Gilemy Montiel Hernández: Minutos de ventaja

La primera vez creí haberme desmayado, un tirón, el colapso, el nudo irracional en el estómago, el esófago cerrado y una agitación constante.

Esa noche fue como si un hilo detrás de mi ombligo fuera retorcido profundamente, provocando una náusea, vértigo y después estar unos pasos más atrás. Era el mismo lugar de minutos antes.

Aquel hombre asqueroso todavía no me atrapaba. No lo entendí hasta que se volvió algo más frecuente; el camino a casa siempre implicaba oscuridad, peligro, alerta. Síndrome de persecución.

La tercera ocasión, un coche estaba demasiado cerca, lento y oscuro. Un chirrido que reconocí antes de escucharlo, un tirón y el golpe en la nuca, forcejeo y la avalancha verbal del «puta» en mi oído. Y unas piernas de trece años que solo luchaban por mantenerse cerradas al mismo tiempo que desear huir.

Y de pronto el tiempo se doblaba como una hoja mal guardada. Me vi al mismo tiempo que me despedía de mi llorando asustada, para volver al puesto de tres calles atrás. Volví a estar frente al puesto de frituras y el aceite aún no hervía. El perro del vecino aún no defecaba.

Tres minutos antes.

Esa noche corrí agitada sin entenderlo del todo, abrazando mi «buena suerte». Si es que a esa mierda se le pudiera poner un nombre. No lo entendí, pero al recapitular, noté el patrón, el tiempo empezó a repetirse en momentos muy específicos: cuando una mano ajena se acercaba demasiado, cuando un paso detrás de mí aceleraba el pulso, cuando una sombra masculina se inclinaba hacia mi cuerpo como si fuera un territorio disponible.

El tirón siempre llegaba antes del contacto. El asco, el vértigo, el dolor del contacto, como cuando despiertas de una pesadilla y los dolores en tu cuerpo te gritan que todo fue real.

Nunca más de cinco minutos. Nunca después.

Y aprendí a reconocer las señales. Todo comenzaba con un hueco en el pecho, el aire poniéndose denso en mis fosas nasales,  la amargura en la garganta y el nudo del estómago.

Con los años lo usé como una brújula. No era valentía. Era cálculo. Si el tirón venía, giraba antes, cambiaba de calle, entraba a una tienda. A veces enfrentaba la escena sabiendo exactamente qué iba a pasar. Como si el miedo hubiera aprendido a leer el futuro.

Hoy, a mis treinta y un años en búsqueda de respuestas para que otras replicaran «mi método de protección» entendí lo peor. Aún no sé qué tan replicable pueda ser para otras; sin embargo, descubrí con rabia que no soy portadora de un don, no tengo buena suerte, ni Dios decidía de forma cruel y constante «darme una segunda oportunidad».

Ese tirón no era mío, es memoria ancestral, es antiguo reflejo de mis ancestras. Lo siento en la piel, en la espalda, en el vientre, en la nuca… como si cientos de cuerpos respiraran y se ahogaran dentro de mí. Mujeres, ancestras, violencia en el linaje, ardor y rabia de otras generaciones.

Sus cuerpos también habían retrocedido en el tiempo, muchas veces, durante siglos. Segundos robados al peligro. Instantes doblados para escapar. Cada experiencia de violencia había dejado una pequeña grieta en el reloj del mundo y nosotras habíamos estado cayendo por esas grietas.

La última vez que ocurrió, volví demasiado lejos. No cinco minutos. Quince años. La calle era la misma: postes torcidos, banquetas rotas, el zumbido eléctrico de los focos viejos. Un Tsuru blanco dobló la esquina. Dentro iban los mismos hombres.

Yo también estaba ahí. Más joven. Mochila escolar. Caminando sin saber nada. Sentí el tirón otra vez.

Pero esta vez no retrocedí. Esta vez avancé.

Me coloqué en medio de la calle antes de que el coche acelerara.

Cuando los hombres bajaron la velocidad, me miraron confundidos, como si ya me hubieran visto antes en otro lugar del tiempo.

Tal vez era cierto.

Tal vez todas las mujeres que habían retrocedido estaban ahora detrás de mí, empujando el reloj hacia adelante.

Y por primera vez el tirón no fue para huir.

Fue para quedarme. Resistir. Era momento de que el tiempo acabara para ellos.

Soy abogada, periodista y escritora. Doy acompañamientos a mujeres sobrevivientes de violencia y la escritura es mi herramienta política y de resistencia

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