La primera vez que ocurrió, Laila pensó que era insomnio.
No había angustia ni pensamientos circulares. Solo una sensación precisa, desfase, como si su conciencia no estuviera completamente alineada con su cuerpo. El techo parecía ligeramente más alto. El sonido distante del tráfico llegaba con un eco extraño, como si hubiera atravesado una capa adicional de aire.
Respiró hondo.
Había pasado años escuchando variaciones de la misma pregunta: si no temía quedarse sola, si no sentía que algo faltaba. Nunca supo responder sin sentir que debía justificarse. Aquella noche, en lugar de responder, decidió observar.
Contó sus inhalaciones hasta que el pulso descendió. Sintió el corazón desacelerar, el cuerpo volverse pesado. En ese punto exacto —entre la vigilia y el sueño— ocurrió el corrimiento.
No fue un salto hacia adelante, fue un desplazamiento lateral.
Abrió los ojos.
La habitación era la suya, pero no exactamente. La lámpara estaba a la izquierda. La grieta sobre la ventana era más corta. El aire tenía un olor seco. Tardó unos segundos en reconocer el patrón: las diferencias eran mínimas, casi estadísticas.
Se sentó en la cama.
El espejo devolvió su rostro, pero con algunos años más. Lo suficiente para que la piel alrededor de los ojos revelara una vida distinta. La postura era firme. No había esa tensión leve que ella conocía bien en su mandíbula.
Se levantó con cuidado y caminó hacia el escritorio. Había hojas extendidas. Diagramas que se bifurcaban como raíces o como mapas de constelaciones. Reconoció su propia caligrafía.
No eran fantasías místicas. Eran esquemas.
“Superposición macroscópica de identidad”, leyó.
“Reducción del ruido neuronal en fase REM profunda.”
“Transición lateral entre configuraciones coherentes.”
Su primera reacción no fue miedo, sino reconocimiento. Comprendió que no estaba viajando en el tiempo lineal. No retrocedió ni avanzó. Se había deslizado hacia otra versión posible del mismo instante.
Como una partícula que puede ocupar múltiples estados hasta que algo la obliga a definirse, su identidad coexistía en trayectorias paralelas. Cada decisión alteraba levemente la arquitectura de su cerebro; generaba una frecuencia distinta. En condiciones normales, la mente no percibía esa multiplicidad. Pero en el umbral del sueño, cuando el ruido eléctrico del sistema nervioso disminuía, las fronteras se volvían permeables.
Un dolor breve punzó detrás de su ojo izquierdo. Cerró los párpados.
Regresó. El reloj marcaba la misma hora que antes de acostarse.
Durante los días siguientes no habló con nadie del fenómeno. Se limitó a observar. Descubrió que el desplazamiento ocurría cuando su frecuencia cardíaca descendía por debajo de cierto umbral. Aprendió a reproducirlo. Antes de dormir memorizaba su habitación con una atención casi obsesiva: la grieta vertical sobre la ventana, el libro azul en el buró, la textura áspera del piso bajo sus pies descalzos, el olor a concreto húmedo después de la lluvia.
Esos detalles se convirtieron en coordenadas.
La segunda vez que se desplazó lo hizo con mayor claridad.
Despertó en un espacio más luminoso. Plantas colgaban del techo. Las ventanas estaban abiertas. Sin objetos duplicados ni señales de convivencia permanente. El cuerpo que habitaba respiraba con amplitud; el pecho se expandía sin resistencia.
Revisó las notas sobre el escritorio de esa versión futura. No hablaban de amor ni de ruptura. Analizaban cómo ciertas narrativas culturales actuaban como campos gravitacionales invisibles, desviando trayectorias vitales hacia configuraciones menos coherentes. No era una queja. Era una observación energética: cada concesión reiterada alteraba la distribución interna de recursos —tiempo, atención, deseo.
Laila sintió la diferencia en su propio sistema nervioso. En esa línea, la energía no parecía dispersa. No había microtensiones acumuladas.
Al regresar a su presente, notó la comparación física: una presión leve en el esternón, como si su configuración habitual estuviera ligeramente desalineada respecto a aquella otra.
El tercer desplazamiento fue más complejo.
Despertó en una versión donde había elegido pareja bajo una presión que en su mundo original apenas comenzaba a percibir. No había violencia ni drama evidente. La casa era ordenada. Las rutinas estaban sincronizadas. Algo en el aire vibraba con ajustes constantes. Microdecisiones compartidas. Cambios diminutos en horarios, en tono de voz, en prioridades.
Mientras caminaba por la habitación, notó una oscilación extraña.
La lámpara pareció duplicarse por un instante.
La pared se onduló como si estuviera hecha de agua.
El sonido del refrigerador se superpuso con otro, ligeramente desfasado.
Parpadeó. El espacio no se estabilizó. Se multiplicó.
Frente a ella comenzaron a aparecer variaciones microscópicas de la misma escena. La lámpara más alta. La mesa ligeramente desplazada. Un cuadro distinto sobre la pared. Cada versión contenía una Laila apenas diferente: una con el cabello más largo; otra con ojeras profundas; otra con un gesto endurecido en la boca.
La superposición se volvió visible. Había perdido precisión.
Intentó fijar la grieta sobre la ventana. Una versión era vertical. En otra estaba ausente. Buscó el libro azul. En una línea era verde. En otra no existía.
El sistema no colapsaba en una sola realidad.
Se abría.
El suelo se inclinó bajo sus pies. El aire se espesó. El dolor detrás del ojo izquierdo regresó, esta vez más intenso. Su corazón aceleró, rompiendo el umbral que había aprendido a controlar. La visión periférica comenzó a oscurecerse.
Las habitaciones giraban como galaxias en colisión. No chocaban violentamente; se atravesaban. Cientos de configuraciones casi idénticas coexistían en el mismo espacio. Una versión de sí misma la miraba directamente. En otras, la ignoraba.
Intentó recordar su punto de origen.
La grieta.
El libro azul.
El olor.
Cada intento producía una variación nueva. La memoria visual resultaba insuficiente. Comprendió que no bastaba con recordar un objeto. Necesitaba recuperar una coordenada completa: sensorial, emocional, corporal.
Su nombre comenzó a diluirse en un murmullo distante. Por un segundo no supo si era Laila o alguna de las otras.
El dolor en la cabeza se transformó en presión pulsante. Sintió algo tibio descender por su labio superior. Se llevó la mano a la nariz.
Sangre.
El cerebro humano no está diseñado para procesar simultaneidad infinita. Necesita reducir posibilidades para sostener una narrativa estable. Sin esa reducción, la identidad se fragmenta.
Las versiones frente a ella comenzaron a moverse con independencia. Algunas retrocedían. Otras avanzaban. Una sonrió. Otra cerró los ojos.
La sensación de deriva se volvió física. No estaba cayendo hacia abajo ni hacia adelante. Estaba dispersándose.
Y comprendió el riesgo irreversible: si en algún salto olvidaba un detalle fundamental —una coordenada emocional, un recuerdo preciso— podría quedar atrapada en una versión que no fuera la suya. Un universo casi correcto, pero no propio.
El pensamiento no fue filosófico. Fue instintivo.
En medio del vértigo, dejó de intentar recordar colores o formas. Buscó algo más profundo. El olor de su habitación después de la lluvia: concreto húmedo mezclado con polvo tibio. La sensación del piso frío bajo sus pies al levantarse en la madrugada. El zumbido específico del tráfico nocturno filtrándose por la ventana mal sellada.
Se concentró en la respiración. Inhaló imaginando ese aire denso y familiar. Exhaló con el recuerdo del sonido lejano de un autobús pasando a las tres de la mañana.
Las galaxias superpuestas comenzaron a desacelerarse.
Las variaciones se redujeron. Las habitaciones dejaron de multiplicarse. La presión en su cráneo descendió gradualmente, aunque el dolor persistía.
Se aferró al olor, al frío del piso, a la grieta vertical.
Cerró los ojos.
Despertó en su cama.
El reloj marcaba nueve minutos más que cuando se había acostado. Había perdido tiempo lineal.
La sangre goteaba lentamente. Se sentó con cuidado. Tocó la pared. Confirmó la grieta. Tomó el libro azul entre sus manos. Inhaló profundamente.
Anclaje.
Durante varios días evitó el desplazamiento. Observó su entorno con atención renovada, como si cada objeto fuera una estrella cuya posición necesitara memorizar. Entendió que el fenómeno no distinguía entre soledad o compañía; distinguía entre coherencia y dispersión.
Las versiones que había visto no estaban definidas por tener o no tener pareja, sino por el grado en que su energía permanecía integrada. En algunas líneas, la respiración era amplia y estable. En otras, el cuerpo parecía comprimido por fuerzas externas invisibles.
Semanas después, cuando su sistema nervioso volvió a sentirse firme, repitió el proceso. Respiración lenta. Pulso descendente. Coordenadas claras.
Despertó en la versión de cabello gris, sumergida en un río nocturno. El agua rodeaba su cuerpo con presión constante. Cada movimiento producía ondas concéntricas que se expandían sin interferencia. No había tensión en su pecho. No había ajustes invisibles.
El cielo sobre ella estaba lleno de estrellas distantes que no necesitaban tocarse para brillar.
Laila permaneció ahí el tiempo suficiente para sentir la estabilidad en cada célula. Luego cerró los ojos y regresó.
En su habitación original, la grieta seguía allí. El libro azul descansaba en el buró. El olor a humedad se insinuaba débilmente al aire.
Se acostó sin intentar otro desplazamiento.
El multiverso seguía abierto, latiendo en posibilidades innumerables.
Esa noche, mientras su respiración se acompasaba con el silencio, eligió permanecer en la línea donde su pulso no se fragmentaba.
Afuera, la ciudad continuó vibrando.
Adentro, su órbita se sostuvo.

Luisa Campos -Moroii es poeta y performer cuya obra transforma la palabra en rito, habitando la frontera entre el erotismo, la oscuridad y la revelación.
Fundadora de Kosmo Calyptik, crea experiencias donde la literatura, el cuerpo y la escena se funden en una ceremonia viva.

