Bertha Serrano: Chris

Otoño y sus lluvias eran mi verano. Gracias a él, son llanto y miseria.

Lo conocí una tarde de octubre. Parado al otro lado de la avenida, en medio de la cortina de lluvia, mirando el cielo. El impulso de protección me llevó a cruzar y compartir mi paraguas con él. Me sonrió. Tal vez me agradeció, pero yo estaba perdida en sus ojos: nubes grises con un tenue rayo de luz. Sus cabellos plateados brillaban.

Chris.

Su voz me regresó al presente. Extendió su mano derecha. Me dio pena estrecharla, podía rasparla con mi resequedad. «Renata». Sonreí y oculté mis manos en los bolsillos de mi abrigo. Él frunció levemente el ceño. Sin decir más, su vista regresó a las nubes, fingí enfocarme en la avenida, pero estudié su perfil de tanto en tanto. Adiviné mis mejillas rojas y un leve temblor en las manos.

De pronto formó un círculo en el aire con su mano y la tormenta se tornó en gotas redondas que caían con lentitud. Reaccioné para verlo marchar.

Las siguientes semanas mis ensoñaciones fueron tormentas, cabellos plata alborotados por el viento, gotas de lluvia resbalando por la ventana, nubes acumulándose, tardes grises, noches iluminadas por tormentas eléctricas, vidrios empañados.

La tinta de mis poemas describió a Chris; su rostro apareció en mis pinturas; su nombre brotó de mis labios en cada conversación con mis amigas.

Un año después, una tarde-noche de noviembre, luego de una reunión con mi editora, él apareció.

Flotaba por la calle; mi manuscrito recibió elogios. Tendría que agradecerle al hombre responsable por la inspiración, si es que alguna vez lo volvía a ver. Lo invoqué. Frente a mi librería favorita, los reflejos plateados de su cabello eran un halo que iluminaban su cuerpo y el resto de la calle. Me convencí de que no era de este mundo. Lo saludé y mi corazón latió más rápido cuando mencionó mi nombre.

—Gracias —solté, tomando su mano izquierda entre las mías

—¿Por qué? —Alzó las cejas, las nubes grises de su mirada aclararon. Estaba a punto de confesar que escribí un poemario y él era el personaje principal. No. Tenía que inventar algo—.

Mi miedo a morir sin que nadie conozca mi obra o se reconozca mi talento es algo constante. O sea, siempre escribo de eso y… te conocí. Escribí sobre nuestro encuentro y sobre la lluvia y el otoño —Me mordí la lengua. Estaba a punto de revelar lo que sentía y todas las fantasías que tuve por las noches—. Eh…gracias.

Sonrió y pasó una mano por su nuca, cabizbajo.

—Pero, no es malo o algo por el estilo —me apresuré a añadir—. Es sobre lo mucho que me gusta la lluvia.

Sus ojos brillaron, hizo un semicírculo, en el aire, con su mano y empezó a lloviznar.

Dejamos la espontaneidad de lado. Intercambiamos números telefónicos, nos seguimos en redes sociales. La primera cita fue en un café, Chris hizo gala de sus poderes: ligeras gotas de lluvia golpearon los cristales. Impresionada, no pregunté el porqué de su magia. En la segunda cita comentó que compró mi primer libro de poemas. Confesó su amor por mí y por mis letras. Recomendó mi libro por Instagram con la leyenda “Poemas escritos por el amor de mi vida”.

Mis amigas, Clara, Lucía y Marisol, intercambiaron miradas cuando les conté. “No tiene sentido”, opinaron dos; una de ellas comentó “Es muy poco tiempo para enamorarse”. Las tres consideraron que no nos conocíamos bien como para que Chris estuviera alucinado. Las convencí de que tenían que conocerlo en persona. El chico de cabellos plateados sonrió ante la idea de conocerlas.

Fue un domingo. Los ojos de Chris mostraban un cielo a medio nublar. Yo estaba feliz. El tiempo transcurrió entre charlas sobre el trabajo —él era un compositor—, sus hobbies —le encantaba andar en bicicleta, cocinar, caminar sin rumbo alguno por la ciudad—. Me enteré de que su color favorito era el azul. Prefería las novelas sobre la poesía hasta que me conoció.

Después, recibí mensajes de mis amigas. A ninguna le caía bien. Algo en él, su forma de hablar, vestir, su postura les produjo náuseas, un hueco en el estómago, escalofríos.

Lucía escribió “Renata, gracias a que nos vimos, sabes algo de él.”

Clara, en un mensaje de voz “No sé si no te diste cuenta, pero sólo te mencionó cuando habló de tu libro. Cuando hablamos de sus gustos jamás te volteó a ver o te preguntó qué hacías tú. Todo fue sobre él.”

Marisol, en una llamada “No me da buena espina. Sus ojos se veían de un gris más oscuro cuando hablábamos de ti y no de él.”

Cantos de sirenas listos para hundir nuestro barco.

Para la tercera cita me invitó a su casa. Acurrucados en el sillón, disfrutamos de las locuras de Chris: una pequeña tormenta. Gotas que a veces no tocaban el piso, giraban en el aire, en vez de caer, subían. Me propuso que compartiéramos la casa de ahora en adelante.

Acepté vivir con él.  

Dos semanas. Mi nuevo hogar me recordó el frío y la violencia del viento. El otoño se volvió invierno.

El frío invadió el corazón de Chris, se extendió por su sangre e invadió todo lugar que ocupaba. Un roce de nuestros dedos helaba mi cuerpo. Respirar el mismo aire cristalizaba mis pulmones. Mis mejillas perdieron su color. Mis brazos se volvieron mi única y débil fuente de calor.

No más caminatas tomados de la mano, nuestros corazones latiendo a la par, bromas y promesas de amor. Dos gotas de agua resbalando por el cristal, una persiguiendo a la otra, una se desvía, otra se pierde, nunca llegan juntas a su destino. Empecé a caminar por mi cuenta bajo cielos grises, la neblina mi única compañera.

Chris desató huracanes dentro y fuera de la casa por semanas, creyó que le coqueteaba a otro hombre; sólo le pedí indicaciones para llegar a un restaurante. Desató tormentas por mis “ridículos” poemas y el tiempo que dejé de compartir con él.

La lluvia era el llanto que no salía para no desatar la cólera de mi compañero.

Todos los cantos de las sirenas que ignoré regresaron atronadores.

Empecé a llamar a mis amigas quienes prestaron sus oídos, contrario a la ira que esperaba por su parte. Algunas sugirieron que nos viéramos para poder escuchar toda la historia. Otras esperaron con calma mis palabras, para saber cómo apoyarme.

Nuestra recámara dejó de ser un refugio de nuestra calidez. Asuntos insignificantes desataban tormentas eléctricas día y noche. Dejó de besar mi rostro. El departamento estaba lleno de nubes grises, ningún rayo de sol a la vista. Igual que sus ojos. El sueño y sus partidas a caminar me alejaban de su furia. Su trueno de voz se volvió mi alarma. Pasaba días enteros en vela. Dejé uno de mis borradores a la vista; escribí sobre el terror de morir ahogada. Le temía a lagos, albercas y bañeras por igual. Inundó las habitaciones; yo quedé acorralada en las esquinas, temblorosa, esperando su mano para ayudarme a salir. Jamás sucedió. Logré salir cuando el agua bajó.

Intenté abrazarlo, besarlo, tomar su mano, hablar con él. ¿Por qué actuaba así? ¿Qué cambió? ¿Por qué ya no había amor? Dejé de escribir poemas para estar con él, pero cualquier acción de reconciliación fue en vano. Se aprovechó de mi temor a los rayos. La luz iluminando el cielo en advertencia de que se partiría en pedazos, el retumbar de las ventanas me producían un hueco en el estómago. Si me sentía cerca, desataba centellas como advertencia. Me sentía pequeñita.

Sin provocación alguna, Chris soltó un rayo en la sala. No me pegó directo en el cuerpo, pero si me dejó el brazo derecho inmovilizado, lleno de ámpulas y costras.

Las lágrimas y miedos llenaron mis poemas. Algunos se perdieron por las inundaciones. Mis pesadillas tenían el rostro de Chris. Pinté hojas blancas de todos los tonos de gris posibles.

Mis amigas jamás me soltaron. Me visitaron cada que el hombre salió de la casa. No hubo lástima en sus miradas, sino fuego, por la rabia de la situación. Mismas llamas que encendieron mi alma poco a poco, lo suficiente para que las lluvias no las apagaran. Sus palabras, su apoyo, su cariño llevaron a que el fuego tomara fuerza sobre las violentas corrientes de agua y viento. Fue así como planeamos la huida de aquel lugar.

Días sin inundaciones, sin Chris, guardaba mis pertenencias. Lucía, Marisol y Clara se turnaban para recoger ropa, perfumes, peines, pulseras y anillos en pequeñas bolsas. Todo lo llevaron a mi antiguo departamento. Un día, con la luz del sol pasando entre las nubes, Lucía pasó por mí.

No miré atrás.

Agradecí que mi hogar quedara al otro lado de la ciudad, que Chris no supiera de su existencia. Así, no podría buscarme.

En las tardes de verano, a veces recuerdo el otoño, la lluvia y lo miserable que fui a su lado.

Estudié Letras Inglesa en la FFyL (UNAM). Publiqué cuentos y minificciones en Especulativas, RUMEscritoras y en revistas como Anapoyesis.

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