Itzel Colin: La porción que le toca

Era una fría tarde de invierno. El reloj marcaba once minutos antes de las dos y las pulsaciones del corazón débil de Catalina se silenciaban en un acto deliberado por dejar atrás su mundanal vida. El tiempo corría deprisa y la sensación de partir se sentía cada vez más cercana. Su familia lloraba al pie de su cama, mientras ella recordaba entre sus labios la aspereza que dejaba en la garganta un cuartito de mezcal.

Había tenido una larga vida: conoció el amor, la pasión y la calma. Degustó con placer el dulzor del buen mole, la amargura del café y el canto suave de las tortolitas al amanecer. Caminó los polvorientos senderos de la tierra rojiza de su infancia y bebió del agua clara del río que la vio nacer. 

No tenía miedo de partir. El zopilote ya se lo había anunciado una vez, cuando planeaba sobre la copa del ahuehuete. Aquella tarde, Catalina no solo había sentido un frío distinto, sino que oyó, entre el bramido del viento, cómo el ave le advertía que su fin se acercaba. Un aviso que anunciaba que el tiempo no siempre avanza; a veces retrocede para traer de vuelta lo que queda inconcluso.

Ella sabía lo que había dejado pendiente. Era muy joven cuando todo había ocurrido, demasiado ingenua para comprender que en el mundo debía de cuidarse de aquellos seres que se vestían con pieles de quetzal. Majestuosas aves que se alimentaban de los miedos y del silencio heredado de generaciones. 

Y ahora, mientras el llanto de su familia se desvanecía en murmullos, el tiempo la alcanzaba con un zumbido agudo que perforaba sus oídos. El reloj de la habitación retrocedía: la una cuarenta y nueve se convertía en cuarenta y ocho, luego en cuarenta y siete, y su entorno comenzaba a disolverse. Catalina era arrastrada hacia el lugar exacto donde todo había comenzado.

Parecía un sueño hecho de destellos, ráfagas que mezclaban colores. Su cuerpo, postrado en una cama desde hacía años, ahora se movía y caminaba. Aunque sus ojos no lograban distinguir su entorno, percibía un aire demasiado denso, cargado de un olor ajeno al presente. Entonces supo dónde se encontraba.

El lugar era igual que antes. Bajo la sombra del árbol frondoso que se mecía al son del viento, entre las raíces gruesas que se aferraban a la tierra seca, estaba ella: una versión más joven, ajena a la presencia de Catalina. Desde la distancia, alcanzó a observar que sostenían un teléfono, y su mirada, perdida y vacía, revelaba una amargura inquietante.

No se movía, ni lograba pensar. Solo dejaba que el celular vibrara. Le costaba respirar; el aire parecía negarse a sus pulmones. Sabía que no debía dejarlo pasar. Así que en un acto impulsivo devolvió la llamada. La voz al otro lado insistía en conocer su paradero. Ella no sabía qué decir. ¿Cómo explicar su travesía? ¿Comprendería sus motivos? ¿Cómo contarle todo lo vivido sin que se perdiera entre palabras?

Así que no dijo nada. Guardó silencio.

Solo alcanzaba a pensar en el miedo que le provocaba el siseo de aquellas aves que la observaban desde el cielo, perturbando sus oídos con cada aleteo. Durante mucho tiempo la habían rodeado, no con heridas que dejan marcas visibles, sino con palabras afiladas que con el tiempo dejaron de sonar ajenas y empezaron a parecer verdad.

Por eso no podía hablar, no por soberbia, sino por la vergüenza de reconocer que no era tan fuerte como ella pensaba, que el miedo que habitaba en su interior había echado raíces y ahora la dominaba en silencio. Al otro lado de la llamada, intentó sonar serena, optimista, despreocupada, pero algo dentro de ella se había quebrado. Era su corazón, cediendo a la afonía.

Al colgar, la anciana Catalina quiso correr hacia ella, sostenerla; sabía lo que le iba a pasar, pero su cuerpo no le respondía. Desde la distancia vio cómo la joven quedaba atrapada en el dolor, mientras la desesperación crecía con cada intento inútil de cambiar lo ocurrido.

Se preguntaba por qué el tiempo la había devuelto a ese lugar, cuando lo único que había intentado era desprenderse de esa escena que se negaba a desaparecer. Desde que era pequeña le habían enseñado a resistir. A no hacer ruido. A guardarse lo que dolía antes que rendirse. Con los años, esa lección dejó de parecer fortaleza y empezó a sentirse como una carga que llevaba sin saber cuándo había aceptado sostenerla.

Entonces imaginó que, si pudiera cambiar una sola cosa, sería devolver aquella llamada. Solo para decir lo que entonces no supo expresar. Pero la vida no es un borrador de ensayo y Catalina tuvo que aprender a vivir con eso. Era la porción que le tocó vivir.

De modo que, en un acto de rebeldía consigo misma, decidió no huir más y se permitió sentirlo todo. Lloró por el pasado y el futuro que nunca llegó; el silencio arrastrado durante años, la verdad callada, los errores y los miedos que la detuvieron. Pidió perdón con la esperanza de que sus gritos fueran lo bastante fuertes para ser escuchados. Y, sobre todo, se perdonó a sí misma, porque sobrevivir también fue un acto de valentía.

No culpaba a nadie. Aquellos quetzales, habituados a la penumbra, repetían lo único que conocían y aquello que se les había enseñado para sobrevivir. Porque nadie puede amar distinto si nunca se ha aprendido otra lengua para el afecto. Comprenderlo no borraba las heridas, pero sí aligeraba el peso.

Y por primera vez en mucho tiempo, Catalina respiró aliviada. En ese sutil aliento, el tiempo la devolvió al presente. Su cuerpo yacía nuevamente inmóvil, sus ojos se cerraban con una calma desconocida. La historia corría silenciosa por dentro, como un río que al fin encuentra descanso. Su último suspiro fue apenas un hilo de aire y, en él, por fin, partió.

Estudié Relaciones Internacionales en la FCPyS. Mi interés por comprender y pensar el mundo desde diversas perspectivas me ha llevado a encontrar en la escritura un espacio de resistencia y exploración simbólica, un territorio donde puedo habitar otras realidades desde la imaginación y la memoria.

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