de vergüenza al saber tu verdadera identidad? Entreabres los ojos y aún tienes el sonido de las corrientes del mar en los oídos. Observas la luz deslizarse por la ventana, entre las motas de polvo que flotan en el aire y la pasividad de la habitación. Las playeras deportivas permanecen tiradas en el suelo; en los estantes sobre tu cama están los libros de Elena Garro, Virginia Woolf y Cristina Rivera Garza. Te molesta la tranquilidad del ambiente, su sensación de fachada, de puesta en escena. Te pones la almohada sobre la cara y esperas.
Con lentitud, vuelves a ver las profundidades de los mares. Te meces entre las olas. Sientes su cuerpo cercano al tuyo. Le besas con una suavidad carnosa. Percibes las branquias de su cuello abrirse y cerrarse cada vez más aceleradas por la pasión pulposa de sus cuerpos. La recorres y descubres partes lisas como terciopelo. La exploras con la lengua por cada centímetro y sientes el sabor de la sangre al cortarte un poco con los duros bordes de las escamas que la cubren como lentejuelas. El sonido del fondo se agazapa entre las olas y se expande a lo lejos. En algún punto, vuelves a tener la sensación de algo que se te impregna entre los dedos: una baba caliente. El hormigueo de placer te recorre desde la coronilla hasta esa monstruosa cola, y el estruendo de las depresiones del suelo oceánico aumenta su rugido. Aprietas las piernas con los labios entreabiertos y te sientes palpitar en el centro. Un segundo corazón que se desarrolla como el de los pulpos y se hincha y decrece.
La recámara se mueve ante la visión borrosa de la duermevela. El sueño se te escapa y la fuerza de una realidad contundente se manifiesta. Tu cuerpo te recuerda la materialidad de tu existencia. Te arde la espalda, pidiendo que te levantes. Te das la vuelta boca abajo, evitando un proceso que parece inevitable. Tarde o temprano tendrás que volver al mundo de los vivos. Quieres volver a los abismos y, al mismo tiempo, deseas quedarte en la seguridad de tu casa. Tal vez, si te levantas justo ahora y bajas al comedor, todo podrá seguir con normalidad. Nadie sabrá de esos sueños ocultos ni del latir de la vida que se genera entre las sedimentaciones de las grietas atlánticas. No te mueves. No lo haces porque quieres evitar esa sensación de farsa. Estás desesperada de que algo real recorra tu cuerpo y provoque el frenesí de los tiburones por la carne. Los tiburones son capaces de comerse a sí mismos, piensas.
Vuelves a cerrar los ojos, y, entonces, la ves. Mientras observas su sensualidad ubicada entre lo humano y lo animal, las corrientes comienzan a llevar movimientos circulares alrededor de ustedes. Las envuelven los ríos invisibles de las profundidades mientras ella te observa con sus ojos negros y opacos de criatura marina. Se acerca a ti y percibes los dientes puntiagudos de una boca que te besa y que tú besas con tu fisonomía igualmente monstruosa. Los dedos unidos por puentes de membranas recorren tu piel. Sientes su lengua bífida en tu interior. Dejas que tu cuerpo se hunda lentamente, llevado por un peso invisible que te hace descender en esa ingrávida nada de colores azabaches, mientras giran llevadas al centro de la tierra, a la parte más oscura del mundo, donde sólo existen los monstruos y las sombras desoladas.
Caes cada vez más. Más al fondo del océano. La culpa te constriñe la garganta. Te hundes cada vez más en un disfrute doloroso de su cuerpo entre las olas que las llevan en movimientos espirales, succionándote hacia abajo. Las escamas de ella se clavan con las tuyas. La presión va aumentando. Cada vez puedes respirar con mayor dificultad. Tu aliento se entrecorta en formas de burbujas de oxígeno que te abandonan y se dirigen a la superficie. Anhelas dejarte llevar por ella hasta el final. Miras sobre las cabezas de ambas y ves el reflejo de la luz del sol sobre las aguas, a muchos kilómetros de distancia. Si la eliges a ella, quizá puedas encontrar un mundo propio. Vas descendiendo aún más, y el negro de las aguas se intensifica. No existen más los tornasoles en su piel, sólo la oscuridad asfixiante de su cuerpo. Entonces recuerdas a tu madre y la necesidad de pelear surge con la violencia del ahogo. Tratas de separarte, aunque no quieres. En el fondo, quisieras llegar hasta las últimas consecuencias, pero el pánico en tu interior se multiplica. Comienzas a alejarla, la empujas y ella se aferra a ti. La lastimas, le clavas los dientes. La sangre surge como tinta que las cubre y te separas de su cuerpo. En algún punto, alguien estalla una puerta contra su marco. Sientes las olas dando vueltas a tu alrededor.
—¿Te vas a levantar ya o vas a seguir dormida? —dice enojada la voz de tu madre.
Abres los ojos con terror. Te mantienes con una respiración contante, casi moribunda. Cuando ella se va, tomas aire y notas el agua descender por tu frente. Como un náufrago renacido, miras a tu alrededor sin comprender cómo has llegado una vez más al mundo y has escapado de tus pesadillas. Aún tienes el sabor de la sal llenándote la boca y el olor de los mares impregnado a tu piel. Te sientas acercando tus piernas a tu pecho y, por un momento, la tristeza te embarga como un barco que ha encallado con un iceberg, mientras el agua del océano se cuela en su interior a toneladas. El sueño sigue agazapado en tu interior, esperando por ti, como los tesoros de las profundidades náuticas. Entonces lo escuchas junto a las corrientes marinas, como cuando los niños colocan una caracola junto al oído. A lo lejos te llama todavía el canto de las sirenas.

Soy Gabriela Andrade Lucero, escritora apasionada por la literatura y la ciencia ficción. He estudiado en la UNAM y la UACM, publicando cuentos y poesía en diversos medios. Recibí una «Mención de honor» en el 79 Concurso Internacional «Camino de palabras» (2023) y fui ganadora del Primer Concurso de Cuentos de Ciencia Ficción de la editorial Folia.

