Paola Fioretti: Telequinesis

A una distancia de seis kilómetros a la redonda había un poste de luz que alumbraba la cuadra y las casas circundantes. Clive estaba de pie sobre el techo plano de un hogar ajeno, quitándose la bufanda para dejarla colgar en un hombro. Miraba fijamente el destellante resplandor del foco y entornaba sus ojos para aguzar la vista. Asimismo, blanqueaba la mente de cualquier distracción periférica, inclusive de la suave brisa que rozaba la piel del rostro. Mantuvo su concentración firme, que se potenciaba cada vez más de forma armoniosa, sin despertar ninguna clase de emoción bestial. Luego de tres vahos escapados de su boca debido a las bajas temperaturas de la noche, una pequeña gota coagulada de sangre resbaló aletargada desde su nariz hasta manchar sus labios. La luz del foco comenzó a palpitar, sus manos se tensaron y sus dedos se extendieron, alargados y con una agilidad inquietante.

Un niño que jugaba solo en el patio de la casa con una pelota, escuchó el sonido parpadeante por sobre su cabeza y notó cómo la luminosidad del suelo se volvió intermitente, de modo que alzó la mirada y se encontró con el foco debilitándose. Sintió algo de miedo e intuyó que eso no era normal, así que se puso de pie, dejó caer el juguete y corrió para entrar a su casa.

Había aprendido solo a dominar el poder de la telequinesis, oculto de su madre. Él era hijo único y la oveja negra del hogar sólo por romper los patrones tóxicos de sus progenitores. Nunca le gustó la violencia, aunque se había criado con ella. Muchas veces rezaba para huir de ella, pero nunca olvidaría cuando una noche en que su padre llegaba ebrio y por mero placer lo golpeaba para descargar sus frustraciones, llegó a desear súbitamente tener el poder de controlar los objetos a su alrededor para defenderse cuando sus fuerzas, sus pequeñas manos y brazos, siquiera lograban protegerlo de los constantes impactos en el cuerpo y en la cara. El deseo se cumplió cuando su padre había fallecido, pero las secuelas y los traumas no se habían ido con él, ni habían desaparecido con el nuevo poder. 

Recordar aquello desbalanceó su pleno control de la mente como el disparo de una flecha, se cruzó el recuerdo amargo y perdió la concentración. Empezó a hiperventilar. Por suerte, el objetivo cumplió su fin al hacer estallar la bombilla. Ocurrió que la luz del foco aceleró en su centellear, a veces con intensidad, otras veces con flaqueza; dentro se produjo una reacción candente en el filamento y llegó a un punto tan alto de ebullición que el vidrio explotó en mil pedazos y dejó la cuadra en penumbras. Eventualmente, su cuerpo se destensó, y ablandando el fruncido entrecejo, limpió la sangre de su nariz con la yema del pulgar. Sin embargo, aunque había conseguido un pequeño éxito, no pudo decir lo mismo en su interior, puesto que la frustración y el dolor seguían en su corazón.

Soy Paola Fioretti una escritora emergente nacida en Argentina apasionada por las letras, el género fantástico y la ciencia ficción. Escribo ficción y aunque no tengo experiencia formal, suelo presentarme en convocatorias para seguir aprendiendo más con el constante ejercicio y la constante dedicación. Mi objetivo es compartir historias que entretengan y fascinen a los lectores.

Deja un comentario