Angélica Mancilla: Gilberta

Tuvo la pena de nacer cargado de sombras bajo la influencia de una estrella ya muerta.

Adela Fernández, “El hombre umbrío”

Qué más se puede hacer cuando el infortunio te embarga, te sentencia a una vida llena de repulsión. Bastante ya era el lastre con el que me casé, para que luego fuese atada a un hijo maldito, nacido al velo de una noche umbría. Fui incapaz de luchar contra la fatalidad, incluso dios me abandonó a mi mala suerte. Y si él hizo oídos sordos, qué podía esperar del propio padre, mi marido, quien no pudo soportar la adversidad vuelta carne, carne de su propia carne, carne gangrenada y putrefacta. Él halló consuelo en los brazos de otra mujer en pleno apogeo de su juventud. Qué podía ofrecerle yo, sentenciada y maltrecha, con la piel ceniza y agrietada.

Me quedé vacía, llena de fatalidad, con un hijo arrebatado y otro maldito. Con el cuerpo partido en dos, abierta a las adversidades. Por algunos años, permanecí a lado de aquel trozo de mis entrañas, más por deber que por instinto maternal —incluso dudé de su existencia—; cuidarlo era repulsivo, tenía el hígado en mal estado, la sangre turbia y el corazón deforme, desprendía inmundicia y descomposición.

Desahuciada a la maternidad, el lenocinio fue mi única puerta de salida, pero ni allí hallé calma. La marca del infortunio era visible sobre mí y los hombres también me despreciaban, no más de lo que yo los aberraba, pero no querían mi mala fortuna cerca de ellos; sólo los forasteros, ignorantes de los chismes del pueblo, consumían las migajas de mi cuerpo anémico. Tanta fricción me hizo débiles los huesos y me llenó de llagas la piel. Con los fuereños también llegaron enfermedades extrajeras y, como era de esperarse, la enfermedad echó raíces dentro de mí.

Incapaz de conseguir algo de dinero o alimento, me obligué a tomar la decisión que tantos años postergué: abandonar al trozo de carne que llamaba hijo. Probablemente las monjas misericordiosas cuidarían mejor de él. Yo nunca serví para ser madre. Aquello también fue producto de la mala fortuna, no supe hacer eso para lo que se supone nací. Siempre fui una paria a la sombra de un hijo umbrío.

Con la carne enllagada, putrefacta, me largué de aquel pueblo espantoso, cubierto por la bruma de sus murmullos. Apenas crucé el territorio rojizo, abracé a mi mala suerte. Me abandoné sobre una tierra inhóspita y estéril, maldita como yo, habitada por desterrados y tullidos. Las llagas se endurecieron y me hicieron mudar de piel; luego empecé a reptar entre las zanjas, a ocultarme entre las cactáceas. Perdí la vista cegada por la insistencia de un sol insolente. Aprendí a habitar entre las grietas y a conseguir mi propio alimento.

Pero un día, en la monotonía del tiempo, sucedió algo inesperado. Una criatura expulsada del pueblo cristiano —en el que sólo habían pulcros y santos— llegó a la frontera para cubrirnos con su manto oscuro y sagrado. Me vi atrapada en el halo de su sombra, pero estando dentro de esa bóveda enorme e iridiscente, reconocí su presencia. Aquel ser había brotado de mis entrañas: era Oseas, y la salvación venía en su nombre. Ahora era yo quien volvía a él. Algunos otros fueron saliendo de sus zanjas y se unieron a mi camino para recibí su bendición. Oseas, humilde y sombrío, sofocó nuestra sed de consuelo. Lo que un día había sido infortunio, ahora era gracia.

Angélica Mancilla. Feminista, escritora, tallerista y comunicóloga. Cocreadora de Ingrávida, creadora de Poéticas Comunitarias, integranta del Comité Matriarcadia y colaboradora de Tejiendo Historias. En 2022, mi cuento “Más que un cuerpo” fue uno de los ganadores del Premio Iberoamericano de Cuento Elena Poniatowska y Ventosa-Arrufat. He publicado cuento, ensayo y poesía en antologías y revistas digitales, como Punto de Partida, Punto en Línea, Anfibias Literarias, Revista Raíces, entre otras.

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