Las piedras caen por el risco en donde antes lo hacía el agua. Cada cierto tiempo volvían a soltar el cargamento y el estruendo estremecía el ventanal. No sé cuánto tiempo llevo encerrada en estas paredes blancas. Froto mis manos, y las veo cada vez más arrugadas. Allí en el dorso de la mano izquierda está esa cicatriz en forma de “U”, un recordatorio del Umbral, con esta llave de acceso incrustada en la mano a quienes habíamos sido seleccionadas por ser descendientes de tribus antiguas, pues aún conservamos un porcentaje significativo del material genético de los pobladores antiguos. La conexión con la realidad que conocíamos hacía 10 años era un lejano recuerdo para los sobrevivientes de la tierra.
Desde que aparecieron en el cielo, supimos que el mundo estaría sometido. Lo desconocido en aquel momento estaba en el interior de la sangre, en la ciencia detrás de los genes y lo poco que habíamos llegado a interpretar de cómo nos podrían controlar. Las primeras señales de ello fueron evidentes en el uso del lenguaje: una extraña relación construida con palabras que no habíamos escuchado antes, pero totalmente entendibles para quienes conservaban la relación con las tribus antiguas; pero nosotros no lo sabíamos, ellos sí.
Bajaron en más de diecisiete puntos en toda la tierra. La inmensidad de sus naves no era lo espectacular, aunque debo aceptar que Lana, mi hija, y yo sí quisimos correr, pero al mismo tiempo, el querer descubrir el aspecto de los seres que bajarían no me permitió avanzar un paso. Descendieron tres individuos, parecidos a nosotros, pero con una estatura ampliamente mucho más grande que los pobladores de la tierra. Cada uno de ellos podía controlar a quienes tenían relación con ellos y los ancestros. Así la dominación fue paulatina y rápidamente se organizaron ejércitos que mantenían el nuevo orden. Con ello, vimos la naturaleza cambiar y los ecosistemas también fueron manipulados con técnicas que desconocimos hasta la aparición del Umbral. Desde esos años no vi más a Lana, ellos tomaron a las niñas y las transportaban al otro lado, así como a las mujeres fértiles. Por eso, yo también tenía el Urco, como llamaban a la marca.
En la instalación de estos seres en la tierra, el flujo del agua había sido manipulado para que las piedras fluyeran con ella, las cuencas eran cada vez unos desiertos que se agotaban con la apertura del Umbral. Ellos se hicieron llamar los Vael. No dieron mucha información de su planeta o sistema de origen, solo entendimos que habían estado en el pasado, con las tribus antiguas, fundacionales del planeta, y se cruzaron con las mujeres de la tierra. Estas mismas seleccionadas para ser cruzadas por el Umbral, aunque no todas llegaban a regresar, quienes sí lo logramos, no podemos comentar lo visto, vivido. Aun así, no encontraba a Lana. Ya decía tener unos 16 años, cinco años de nuestra separación.
Llegó un Vael por mí, es hora de los protocolos de este nuevo embarazo implantado por ellos. No he logrado dar a luz un ser sano, el paso por el Umbral no era tan seguro y, después de ciertos ciclos, se hacía más peligroso y afectaba el desarrollo del bebé. Otras, como Sara, sí han logrado llegar a término con dos; son bebés mucho más grandes que los normales. No los ha visto después del primer año, que es el término protocolar para hacer la separación y extracción.
Esa mañana, Sara había ido más temprano que yo a la sala de pruebas y se había llegado el mediodía y no regresaba. Me inquieté mucho porque ambas habíamos pasado de los ocho meses y nuestra movilidad era reducida por el tamaño del bebé, pero nuestros úteros eran fuertes por la relación que ellos manifestaban que teníamos con ellos y los ancestros. Pensé que Sara no había logrado retener al bebé, y fue cuando apareció. Estaba de pie, aún la sangre escurría por sus piernas y, como pudo, me entregó al bebé.
―Salva a este bebé, quiero ver por lo menos a este aquí en la tierra, así no sea cerca de mis pasos.
No supe qué decir; mi embarazo apenas era una sospecha, pero correr con un hijo de Vael era un crimen condenado por el Concejo de Vaels. Hacía unos años unas mujeres lo intentaron sin ningún éxito. La interrumpí y le pedí que no me hiciera esto, pero ella me lanzó esta noticia:
―Lana se encuentra en el halo del Umbral, me lo confirmó Tina.
― ¿Tina te lo dijo? ―Pensé que Tina había muerto hacía unos meses porque descubrieron que ella no podría tener hijos.
―Logró separarse de la línea de quienes serían enviados al Umbral a limpiar el desastre que están haciendo en el pasado.
― ¿En el pasado? Es decir que ¿el Umbral no es su planeta, es la época de los inicios de las civilizaciones en la tierra?
―No había manera de que lo supiéramos, ellos nos mantenían en la oscuridad de templos de adoración que habían erguido para ellos.
―Saldré para el Umbral y salvaré a este niño, tu niño y al que tengo en el vientre. Intentaré mezclarme con las tribus antiguas.
Los tiempos entre el encuentro entre nosotros ya habían sido demasiados. No tenía claro si Lana me recordaba, cuánto recordaría de nuestros viajes y de sus sonrisas de infante. Ahora debe estar entre el sexto y séptimo mes de embarazo. Los sueños ya no pueden ser como los de antes y supongo que el suyo debe ser salir de esta pesadilla.
Corrí a la fuente de piedras y agua; frente a ella ubiqué el Urco y las piedras – agua se abrieron como una cortina inquieta. De ello emanaba una luz entre morada y azulada. Del otro lado estaba cruzando Lana. La llamé: ― ¡Lana! Hija de mamá, aquí estoy.
Hubo un silencio. Las ondas de las piedras agua vibraban con intensidad. No sabría si en este limbo de curvatura entre el tiempo y el espacio, el sonido de mi voz llegó. Con más fuerza la llamé. Volteó, aunque nunca sabré si me escuchó o no, pero al verme su sonrisa evidenció que sí me recordaba. Un ciclo de ruidos semejantes a murmullos y pasos rítmicos aplastó mi cordura. Decidí ir detrás de ella y su enorme barriga. Pensé que esos pasos me seguían, estaban en mi mente, incluso después de cruzar el Umbral. Le dije al bebé, a manera de no sentirme tan perdida: ― ¿Escuchaste? ¡Llegan de nuevo! ―las punzadas con la métrica perfecta (Pa- pa – pan) hacían del suelo. De todas formas, logré cruzar sin vigilancia y tomar mi propio rumbo. No volví a ver a Lana. Ella había tomado la misma decisión. Ahora tengo a este bebé, quien lo presento como mío en la tribu que me acogió en ese pasado ancestral.

Bogotá, Colombia. 1983. Poeta, escritora y cantante. Docente de postgrado. Directora de talleres de escritura creativa y de Cafeletreando. Ha publicado libro de poesía Al compás de la soledad, 2018, libro infantil Canto en la Aurora, 2021, Guía de escritura 2023. Ha participado en varias antologías desde 2009 tanto en Colombia como en Latinoamérica

