Eloísa abrió los ojos intentando acostumbrarse a la luz. La confusión de salir de un hiper sueño sin preparación le resultaba doloroso.
Trató de ubicarse en tiempo y espacio. Intentó recordar lo último que había vivido en estado consciente. Era pasajera, su pase de abordar, su ficha técnica y el lugar a dónde tenía que dirigirse para ingresar a la cámara criogénica los siguientes siete años que duraba el viaje hasta su destino. Formaba parte de un nuevo grupo de especialistas que viajaban con colonos al planeta elegido y al cual estaban asignados para habitarlo.
Eloísa Rendón ingeniera estructural; decía su ficha. Esa era su profesión y por ello había sido seleccionada.
Fue recuperando sus sentidos poco a poco y una vez que sus ojos se adaptaron a las diferentes luces su oído le ayudó finalmente a ubicarse, se incorporó lentamente tratando de sobrellevar las náuseas. Vio algunas luces rojas que al enfocar la mirada se percató de que eran avisos de fallas en el sistema. Una mujer que dormía en la cápsula contigua no lo había logrado. La superficie que debía protegerla se había estrellado con el impacto.
Observó a su alrededor que varios de los viajeros habían corrido con la misma suerte siendo ella la única sobreviviente de esa bahía.
El sonido de alerta por colisión sonaba en los altavoces de todos los pasillos, se sentía aturdida.
Se incorporó y tambaleándose llegó hasta la cubierta principal, dónde se encontraban los controles. Activó a inteligencia artificial que asistía el vuelo automático, una imagen con interferencia de una mujer le dio el informe preliminar. Habían sido impactados por un asteroide errante.
Solicitó a la asistente que activara el código para desactivar los altavoces. Hubo silencio por fin. Caminó por los pasillos que conectaban las diferentes bahías que albergaban las cápsulas de la tripulación y los colonos.
El panorama era devastador, el miedo comenzó a invadirle. Los vellos de la nuca se erizaron cuando la sensación que nacía en su cerebro primitivo se apoderaba de ella. Respiró hondo tratando de acostumbrarse pero a medida de que recorría esos interminables pasillos la desolación era apabullante. Se dejó caer hiperventilando, un grito nació de su garganta repitiéndose en un eco metálico, esas formas hexagonales parecían bocas gritando, pequeños hoyos negros, que tanto gustaban a los diseñadores de aquellas naves, se burlaban de ella, como repetidoras de señal, transmitían sus gritos por toda la cámara.
Los maldijo repetidas veces mientras se hacía un ovillo y sujetaba sus piernas para abrazarse intentando un consuelo. Poco a poco recobró el aliento, su ser consciente dominó a su entidad primitiva que la regresaba a sus ancestros que temían al fuego. Su especie aún no lograba liberarse de su bagaje primitivo, el miedo a lo desconocido, a la incertidumbre.
Eloísa continuó abrazada por un rato más, después se levantó. Tenía hambre. Siguió los señalamientos hasta que encontró el comedor comunitario. Al ingresar, otro asistente virtual le indicó los espacios que le correspondían.
Los servicios generales parecía que funcionaban. Revisó los alimentos disponibles, seleccionó algunos y se sentó en la primera mesa que vio. Habían colisionado con un asteroide errante, esto había sido la razón del porqué vagaba a la deriva.
Con la mitad de la nave destrozada algunas compuertas se habían sellado tras el choque. Ella se encontraba en los niveles superiores donde había poco daño. Después de comer, regresó a su camarote, se duchó y se acostó en el camastro. Trató de dormir sin conseguirlo. Cerró los ojos y dejó que el llanto fluyera libremente.
Un par de días después del accidente, estaba a la deriva. Por las tardes trataba de ingresar a la bitácora de navegación intentando enviar algún mensaje de auxilio. Solo podía esperar. Fue al iniciar el tercer día que encontró a la criatura.
Primero la escuchó. Un leve gimoteo apenas perceptible por los ductos galvanizados de ventilación.
Se había acostumbrado al crujir del metal pero aquel llanto rompió con la monotonía. Al principio pensó que era algo imaginado por todo lo que había vivido. Pero la intensidad paulatina la hizo entrar en razón de que estaba sucediendo realmente. Al seguir el sonido se percató de que provenía de una de las bahías clausuradas. Era el llanto de un bebé sin duda alguna. Revisó los manifiestos de los pasajeros pero ninguno hacía mención de algún infante. El llanto era constante. Primero intentó abrir la compuerta una vez que ubicó el lugar exacto de dónde provenía el llanto pero fue imposible acceder por ese lugar.
Revisó los planos que ubicaban los ductos y encontró un camino por ese laberinto. Tomó algunas piezas, herramientas, cuerdas y lo que pensó que pudiera necesitar.
Si el bebé lloraba, había oxigeno. Eso indicaba que no necesitaba traje de soporte vital, pensó.
Eloísa reptó por los ductos hasta llegar al origen del llanto. Después de trabajar en abrir un boquete para entrar, logró asomar la cabeza. Todo estaba destruido. Efectivamente había llegado a una de las cámaras donde había colonos sin embargo, todo estaba destruido. Abrió un poco más el boquete para que su cuerpo pasara a través de ese espacio.
No tardó en localizar de donde provenía el sollozo.
La cápsula donde se encontraba estaba abierta. Una mujer con la mitad del cuerpo inclinado sobre un costado en un intento por salir había quedado inerte. Falleció intentando liberarse. La escena poco le daba indicios de lo que había sucedido. Quizás cuando abordó no sabía que estaba embarazada y durante el viaje su gestación había continuado. La colisión había provocado el parto. Eloísa tomo en brazos a la criatura. Era pequeña y descubrió que era una niña que tenía aún el cordón umbilical. Lo sujetó con una cuerda y cortó. Cargó a la bebé y buscó alguna manta o sábana para envolverla y sujetarla a su cuerpo. Se dio media vuelta. No había nada más que hacer ahí.
Cerró los ojos de la mujer y le prometió que cuidaría a la niña. Después de clausurar esa sección, regresó con la pequeña en brazos.
En el camarote dejó a la niña suavemente sobre el camastro.
La niña no dejaba de llorar, no tenía idea de qué hacer con ella. No sabía cómo la alimentaría. Se sintió abrumada.
Con las sábanas improvisó un fular, la cargó y con ella fue al comedor. No había nada que pudiera ayudarle a preparar algo para alimentarla.
Lo único que encontró fue envases de alimentos nutricionales. Buscó en los estantes, había vasos, tazas, platos, pero nada que le pudiera servir para alimentarla.
Diluyó un poco con agua tibia y lo sirvió en un vaso pequeño, se acomodó con la niña en brazos e intentó que bebiera. Lo intentó en varias ocasiones, sin mucho éxito. La bebé se quedó dormida, exhausta del llanto. Eloísa intentó hacerlo también, ambas estaban exhaustas.
Las horas siguientes no cambiaron mucho. Siguió intentando alimentar a la bebé, sin embargo no lo lograba. Alternaba con agua tibia, temía que no sobreviviera.
Desesperada por el llanto de la niña, Eloísa se descubrió el torso, acercó a la niña a su pecho tratando de sobrellevar el llanto con su seno. Por lo menos que sirviera como consuelo. La bebé al sentir la piel del pezón en su mejilla lo buscó con avidez prendiéndose. Eloísa descubrió que cada vez que rozaba la zona cercana a la boca de la niña, ella inmediatamente succionaba, se prendía del seno y permanecía por largos periodos, a veces hasta quedarse dormida.
Decidió que era mejor tenerla cerca. Perfeccionó el retazo de tela que utilizaba con el fin de que la niña tuviera libre acceso a su pecho y su piel, y con el contacto continuo calmar sus ansias cuando sintiera necesidad.
Cuando Eloísa comía y le ofrecía la bebida en el vasito, se percató de que se estaba alimentando pues mojaba las telas que improvisó como pañales, eso era buen indicio.
La primera semana fue estableciéndose una rutina para ambas. Eloísa continúo revisando los controles del mando principal por si había algún mensaje de respuesta a su solicitud de auxilio. Seguían sin responder.
También vigilaba sus provisiones, en eso no había problema, tenía lo necesario.
La noche que cumplió diez días de que rescató a la bebé, sucedió algo que la sorprendió. La pequeña dormía a un costado suyo, le cambió el pañal y la envolvió con una sábana limpia. Se disponía a preparar la bebida con la que la alimentaba cuando al rozar su pecho notó que estaba húmedo.
En un principio pensó que se debía a que derramó la bebida sin darse cuenta, sin embargo, al limpiarse, su pezón se perló con pequeñas gotas blancas.
No podía creerlo. Sujetó su seno izquierdo, el cual era el que más utilizaba como chupete la bebé, y con sus dedos exprimió. Un líquido blanquecino salió disparado, sorprendiéndola aún más.
No sabía que estaba sucediendo. Sin embargo, su pecho estaba produciendo leche.
Eloísa había decidido, tiempo atrás, no tener hijos. Así como tampoco había pasado por un embarazo. Por eso es que se sorprendió al ver que su seno estaba pleno, al parpar lo sintió lleno, pesado, adolorido. Relacionó entonces que aquella incomodidad se debía a que había transcurrido un tiempo entre la ultima vez que la niña había tomado su pecho.
Vio que la bebé se removía inquieta y se acercó a ella. La niña inmediatamente al sentirla cerca hizo lo que había estado haciendo los últimos días, se prendió a esa fuente que le brindaba alimento hasta quedar satisfecha vaciándolo por completo.
Sintió alegría, desde que había encontrado a la pequeña una de sus preocupaciones había sido el alimentarla y evitar que muriera. Sintió gratitud y sin pensarlo abrazó a ese pequeño ser que también la había salvado a ella.
Recordó aquel mito griego de la creación de la vía láctea. ¿Será que así como Hera, ella podía hacer que su leche concediera la inmortalidad? Sonrió y se sintió poderosa. Tenía un súper poder y lo había descubierto.

Laura Moreno. Desde Zempoala, Hgo. escribo cuentos y poesía. De muy pequeña soñé con mundos lejanos, historias para compartir vivencias. He participado en diferentes antologías poéticas y cuento, publicaciones físicas y digitales.

