Había una vez alguien que me llenó de veneno, me hizo encogerme y sentir diminuta, tan pequeña como del tamaño de una catarina, sí, una catarina de esas que dice mi abuelita que dan buena suerte según el color que tengan. Pero yo no me sentía de la suerte, tampoco volaba ni tenía adorables puntos en mi espalda. No me sentía radiante revoloteando entre las flores en primavera. Más bien me sentía bajo una tormenta que me ahogaba, que no me dejaba respirar, en una lluvia intensa de esas que empañan la vista, que te sofocan, que te asfixian, que te agobian, te derrumban y te apagan.
Acostada en la tierra húmeda después de la tormenta abrí los ojos y vi el cielo, con nubes recién desahogadas y la sensación de haber despertado de una horrible pesadilla; respiré profundo y vi las telarañas cubiertas de rocío fresco, al igual que las enormes hojas de las plantas que me rodeaban. No podías evitar quedarte mirando esas gotas perfectas que se formaron en las hojas verdes recién regadas; parecían unas hermosas gemas transparentes, circulares y quietas. Me daban ganas de tocar al menos una y reventarla solo por satisfacción. Esa increíble vista desde abajo me hizo relajarme y olvidar por un momento el infierno que acababa de vivir. Decidí caminar sin rumbo para limpiar esos sentimientos de insuficiencia, vulnerabilidad y desvalimiento que aún rondaban en mis pensamientos de forma repetitiva e incesante como un mosquito molesto en la madrugada.
Caminé sin rumbo por un rato hasta encontrar un camino bastante curioso de hongo rojos. A simple vista parecían pequeños y blandos, pero eran lo suficientemente fuertes para poder saltar sobre ellos para continuar con el camino en línea recta que había decidido tomar. Saltando hongo tras hongo, estos soltaban esporas que aparentaban ser hadas que parecían guiar mi camino en mi paseo sin rumbo. Después de seguir a las hadas me topé con un enorme árbol rodeado de hongos majestuosos; era un espectáculo precioso. Alrededor de él crecía musgo suave y de él brotaban hongos de muchas formas y tamaños; se veían llenos de vida, vida que deseaban compartir y preservar. Me acerqué con cuidado al árbol; no sé qué tipo de árbol era, pero el estar cerca de su tronco cubierto de tanta vida provocó en mí un sentimiento reconfortante. Y al ver esos hongos que crecían, se fortalecían y lo nutrían, me sentí segura, me sentí en paz. Me agaché entre ellos junto a las raíces del árbol y me puse a llorar, a sacar toda el agua de la tormenta que había entrado en mí, a eliminar el veneno que me estaba matando lentamente sin que me diera cuenta. En cuanto comencé a llorar, las gotas que antes fueron tormentosas cayeron a mis pies y como las raíces de ese bello árbol rodeado de hongos que me hacía compañía, se hicieron fuertes y de nuevo empecé a crecer. Ya no tenía miedo, estaba viva, era libre.

Anette Kaory Tellez Nieto, soy licenciada en psicología, trabajo con infancias y adolescencias. Una persona simple con grandes sueños, principiante en todo lo que se me ocurra y especialista en nada. Enamorada de la vida y amante del saber.


Es, sencillamente excepcional!! Me transportaste enseguida a ese mundo en el que te encontrabas y a través de la lectura pude encontrar esa tranquilidad que yo necesitaba!! MIL FELICIDADES mi niña hermosa 💕💕💕
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