Lorena Ruiz Álvarez: De esquina a esquina de mi almohada

Aun estando dormida presioné fuertemente mi entrepierna contra la almohada. Busqué ciegamente entregarme a las fauces del placer. Desde esa noche deseé nunca más despertar.

***

Es bien sabido que el cerebro no inventa personas para tus sueños. Podremos soñar cosas muy descabelladas, imposibles; sin embargo, los personajes que nos acompañan en el viaje onírico son gente común y corriente, la cual hemos visto por mera casualidad o conocemos superficialmente. 

En mi caso, hacía años que no soñaba. Mi capacidad para soñar fue desvaneciéndose mientras crecía. Para cuando tenía 23 años, dormía plácidamente todas las noches y trabajaba incansablemente durante el día. 

Para la sociedad en la que sobrevivía, y apenas vivía, dormir sin anhelar era algo totalmente normal. ¿Qué más daba si mi subconsciente proyectaba la escena perfecta detrás de mis deseos? No había tiempo para esas cosas, después de todo, para el resto del mundo somos tan solo capital humano. 

Sin embargo, muy en el fondo, mi cuerpo encontró la forma de manifestarme sus necesidades.

***

La primera vez me tomó desprevenida. Cerré los ojos, seguramente pasaron algunas horas, pero para mí fueron minutos. En mi cabeza ya había comenzado la historia de esa noche.

Lo primero que vi fueron unos labios pronunciando mi nombre. 

“Amaranta, vamos al taller de costura”. Entonces la seguí. No sabía cómo se llamaba, pero seguro que le tenía cariño. Me sonrió con sus preciosos pétalos rosáceos y tomó mi mano con fuerza para guiarme al salón del fondo.

En la habitación no entraba mucha luz, solo unos rayitos de sol alcanzaban a filtrarse por las pequeñas y altísimas ventanas colocadas en los extremos de los muros. En una de esas diagonales luminosas estaba ella. Sí, detrás de aquel brillo una mirada tan oscura como demandante estremecía mi vulva.

“Amaranta, acuéstate en el escritorio”, canturreó ella.

No podía ver bien su rostro, ni siquiera distinguía bien su cuerpo, pero la intensa ternura de su voz me comunicaba premura, así que me tumbé en el mueble sin resistencia.

Con delicadeza, ella subió mi camiseta hasta la altura de mis axilas. El aire frío del salón erizó la piel de mis senos, no obstante, la calidez de sus labios masajeando mis pezones reconfortó la agonía de mis aréolas. 

La excitación alcanzó cada extremidad de mi cuerpo, el cual me obligó a contener con las piernas cruzadas la humedad que se escapaba de mis labios. Y, debido a mi resistencia a dejarme llevar por las aguas del placer, desperté. 

Recuperé de manera casi automática la conciencia, solo para percatarme de que mis dedos presionaban frenéticamente mi clítoris por encima de la ropa interior. A lo largo de ese día, mi mano derecha sufrió las consecuencias por el exceso de uso durante el anochecer.

No obstante, la noche llegó de nuevo. Esta vez me apresuré a acomodarme dentro de mis cobijas, y me dejé llevar por los sentidos… Cuando abrí los ojos, lo primero que hice fue buscar a pétalos rosáceos, pero no la encontré. En su lugar, mis oídos se sintieron atraídos por la gran pantalla que resonaba frente mí. 

Tardé un par de segundos en notar la presencia de dos fuertes brazos sujetando mis caderas. Fue en ese momento que me di cuenta dónde estaba sentada. Mi trasero estaba acomodado sobre las piernas de un desconocido. Traté de ver su rostro, aunque solo divisé una sonrisa engreída, pero deliciosa. Repentinamente Él susurró: “¿podrías abrir las piernas un poco?”.

De inmediato miré en dirección a mi entrepierna y caí en cuenta de que solo llevaba una playera enorme, la cual colgaba hasta la altura de mis rodillas.  Entonces asentí con una sonrisa.

El desconocido deslizó sus delgados y largos dedos en la oscuridad de la tela. Encontró con facilidad los pliegues de mi vulva y masajeó por encima de mis labios mayores con suavidad casi rítmica. 

Se mantuvo así por un rato hasta que me preguntó si podía tocar mis pechos. Volví a hacer un gesto de afirmación y él procedió a sobar mis senos por encima de mi camiseta,  a la vez que sentía su respiración entrecortada a través de sus labios mientras me besaba. Pude sentir la adrenalina golpeteando mi corazón mientras él me pedía consentimiento para plasmar sus hipnóticos movimientos dentro de mí… No obstante, volvió a ser de día.

***

Pasó un mes entero en el cual las fantasías no cesaban. En cuanto perdía el conocimiento —piernas, labios, ojos, manos, dedos, muñecas, así como torsos forasteros—, invadían mi cabeza en un festín de erotismo, donde el único límite era la imaginación. Todo un rompecabezas que comenzó a afectar mi desempeño laboral, pues la consternación me quitaba las ganas de descansar después de tremendos viajes oníricos.    

Pasados tres meses, la situación se volvió insostenible, pues cada noche era aún más placentera que la anterior. Así que decidí ya no poner resistencia. Al final, cuando dormía, me sentía más feliz. Mi cama, la cual siempre había sido mi refugio ante un universo de problemas, por fin me daba la satisfacción de la que me había privado durante tantos años. 

Finalmente, mi diosa de la oscuridad, Nix, me había empujado hacia el abismo de la ensoñación, donde decidí escuchar al objeto más sabio de mi habitación, y sumergirme en un sueño dentro de las sombras de los tiempos perdidos por el resto de mis días.

Lorena Ruiz Álvarez. Soy estudiante de sexto semestre de la licenciatura en Comunicación en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. He sido publicada en el cuarto número de la Revista Digital Lunáticas MX —Voces Lunáticas— y pronto se publicarán cinco relatos míos en la Antología del Taller de Escritura Creativa: Las palabras de Sherezada, por parte del Colectivo Hekate y la Secretaria de Cultura de la Ciudad de México.

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