El reloj llevaba detenido más de cien años, o eso afirmaban los ancianos del pueblo, que evitaban acercarse a la torre derruida donde aún colgaba la esfera dorada, cuarteada por la lluvia y el abandono. Nadie sabía quién lo había construido. Nadie recordaba cuándo dejó de sonar.
Excepto ella.
Elisa descubrió el reloj la tarde en que decidió no volver a casa. Había discutido con su madre y con ese destino que parecía escrito con tinta ajena. Caminó sin rumbo hasta que el bosque se abrió y la torre emergió ante ella como un vestigio de otra era.
Las agujas marcaban las doce.
Eternamente las doce.
Movida por un impulso que no comprendía, subió los peldaños cubiertos de musgo y se detuvo ante la maquinaria oxidada. En el centro del reloj había un hueco oscuro. Y dentro, un cuervo de ojos brillantes la observaba fijamente.
—Llegas tarde —anunció el ave.
Elisa no gritó. Sintió, en cambio, una extraña familiaridad.
—¿Tarde para qué?
—Para elegir.
El viento sopló arrastrando hojas secas. Entonces Elisa lo comprendió: el reloj no medía horas. Medía decisiones.
—Toca la aguja —ordenó el ave.
Con manos temblorosas, empujó la manecilla mayor. El metal cedió con un quejido. Las doce dejaron de ser las doce.
El mundo se quebró.
El bosque desapareció y, en su lugar, apareció la misma torre, esta vez intacta. Las campanas repicaban y el aire olía a leña y pan recién horneado. Abajo, en la plaza, una niña corría entre los puestos del mercado.
Era ella.
Más pequeña, más libre. Era el tiempo de antes; antes de que su padre muriera y la tristeza invadiera la casa. Elisa sintió que el corazón se le partía en dos tiempos distintos.
—Puedes quedarte —sugirió el cuervo. Pero si lo haces, olvidarás el dolor. Y también olvidarás quién eres ahora.
La niña del pasado levantó la vista, como si pudiera verla. Elisa avanzó despacio. Podía abrazar a su padre otra vez. Podía advertirle del accidente.
El deseo la atravesó.
Pero recordó algo que la pérdida le había enseñado: sin esa herida, no habría aprendido a resistir. Sin esa ausencia, no habría descubierto su fuerza. El tiempo no era una línea recta. Era una raíz.
Retrocedió.
—No —soltó tajante—. No vine a escapar.
El reloj dio un vuelco.
El mundo volvió a quebrarse y la torre regresó a su estado ruinoso. El bosque se aquietó. El cuervo se posó frente a ella.
—Has elegido.
Las manecillas se movieron solas hasta marcar la una. Por primera vez en un siglo, el reloj avanzó.
Elisa descendió de la torre con el corazón sereno. No había cambiado el pasado. Había cambiado la forma de habitarlo.
A lo lejos, una campana resonó. Y en la esfera dorada, entre las grietas, comenzó a brotar una luz tenue.
Desde aquel día, el reloj no se detuvo. Porque el tiempo no se repara alterándolo. Se repara aceptándolo.

Soy una autora española y soñadora incansable. Escribo historias donde la emoción y la memoria dialogan con lo invisible. Mi obra recorre el amor, el misterio y la fuerza interior femenina, con una voz sensible y firme. Entre novelas, relatos y poemas, construyo universos donde el tiempo, la identidad y la esperanza laten con intensidad propia.

