Mayra P. Dávila: El viaje de regreso

Llegó el día del viaje, de conectarme y regresar a ser yo.

Ya había tomado la primera dosis, así que subí a la nave, estaba lista para llegar al destino final, todas comentaban que era un lugar hermoso: lleno de vegetación, árboles que cantaban y se contoneaban al ritmo del silbido del viento; que en el cielo se creaban figuras, las nubes susurraban sus secretos, y si le contabas los tuyos, los guardaban como un talismán. Decían que la capacidad de asombro y el juego regresaban a tu cuerpo cuando llegabas allí, que te sentías como una niña, que la risa predominaba y la conciencia se expandía. Tomé la segunda dosis.

Habíamos sido elegidas para viajar a ese otro planeta como parte de la expedición Fungiósfera, que tenía como objetivo explorar otros planetas que pudieran ser habitables para la humanidad, y explorar los hongos que ahí crecían como una cura a las enfermedades. Era un viaje de todos los sentidos, y estábamos listas para tomar la misión.

Cerré los ojos, y me recosté. El viaje inició, arribamos en aquel mundo que era cómo lo habían descrito: verde, lleno de árboles y plantas que te llenaban los pulmones de oxígeno, de libertad. Lo primero que vi fue la tierra, que respiraba shushushu y palpitaba tuntuntuntun, podía sentirla viva en mis pies, me hipnoticé al mirarla fijamente, y ver que se creaban figuras bajo mis pies. Alguien cantaba una melodía que decía somos tierra, somos aire, somos vida… somos fuego, somos libres. La voz provenía de un árbol enorme que me invitaba a abrazarlo, a sentir su latido y ser uno mismo. Vi a algunas de mis hermanas caminar y bailar en puntas, otras llenaban el ambiente con sus jajaja, o coreaban la canción de la mujer árbol, y entre miradas nos sentíamos cómplices.

En medio del verdor vi un pasamanos que brillaba y me susurraba: ven a mí, juega conmigo, te invito. Corrí hacia él, subí la escalera y comencé a pasarme de barrote en barrote, me ardían las manos, pero no podía dejar de jugar. Vi mis pies y eran pequeños, me sentía del tamaño de una niña, de mi yo de seis años, chiquita, pero no frágil. Me abracé con fuerza y agarrada de los barrotes, eché mi cabeza hacia atrás y miré el cielo azul, me balanceé y el viento me acariciaba el rostro.

Mi yo niña me susurraba: estamos bien, ya no tenemos miedo de ser nosotras. Vas a estar bien… Sentía una conexión profunda con esa pequeña, que era yo, pero a la vez era como mirar a otro ser. Escuchaba el tuntuntun de mi corazón, me retumbaba los oídos como si un tambor estuviera cerca de mí, el tambor de la vida.

Me recosté en el pasto que me cosquilleaba tilintilin los hombros y los pies querían bailar al ritmo de toda la música tacatátacatá que emanaba de nuestros cuerpos. Las nubes eran color amarillo, se movían con gran velocidad, y cambiaban a blanco, de blanco a rosa, a lila, a azul, y regresaban a amarillo. Era una fiesta de colores, una pintura que alguien en otro lugar jugaba al óleo y confeccionaba a su gracia el universo en el que nos desplazábamos como niñas y mujeres.

El canto de la mujer árbol me arrulló, la tierra con su latido me asía a ella, y me acariciaba el cabello, cubriéndolo de flores y perfume de tranquilidad. Era yo, era libre.

Abrí los ojos, estaba en el bosque rodeada de mis hermanas, el viaje había terminado.

Soy Licenciada en Letras Hispánicas, escritora, y mediadora de lectura en internet. Formo parte de la Asociación de Lectoras Librosb4tipos desde el 2016. Autora en Tribu de Lectoras (2023). Desde niña me di cuenta que la escritura era a lo que me quería dedicar. Me apasiona la literatura de terror y ciencia ficción escrita por mujeres, el café, el cine y el entrenamiento de pesas.

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