“En este limbo todo me parece anodino, hasta las ideas sobre Dios y el Demonio son algo bofo, sin esperanzas ni puniciones.”
Sapo rojo. Adela Fernández
Mi padre falleció hace siete años y desde entonces dejé de buscar al sapo rojo. Su muerte llegó de manera inesperada; un día simplemente dejó de respirar. Mi madre también me abandonó hace varios años; ni siquiera se despidió. Un día llegué a casa y sus pertenencias ya no estaban. No dejó ni una nota, nada. Es posible que se haya cansado de mis llegadas en la madrugada con mis amigos o de las veces que, a empujones, la encerré en su habitación para que no nos molestara.
Entre cánticos embriagados por el alcohol, no había razones que me hicieran poner fin a la fiesta; ella no era motivo suficiente para que yo abandonara la diversión. La música retumbaba en las paredes de la casa mientras las risas y los gritos llenaban el aire. Estábamos inmersos en un torbellino de juventud y desinhibición; nada podía interferir en mi felicidad. Esos momentos de euforia son los que le dan sentido a mi existencia.
Durante mi infancia, en los días de lluvia, acompañaba a mi padre en la búsqueda de su sapo rojo. Recorríamos cada charca que se cruzaba en nuestro camino. La mayoría de las personas ya nos reconocían y cuchicheaban cuando nos veían pasar, igual no les hacíamos mucho caso. Yo mantenía la esperanza de encontrar lo que mi padre tanto anhelaba. Creía que si le ayudaba a encontrarlo, me vería como su salvador y así me compartiría un poco de su amor de padre.
Pasaron varias primaveras y no logramos encontrar al sapo. Él falleció en medio de esta búsqueda y yo, al enterarme de su muerte, dejé de buscarlo. ¿De qué me serviría encontrarlo si él ya no estaba? ¿Quién celebraría mi hallazgo? ¿Quién compartiría su amor conmigo? Incluso, ¿quién me confirmaría que el sapo rojo alguna vez existió?
La obsesión de mi padre y el abandono de mi madre nos llevaron a una vida precaria; nunca pudimos escapar de la miseria. Lo único que me dejaron fue una casa llena de basura. Después de que mi madre se fue, nunca supe más de ella, y para ser sincero, ni siquiera quiero saberlo. Si no tuvo la fortaleza para quedarse a mi lado, cuidarme y apoyar a mi padre, ¿de qué me serviría ahora? Me he quedado solo, menospreciado, un hombre sin amor.
Mis amigos son los únicos que me acompañan, aunque es cierto que están más dispuestos cuando tengo algunos pesos que gano recogiendo cartón, latas y botellas de las casas de la zona. Las personas del vecindario me saludan; parece que me consideran un buen hombre, pues a menudo me acercan un pan, un taco o un vaso de agua. No lo niego, me siento afortunado de estar cobijado por esta comunidad. Algunos, en tono de broma, me preguntan si he encontrado el sapo rojo, y yo les respondo que sí, que mi padre se lo ha llevado consigo a la tumba.
Mientras recorría las calles pepenando, una tarde encontré a un grupo de niños jugando cerca de un charco. Uno de ellos sostenía algo en sus manos y al acercarme, noté que era un sapo rojo. Mi corazón latió más rápido, y un torbellino de emociones se atrapó en mi estómago. Los niños rieron mientras el sapo saltaba de una mano a otra, divirtiéndose con su peculiar forma de andar.
Me quedé paralizado, incapaz de encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que sentía. El sapo rojo estaba ahí, frente a mí, en las manos de niños que desconocían su significado. Sus risas me trajeron a la mente las mías cuando, por alguna razón, tropezaba o encontraba algo gracioso durante la búsqueda con mi padre. Él nunca se reía, pero eso no impedía que yo disfrutara del proceso. Sin embargo, esta vez, ya no soy un niño lleno de ilusiones, sino un adulto que comprende la amargura de una realidad fracturada. Me alejé lentamente, sin decir nada, dejando atrás al sapo rojo de mi padre en sus manos. De todas formas, ya no tiene sentido haberlo encontrado.
Mi padre había buscado en vano y sacrificado tanto por algo que nunca encontró. No podía permitir que esa obsesión se apoderara de mí también. Decidí que era hora de dejar atrás ese asunto, de liberarme de la carga de un símbolo que sólo había traído dolor. Continué mi camino, sintiendo que mi padre y su obsesión se quedaban atrás. Mientras caminaba, experimenté un alivio profundo, como si estuviera liberando una carga pesada que llevaba mucho tiempo.
Mis pensamientos oscilaban entre el pasado y el presente, entre la liberación y la sensación de pérdida. El camino me llevó hacia un acantilado que colindaba con la carretera. Miré hacia el vacío y sentí cómo había una fuerza que parecía que me llamaba. Una extraña sensación se apoderó de mí, como si finalmente estuviera a punto de encontrar la paz que ni sabía que estaba buscando.
Durante todos estos años, he llevado a cuestas la historia de mi padre, un cuento que me vi obligado a continuar. La trágica realidad de mi travesía por esta vida, la marca roja en forma de sapo que nunca se desvaneció de mi imaginario. Parece que todo está llegando a su culminación, llevándose consigo las penas de mi pasado, todo lo que en la vida me atormentó.
Me detuve en el camino, recostándome un momento en la orilla. Contemplo el cielo, permitiéndome descansar. Inhalo y exhalo profundamente, intentando liberar todo lo que atravieso. Escucho un croar cercano, pero lo ignoro. Cierro los ojos y vuelvo a inhalar con más vigor, buscando calmar todo lo que siento. Una extraña sensación me asalta, como si algo se hubiera colado en mi boca. Abro los ojos e intento quitármelo, jalo con fuerza lo que parece ser un par de patas, son unas ancas rojas; es el sapo de mi padre, que intenta introducirse en mis entrañas. Forcejeo con todas mis fuerzas, en un impulso pierdo el equilibrio, y siento cómo me desvanezco. Entre la fuerza de la caída, percibo que mi historia llega a su fin, de la misma manera en que comenzó. No pude liberarme del sapo rojo de mi padre; él me obligó a engullir.

Ana Laura Corga. Soy mujer, feminista, escritora y soñadora. Nací bajo el sol de capricornio en la ciudad monstrua (CDMX). De raíces oaxaqueñas y guanajuatenses; mezcla de identidad, migración e historias. Algunas veces, la mejor guerrera de las diosas.

