Mi cuerpo gira dentro del estéreo. De nuevo Juan me hizo correr sobre el CD. Dice que tengo partículas especiales, que puedo hacer retroceder el tiempo o adelantarlo.
Todo empezó un día que me sacó de la rueda. Él estaba aburrido, como siempre.
Ese día troté asustado. Estaba fuera de mi jaula. Fijé mi vista en un cuadro de la época victoriana. Me concentré lo suficiente para olvidar mi situación.
Entonces ocurrió: debajo de mis patas se encendieron unas luces incandescentes. Nuestros cuerpos se disolvieron en partículas y aparecimos en las calles de Inglaterra.
Dos horas después se activó el mismo mecanismo. Volvimos a casa.
Desde entonces, hago lo mismo. Me llevan a diferentes épocas.
Estoy tan cansado.
Cuando no me ven, muerdo mis patas. Busco hacerme daño.
Dicen que están trabajando con un grupo de hámsteres para comprobar si ocurre lo mismo.
No pasa nada. Soy el único.
Hasta que Diego recordó que me había encontrado mojado, en la ciénaga de una alcantarilla.
Ellos descendieron al lugar.
Descubrieron roedores radiactivos que mutaron por la contaminación de las cloacas.
Intentaron salir, pero mis iguales los rodearon. Una rata mordió a uno en el talón. Una vizcacha atacó al otro. Y así varios hicieron lo propio con el resto del equipo.
No murieron, pero actúan como nosotros. Eso asegura la expedición que fue en su rescate.
Ahora me trajeron con ellos.
Quieren ver el efecto que me produce este ambiente.
Al contacto con el aire húmedo, algo en mí cambia.
Entonces, lo entiendo: me tratan así porque soy inferior, porque pertenezco a una especie que explotan, que manipulan sin culpa. El entendimiento de esta idea hace que sucumba ante la ira.
Me concentro para detectar al resto: Somos millones.
Doy la orden: ellos entienden y acuden a mi llamado.
Miles de roedores inundan las cloacas.
Intentan exterminarnos, pero basta un chillido para dejarlos sordos y ciegos.
Nuestros cuerpos convulsionan hasta alcanzar una proporción monstruosa.
Salimos a la superficie.
Escuchamos sus gritos. Percibimos su asco y entendemos de dónde surge el deseo de matar.
Los atrapamos con el hocico.
No queremos aniquilarlos. Queremos que sufran. Que entiendan nuestra superioridad.
Los llevamos al bosque.

Sara Montaño Escobar (Loja, Ecuador, 1989). Escritora ecuatoriana radicada en Argentina. Ha publicado varios poemarios. Forma parte de antologías nacionales e internacionales. Ha obtenido premios tanto de poesía como de narrativa. Sus poemas se han traducido al euskera y al italiano.

