Se había cansado de intentar. Siempre fue una lucha perdida, se repetía para sí misma. Una lucha que sólo la muerte podía terminar. Pero ¿cuándo llegará? Se preguntaba a diario. Si él no lo hacía durante una de esas madrugadas, entonces ella misma tendría que encargarse.
Pasaba el día repasando sus opciones, pero ¿qué opciones tenía? Si las puertas con candado no se abren de un fácil empujón, si nadie al otro lado de la pared escucha, si el cuerpo golpeado es débil para escapar.
Una noche soñó que se iba. Que su cuerpo, ya sin hematomas, se levantaba del empapelado en el rincón, vaciaba los cajones y cortaba los cerrojos para poder emprender la huida.
Soñó que de sus costillas salían alas, se extendían libremente. También soñó que su cuerpo dejaba de ser color canela y unas plumas color amarillo brotaban de entre sus pechos. Y se iba, moviendo sus alas al ritmo del viento.
Cuando despertó, su cuerpo seguía siendo un pequeño lugar inseguro. Se miró al espejo para encontrar rastros de la mujer que algún día fue, pero no la encontró. Entonces deseó ser el ave con el que había soñado la noche anterior, romper las cerraduras y marcharse.
Esa noche él llegó. Olía a ebriedad y a violencia. Exigió una comida caliente y un par de cervezas, ella obedeció. Pero dentro de ese hombre no cabía una pizca de decencia, hasta el mismo aire que respiraba le causaba histeria.
Se levantó de la silla y arrojó a la pared el plato del que estaba comiendo. Con una mano la tomó del cabello y con la otra le machacó el rostro. Arrinconada en la pared, cerró los ojos y deseó nunca más volver a abrirlos.
Luego los golpes pararon. Sintió un ardor debajo de sus costillas. Las alas habían brotado y golpeado a ese hombre, quien se quejaba del dolor. Millones de plumas amarillas chapoteadas de manchas negras se esparcieron por su cuerpo.
Cuándo el hombre quiso levantarse para detenerla, ya era demasiado tarde. Ella había emprendido el vuelo. Se elevó por ese cielo oscuro, esquivando las copas frondosas de los árboles. Alguien allá abajo la vio ser libre y le sonrió.
Prometió irse y nunca mirar atrás. Se fue lejos, a donde el recuerdo no la alcanzara.

Escritora duranguense. Comunicóloga y Maestra en Literatura Hispanoamericana. Durante algunos años dediqué mi vida profesional a los medios de comunicación, sin embargo redirigí mi carrera hacia la escritura creativa a través de la narrativa. Escribo para no olvidar, quién soy y quién fui. Escribo para sanar lo que a veces no se puede hablar.

