Sofía Alvarado: La Petenera

Quién te puso Petenera[1]

no te supo poner nombre,

te debían haber puesto

la perdición de los hombres.

Versos populares mexicanos

¡Ay, petenera gitana!

¡Yayay petenera!

Tu entierro no tuvo niñas

buenas.

Niñas que le dan a Cristo muerto

sus guedejas,

y llevan blancas mantillas

en las ferias.

Tu entierro fue de gente

siniestra.

Falsete. Federico García Lorca

La Petenera vino del cielo, desde las estrellas llegó enfundada en plata, era un resplandor tenue que se movía. Lo recuerdo como si la estuviera mirando ahora mismo. Aterrizó con una velocidad negra dentro de un árbol, tenía un movimiento brillante y un silencio como de abismo marino. Creí que era una alucinación mía, porque para ese entonces ya la había pensando tanto que la imaginaba entre las olas o mientras miraba hacia arriba en la orilla de la playa, y ahora que estaba ahí, frente a mí, era tan distinta y tan bella. Creo que todo lo que nos sucede lo llamamos con el pensamiento, lo invocamos tanto y tanto que luego se materializa y nos viene de golpe como una Petenera o un demonio, y arrasa todo lo que conocemos. Nos dedicamos la vida entera a esperar ese momento, porque nuestra vida es tan pequeña, tan miserable, que la llegada de seres monstruosos, nos llena de felicidad, aunque nos arruine para siempre y no volvamos a ser los mismos nunca.

La Petenera me miró con sus ojos negros y profundos por un largo rato, luego se lavó las alas con su pico y su lengua, como hacen los pájaros, hizo un graznido, un ruido de placer, mientras levantaba sus plumas y las frotaba en sus senos. No sabría decir por cuánto tiempo nos quedamos así bajo la oscuridad del cielo; era un reconocimiento, un entrar en algo más grande, casi como un rezo. La Petenera se internó en el mar con sus alas en llamas y la vi sumergirse y empujarse con la cola hacia lo profundo.

La buscaba entre las ramas de los árboles, vertía leche de almendras en las puertas y en las ventanas y las dejaba abiertas para que supiera que en esa casa era bienvenida y que toda yo deseaba que regresara, que hundiera otra vez su cola y sus pies en el ramaje de mis ojos, que fuera un árbol que cobijara mi voz, que sus senos oscuros miraran fijos los míos.

La Petenera regresó otra noche, caminaba entre la arena con paso entrecortado, parecía triste. Nunca fue como decían que era, tenía dentro suyo un blando corazón de arrecife y sus cantos eran ríos que terminaban en las manos de los hombres, agua sin cauce que se vertía dentro de garrafas huecas. Sus talones de hoja eran suaves sueños que se mecían dentro mío como un recuerdo azul. La quería, no sabía desde cuándo, el coro de su canto entraba en espiral dentro mío, hacía remolinos de viento y alborotaba un fuego que me abrasaba.

Algunas veces intenté llamarla, la necesitaba con esa fuerza que viene del océano y que no se logra poner en palabras. Canté y toqué su canción favorita, la que decían los hombres que habría de llamar su presencia, pero la Petenera sólo venía cuando tenía sed o ganas de amar, o una tristeza profunda que se le dejaba ver en sus cabellos y en sus escamas. Cuando estaba más triste, era más hermosa, y su canto salpicaba de agua todo lo que tocaba.

Una noche llegó como tormenta eléctrica hasta mi habitación, la esperaba desnuda en la oscuridad, sentí su aliento en mi cuello y sus plumas suaves en todo el cuerpo, las nubes caían y ella danzaba con la fuerza de la luz dentro de mí. Su canto era una hoguera, un sol, una ola enorme que se revolcaba entre mis sábanas.

La Petenera se encorvaba a veces a la orilla de la ventana, como un tecolote con sus grandes ojos y se quedaba mirando a los otros pájaros y hacía unos silbidos quedos, y yo quería llamarla, nombrarla, decirle que pegara su cuerpo al mío como un animal o una bestia, que las dos veníamos del mismo lugar, que ambas éramos un follaje de frutas secas y de humo. Pero La Petenera tenía sus propios símbolos, su propia lengua muerta y encerraba en sus gestos, todos los rostros de los hombres.

No sabía nunca lo que pasaba por su pensamiento, con qué soñaba, cuál era su memoria, sus recuerdos, y cuando la espuma la acariciaba, una maraña de sensaciones subía a través de mis piernas y, como un impulso, tarareaba una canción desconocida y era yo una extensión de ella, y ella un cuerpo de mujer, y sentía que miraba el mundo con ojos de pez y de ave, que la sal me llegaba al plumaje y podía sentir el aire en la cara que chocaba contra mí, mientras me dirigía, como una luna platinada, como un monstruo en vuelo, al cielo.


[1]  La Petenera es un ser mítico, retratado muchas veces como bruja o sirena, en algunos sones tradicionales de México, y es también un canto prohibido para los gitanos, se cree que a quien lo canta, le vienen desgracias y mala suerte.

Soy escritora, docente y promotora cultural en Guerrero. Estudié Lengua y Literaturas Hispánicas. Me dedico a la escritura de cuento y poesía, también tengo intereses en la mezcla de la literatura y los diferentes lenguajes artísticos. Coordino Itineralia, proyecto enfocado en la literatura y el viaje.

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