Entre las cuatro paredes de avalanchas
estoy llamando al Yeti.
Wislawa Szymborska
En ausencia de las flores
el jardín hace del verde follaje un camposanto.
Cada cosa está en su lugar después de dejar ir.
Las noches son más claras,
y la naturaleza sigue su curso.
La espera de los mil soles
borra en el cielo su brillo eterno.
Basta volver a ver las ruinas
en el mazo de diablo
para saber que en el ayer
nada construimos.
La necesidad de una voz,
la razón de un poema.
En todas las pantallas, en cada ventana, se advertía:
El miedo olía a hombre
y la suela de los zapatos ya estaba gastada.
La historia se repite.
La conozco desde que mi jardín floreció con la noche,
en aquella infancia donde aún esperaba.
En ausencia de todo,
el rocío era un aliciente.
Es mejor nunca volver a mirar atrás
para no seguir en el mismo error:
dejar el jardín en el deseo de otros,
como si fuera una tirada de dados.
De creer que crecerá.
La obsesión devela el otro lado de las cosas:
la oscura sensación de creer en alguien,
de rastrear todas sus huellas
hasta que las miradas que una vez se cruzaron
jamás se vuelvan a encontrar.
Sobrepasar los límites para darse cuenta
de que nada es como parece,
y que las palabras que se enfrentan al azar
no son más que un barco detenido por las olas,
por no querer avanzar más hacia el deseo.
La silenciosa migración de las aves
guarda en el cielo su secreto.
La casa ahora está sola
y es mi cuerpo.
Adentro hay un jardín.

Mi nombre es Melisa Berenice Nungaray Blanco (Guadalajara, Jalisco, 1998). Estudié la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas y actualmente curso la maestría en Humanidades-Estudios Literarios en la Universidad Autónoma del Estado de México. Dirijo la revista digital En la Masmédula (www.enlamasmedula.com) y soy autora de varios libros de poesía, entre ellos Raíz del cielo (2005), Alba-vigía (2008), Sentencia del fuego (2011), Travesía: Entidad del cuerpo (2014) y El cielo cae a voces (2023).

