Caer como lluvia: Nelly Castañeda Pérez

La amenaza del trueno se vio cumplida demasiado pronto. De vez en cuando la lluvia entra por la ventana a pequeños latigazos refrescantes con ayuda del viento y su olor ya está por todo el lugar. Recuerdo, entonces, días de infancia: correr por el patio y las escaleras con mis amigxs en una carrera que nunca se acordó, risas, apuraciones, luego más risas y descansos, escoger en dónde hablar y jugar a otras cosas en lo que pasaba la lluvia, contar historias, compartir ideas, retarnos a salir, saborear las gotas, escuchar el splash bajo nuestros pies, sentir el viento y simplemente vivir.

Ese es el olor a lluvia. Es la alegría y diversión de la infancia, las sonrisas de mis amigxs y lo cálida que podía ser la frialdad de las piedras al estar sentada allí con ellxs. Cuando huele a lluvia vuelvo a escuchar sus voces, sus palabras exactas, cómo me sentía en ese momento, lo grande que era mi hogar, el patio y el mundo, las fantasías que creamos y ese sentimiento fresco y mojado de que todo estaba bien. El olor a lluvia es libertad, es sencillez, es un aire empapado que me inunda, se pega a mi interior y me hace sentir nueva, segura de enfrentarme al viento y la tormenta, a lo salvaje, a lo desconocido y lo incierto, solo riendo, porque todo eso será maravilloso. Es un sentimiento muy dulce y suave, tan ligero que me hace sentir que vuelo. Y creo que es importante que todxs podamos sentirnos así, con brincos en el corazón y sin angustias. Me pregunto si la lluvia trae algo así para todxs, si la Tierra vuelve a ser una niña y por eso reverdece.

Cierro los ojos y chapoteo entre mis pensamientos, floto en mi imaginación hasta que mi cuerpo lo hace también. Cuando los abro, siento pasto mojado debajo de mí, tanto que casi parece alberca. A un lado, un lago y un río que va a quién sabe dónde. Necesito verlo de cerca. Me levanto. Se siente bien escurrir, desbordarse de lluvia. Me inclino y, en el reflejo, una nereida me mira de vuelta, primero sorprendida, como analizando cada parte de mi rostro, luego me sonríe, como planeando una travesura, suficiente para convencerme. Con cuidado, pero también con ansias, toco la superficie del agua, ella me toca a mí y me convierto en ella. No puedo sumergirme porque soy agua, pero me arqueo y llego al fondo, respiro, giro y regreso a la superficie, voy a donde quiero, voy con el río, a toda velocidad. La lluvia me sigue colmando y, siempre que puedo, salto y salpico un poco para adelantarme a sentirla de nuevo, me evaporo con emoción y, entonces, lista para el mundo, caigo.

Nelly Castañeda Pérez es una estudiante de la licenciatura Escritura Creativa y Literatura a quien le gusta la fantasía, la lluvia y el chocolate.

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