Jasmín Cacheux: Fibonacci

“Todos estamos rotos, así es como entra la luz.”

Ernest Hemingway

Aída mira al espejo, toca el vidrio, la sensación de calor que le provoca. “¿Quién eres?”, pregunta con la voz entrecortada. No busca una respuesta, porque sólo tiene preguntas. Ahí, a solas con el espejo, Aída piensa en las figuras cóncavas que puede recordar, una cueva, una cuchara, el tazón de su infancia, los brazos de su madre. La boca abierta de su primer amor, el deseo contenido que se le escapara entre las piernas; los “te amos” en susurros que se resbalaron por su pecho, espalda, vientre. Toda ella se supo cóncava, dispuesta, entregada.

¿Dónde está? ¿Quién le dio este sitio? Aída se mira las manos, las abre y cierra más de una vez. Se aleja del espejo, el marco de madera gruesa que luce apolillado, pero no se detiene, va hacia el ventanal, divisa una cerca de madera, de un momento a otro se ve traspasar la cerca, sabe entonces que algo que no podrá explicar está ocurriendo. Ella ha cambiado.

Frente a sus ojos se abre la dirección de un camino formado con rocas de diferentes tamaños, un camino sinuoso. Aída camina. Todo ahí es cálido, es el campo, el recorrido previo a una visita familiar… el paso del tiempo. Siente la tierra bajo sus pies, el sonido de sus pasos. Se sabe en ese lugar como en ningún otro y de ninguna otra manera. Ella se observa caminando en el campo.

Vuelve a cerrar los ojos y siente que cae, percibe ahora que la velocidad de la caída envuelve su cuerpo; aire, ella es aire, velocidad, fuerza, gravedad, la vorágine de la caída libre, la oscuridad circular. Está de regreso a aquella primera vez en que se supo viva. La tarde en que volcó su auto en la carretera y despertó antes de que todo ardiera, el auto, su ropa, algunos papeles, y ella afuera, golpeada, respirando, viva. Mientras conducía, decidió salir voluntariamente de la carretera, acelerar, virar el volante con la convicción de irse, a ningún lado en particular —jamás fue creyente—, sólo irse. En su lugar, volcó el auto, y su instinto la hizo romper el parabrisas, arrastrarse, alejándose para ver después cómo todo ardía.

Estaba allí, cayendo. No era la primera vez; si tenía suerte, no sería la última. Permitió que sus músculos se estiraran, sus piernas, los dedos de los pies, el cuello, la cabeza, los brazos, las manos, los ojos de sus cuencas. Aída caía… caía, otra vez; su mente quiso un recuerdo, un último recuerdo, vio la escalera, “Fibonacci, Fibonacci 1, 2, 3, 5, 8, 13…”, repitió. Aída mira el espejo, el laberinto.

Jasmín Cacheux (1974, Xalapa, Veracruz; México). Reside en Cuernavaca, Morelos. Escribe poesía, narrativa y teatro. Su obra ha obtenido reconocimientos nacionales e internacionales. Es también lectora compulsiva; agradece, busca y fomenta una larga conversación. También ha sido docente y continúa siendo tallerista.

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