Carmen Macedo Odilón: La pendiente de Santa Ana

6:00 am

Tres golpes a la ventana levantaron a Manda, ni tuvo tiempo de ponerse la bata y pantuflas.

—Hoy en la noche, Manda, abrígate bien.

—¿Hasta Santa Ana?

—No hay remedio.

La viajera siguió su marcha, hasta desvanecerse con el banco de niebla.

9:00 am

Sanda lavaba ropa. Sobre los lazos, colgaba los vestidos de sus hijas, las mantas y el conejo de peluche de su bebé.

—Hoy en la noche, Sanda, busca quién te cuide a las niñas.

—¿Qué llevas en la caja?

—Usa zapatos cómodos.

12:00 pm

De la casa de Pina, escapaba un aroma a arroz, tres golpes a la puerta la llevaron a apagar la estufa.

—Hoy en la noche, Pina.

—Primero siéntate y come conmigo, pon la caja sobre la mesa.

—Tengo que seguir avisando.

—Ya haces demasiado.

Pina sirvió dos platos, del arroz se elevaba una nube de vapor, mientras que las zanahorias, chícharos y granos de maíz le brindaban color a un plato que parecía vacío. El aroma del sofrito en el sartén les despertó aún más el apetito. Pina agarró un tercer plato.

16:00 pm

Sobre una mecedora en medio del patio, Plata vio acercarse a la viajante.

—No puedo hoy en la noche, lo siento.

—¿Tienes la luna, Plata?

—Sí, y ya sabes lo que puede pasar. ¿La encontraste? —la viajera le mostró la caja.

17:00 pm

La viajante llegó a su casa, puso la caja en la cama, se dirigió al baño, desató las botas ennegrecidas y acartonadas por haberse secado a paso de andanzas, luego procedió a desvestirse: sus brazos llenos de tierra desde el codo hasta las muñecas, el pecho con moretones que ascendían hacia la clavícula, el cuello con marcas de dedos.

—Pero de “ese” no quedó nada.

10:00 pm

Manda pidió ser la primera en sostener la caja.

—No era necesario que te la llevaras, la pudiste haber dejado acá.

—No. Plata no viene, tiene la luna.

—Antes la llamábamos “menstruación”

—Antes no existía Santa Ana, Manda.

Las dos mujeres avanzaron hasta la casa de Sanda, quien, para su sorpresa, estaba acompañada de su hija mayor.

—Ya está lo suficientemente grande para entender nuestros ritos —dijo Sanda, tomó su turno con la caja y avanzaron.

Pina esperaba fuera de su casa, se tranquilizó al ver a la viajera limpia y con el rostro descubierto. Se reprimió el impulso de besarla en la frente y tomó la caja, la envolvió en una bufanda y se la ofreció a la hija de Sanda.

Pasaron por la casa de Plata, pero esta tenía las luces apagadas. Todas pensaron que era mejor así.

12:00 am

—Allá arriba, donde terminan los árboles, es Santa Ana—, dijo la viajera a la hija de Sanda, las demás, acostumbradas al recorrido, pensaron en la última vez que habían subido.

En la cima, la caja volvió a la viajera, las mujeres apreciaron la vista valiéndose del abundante resplandor del cielo: ruinas a las afueras del campo, como recuerdo de la civilización perdida.

—Si Plata hubiera venido, tendríamos luna de sangre—, dijo Manda; las demás alzaron la vista y asintieron.

—Pero ya no necesito esa fuerza—, respondió la viajera. —Mi etapa como guerrera se ha acabado y recuperé lo que me faltaba, en aquel momento el poder circuló por mis venas, y gracias a la fuerza que gané, conseguí la victoria, “allá” no quedó nada.

—Con otra luna de sangre quizá nos hubiéramos destruido—, dijo Pina; las demás la miraron, en especial la viajera. —Muy en el fondo lo dudo, pero más nos valía ser precavidas.

La hija de Sanda abrió la caja y dejó salir un grito, su madre temió que dejara caer el esfuerzo de la viajera, pero para su sorpresa, lo envolvió con la bufanda y arrulló: el brazo.

—Es poco, pero al fin la tenemos aquí—, dijo Manda con una leve sonrisa, entonces se dirigió a la viajera. —Por favor, haz lo honores.

—En este lugar donde yacen las nuestras, yo, hace mucho tiempo Ana, te ofrezco paz y descanso eterno.

Las mujeres cavaron un hoyo con sus propias manos, depositaron el brazo y lo cubrieron con abundante tierra, luego bordearon con rocas, como había hecho con las demás tumbas.

—¡Mi amiga vuelve a la tierra!—, corearon todas, excepto la viajera.

—Mi hermana regresa a casa.

 

Carmen Macedo Odilón es oriunda de la Ciudad de México. Estudiante de letras y bibliotecaria de la vida. Loca de los gatos, huidiza por convicción y clienta del insomnio por afición.

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