Para Victoria Fantasma
Una, Iik’: se manifiesta como presión leve, zumbido, desplazamiento, movimiento, fluidez. La otra, Lu’um: peso, temperatura contenida, fuerza, piso, paciencia. Ninguna pensaba en sí misma como individua, eran condición, estado, preguntas sin respuestas.
El tiempo no transitaba en un ciclo continuo, las atravesaba. Sin avanzar, vibrando fuerte.
Viajar en él no significaba moverse hacia atrás o hacia adelante, sino cambiar de frecuencia. Cuando una nota se sostenía demasiado, el mundo se desajustaba. Cuando una vibración se encontraba con otra, el tiempo se abría.
Y así se encontraron…
El primero fue un sonido grave, casi subterráneo. Lu’um emitió sin saber cómo lo hacía, un latido profundo y antiguo. Iik’ lo recibió, lo amplificó, lo devolvió transformado en ondas largas, sin pertenencia a un lugar. En ese intercambio, el tiempo cedió.
Iik’ descendió sin caer. Lu’um se elevó sin despegar.
Se reconocieron no por la vista, sino por el ritmo. Cuando el pulso de una coincidió con la oscilación de la otra, el mundo se alentó. El pasado y el futuro quedaron suspendidos, inmóviles, como polvo en una habitación sin puertas.
Sin preguntas, sin apropiación. Sólo acompañamiento.
En ese primer viaje, el entorno era indefinido. Una planicie donde la luz no venía del sol sino de un resplandor lateral, como si el horizonte respirara. Iik’ vibraba con las notas altas; Lu’um respondía con graves que se sentían en capas.
Descubrieron algo juntas. Cuando se mantenían en cercanía rítmica, el tiempo ondulaba. Podían estirarlo o hacerlo temblar como un sonido de tambor. No controlaban el viaje, sólo lo escuchaban juntas.
En el segundo desplazamiento, la vibración cambió el emisor. Fue un destello visual el que abrió la posibilidad. Colores que no existían en ningún lugar conocido, sombras que se movían con autonomía, luz que pulsaba al compás de sonidos y de melodías.
Este tiempo era liviano. Lu’um sentía su densidad ligera, Iik’ notaba sus corrientes con textura. Se desplazaron juntas, pero sin mezclarse. Si Iik’ intentaba envolver demasiado, Lu’um se agrietaba. Si Lu’um insistía en sostener, Iik’ perdía movimiento.
Aprendieron del amor, si ese término pudiera aplicarse; que no era fusión, sino coreografía. Un paso adelante y otro atrás. Un silencio sostenido. Una nota que se apaga para que la otra exista.
Viajaron así varias veces, no como episodios, sino como variaciones. Cada desplazamiento activaba otros sentidos. Cada uno era protagonista de acuerdo con el lugar, se fusionaban y parecían contradecirse. En momentos, el equilibrio lo era todo y se sentía que el menor exceso podía desestabilizar la trama temporal.
Con el tiempo comenzaron a notar imposibilidades. Permanecer demasiado juntas alteraba su naturaleza. Iik’ comenzaba a densificarse y a caer. Lu’um a fracturarse y perder cohesión. Los tiempos se volvían erráticos.
Sin culpa y con conciencia.
Entendieron que insistir en la cercanía constante era una forma de daño. No porque el vínculo fuera incorrecto, sino porque exigía transformación que en ese momento no deseaban. Estar juntas no debería implicar dejar de ser una u otra.
Se separaron sin romper. La distancia no fue ausencia, sino intervalo. Descubrieron así otro momento, otro salto y así una posibilidad.
Iik’ aprendió a emitir una melodía específica, una secuencia de vibraciones que podían viajar a través de épocas sin perder su forma. Lu’um respondió creando cavidades, resonancias internas que podían recibir la melodía y devolverla amplificada. Así, aún sin compartir espacio, seguía la comunicación.
Continuaron viajando separadas, pero paralelas. Cuando Iik’ atravesaba un tiempo donde todo era velocidad, enviaba una nota sostenida. Lu’um, en su tiempo más denso, la recibía como un temblor suave. Cuando Lu’um se desplazaba a una era de quietud mineral, enviaba un pulso grave que Iik’ traducía en corriente lenta.
En uno de los últimos desplazamientos coincidieron sin tocarse. Iik’ vibraba sobre una llanura antigua, Lu’um latía debajo. No se vieron, se sintieron. El mundo no se alteró. El tiempo no se rompió. Todo permaneció estable, y aún así, algo profundo ocurrió.
Aprendieron a estar juntas sin invadirse. A escucharse sin capturarse. A viajar sin perderse. No necesitaron quedarse en un solo tiempo, habían descubierto una forma que no exigía renuncia a la propia naturaleza.
Iik’ siguió fluyendo, Lu’um sosteniendo. Ambas atravesaron eras, notas, colores, pulsos y persistió la vibra compartida, una manera de amor que no pedía una forma fija, sin daño, que no confundía unión con fusión.
El tiempo las enseñó a escucharse.

Ana Laura Corga. Nací bajo el sol de capricornio en la ciudad monstrua (CDMX). De raíces oaxaqueñas y guanajuatenses; mezcla de identidad, migración e historias. Bruja en de/formación. Romántica para siempre.

