Desde que nació en otoño, es cada día más bonita. Creció rodeada de los pinos que sobrevivían en ese bosque pequeñito que le tocó habitar. ¡Qué orgullosa se sintió cuando su sombrerito rojo escarlata se llenó de lunares blancos donde rebotaban las gotas de lluvia! Y más aún cuando alrededor de su tallo descubrió el anillo blanquecino, vestigio del velo que la cubría mientras maduraba. En ese momento supo quién era. ¡Soy Amanita!, le gritó al bosque. ¡Amanita Muscaria!
Aunque amaba sus colores, Amanita sabía que era más, mucho más que el vistoso sombrerito que destacaba en el bosque. Su poder verdadero estaba en el fondo de la tierra, en las decenas de filamentos que la conectaban con las raíces de los árboles para nutrirse entre sí, pero, sobre todo, para comunicarse. Sostenía largas conversaciones con su micelio cuando se retraía a esa oscuridad prodigiosa y ancestral.
Así supo Amanita la historia de la tierra donde nació. Las raíces de los árboles y los arbustos del bosque le fueron contando lo maravilloso que era el pueblo valiente que los cuidaba. También le hablaron del despojo, de la guerra, del hambre y del dolor. Le hablaban entre murmullos, porque hasta esos inmensos seres poderosos tenían miedo de morir. Amanita lloró. Sus lágrimas se confundieron con la lluvia cuando entendió que vivía en una tierra en disputa.
Amanita sabía que aún viviría unas semanas más. No podía perder ni un minuto. A su alrededor, cientos de hermanas suyas también habían escuchado la voz del interior de la tierra. No necesitó decir mucho. Todas entendieron qué hacer. Aceleraron su reproducción y se multiplicaron para poblar hasta el último rincón. Brotaban al lado de arbustos, en tierras áridas, en desiertos, abrazaban olivos. De un día a otro, esa tierra se cubrió de una gigantesca manta roja escarlata. La primera fase de su plan estaba completa, pero eso no era todo. A partir de ese día, serían letales. Selectivamente. La gente de ese pueblo en agonía podría comerlas para saciar su hambre sin miedo al veneno que sería neutralizado al llegar a sus bocas. Se ofrecerían carnosas, ricas en miles de nutrientes, regalo de la tierra que había visto sufrir a sus habitantes durante tantas generaciones.
Sí. Serían más letales que nunca, pero solo para los que arrebataban la tierra y la vida. No importaba si las amanitas no llegaban a sus bocas. En el momento justo, sus esporas se dispersarían por el aire. Millones de ellas, casi invisibles, pero potentes, implacables, mortíferas, certeras. Mucho más que sus bombas.
Amanita está lista. Sabe que cuando libere sus esporas será invencible, será eterna. Ayudará a poner fin a la barbarie.

Magda Calderón Rodríguez (Guatemala, 1962). Escribo para encontrarme a mí misma y conectarme con las voces de otras mujeres. Algunos de mis textos se encuentran en las antologías “El muro desaparece cuando nosotras escribimos” (Ediciones Lluviedad) y en los espacios digitales feministas Salidas del tintero, La Crítica, Especulativas y Vozifiera. Soy coautora del poemario “Canto de pájaras sin jaula” (2024).

