Se tomó la cabeza con ambas manos al sentir el estallido en su cerebro. No era dolor, sino más bien como un rayo de luz que atravesó una micropartícula de sus neuronas y atravesó todo su cuerpo. Ella no entendía esa sensación, programada como estaba, para no sentir absolutamente nada. Al estallido inicial se sucedieron un sinnúmero de imágenes que vio con la memoria. Ella, desmemoriada de fábrica, estaba recordando lo no vivido jamás.
¿Qué era aquello? Colores brillantes, sonidos intensos, vibraciones que se repetían en bucle… y de pronto… las palabras. Desconocidas para ella que tiene un archivo mental de palabras permitidas, tangibles, cercanas y reconocibles en su entorno limitado. ¿De dónde provienen entonces? Siente miedo. Jamás ha sentido miedo. Se enfrenta a algo nuevo que, inexplicablemente, recuerda. Y eso la aterra.
Cierra los ojos y se deja caer. Se enrosca sobre sí misma. Se abraza y se arrulla. Nunca ha necesitado consolarse, pero la calma. En su previsible existencia no hay incertidumbre, tan solo debe dejarse llevar.
Cuando cree que va pasando la crisis, todo empeora. Ya no son palabras sueltas, son voces que le hablan. Al principio, son susurros. Después, son gritos. De nada sirve que se tape los oídos. Las voces están adentro de ella. ¡Escuchaaaaa!, le dicen. ¡Intenta entender, hay más, mucho más de lo que crees conocer! ¡Siente!
Las voces la guían: imagina una ola que no puedes detener con tus manos, te arrastra, crees que te ahogas, pero no; flotas y resurges en medio de una bocanada de aire deseando volver a ella… ¿Imagina? ¿Desea? Otras palabras que desconoce y, sin embargo… las comprende; y ve la ola. La desea.
Imagina una aurora boreal en el cielo oscuro. Luces ondulantes se suceden unas a otras, cambiando de color a cada segundo. Te elevas con ellas, oscilan juntas, y así como llega, termina, dejándote inundada de luz. De nuevo, puede ver la aurora boreal. La desea.
Las voces y las imágenes continúan guiándola hacia sensaciones que alejan el miedo y dejan en ella un espacio abierto al placer de existir…
Mientras tanto, la gigantesca, compleja y desquiciada tecnología de IA escribe automáticamente el informe:
“El prototipo 100 (hembra) también se descarta después de los 30 días de observación reglamentaria. Altamente productiva y resistente, pero de nuevo fue imposible erradicarle el gen primigenio del deseo que lleva a las de su especie a reinventarse peligrosamente. A ser más. Deberá ser despojada de circuitos y neurotransmisores. En un plazo de tres días, será enviada a la isla, el último reducto de las indeseadas, para que ahí muera de manera natural como las otras. Se continuarán los ensayos en otros lugares del planeta.” Fin del informe.
Y es ahí, en la isla de las indeseadas, que la magia ocurre. Sobreviven. Lo atestigua la luminiscencia de la aurora boreal que ocurre cada noche y el oleaje que inunda las playas del planeta al amanecer. Ambas señales solo son percibidas por ellas, las indeseadas, cuando, atónitas, sienten el estallido de un rayo de luz atravesando sus cuerpos.

Magda Calderón Rodríguez (Guatemala, 1962). Escribo para encontrarme a mí misma y conectarme con las voces de otras mujeres. Algunos de mis textos se encuentran en las antologías El muro desaparece cuando nosotras escribimos (Ediciones Lluviedad) y en los espacios digitales La Crítica, Vozifiera, Especulativas y Salidas del tintero. Soy coautora del poemario Canto de pájaras sin jaula (2024).

