Tenía el saquito escondido en lo más recóndito; esta vez pasaría, algo le decía que esta vez pasaría. Rogó porque no la delatara su mirada ni le olieran el miedo. Afuera de su ventanilla, las esquirlas de la madrugada helada le avisaron que estaba helando. Mejor así; los gendarmes se apurarían más si les pillaba el frío, se distraerían y no les harían bajar del bus. Sí, ojalá.
* * *
Elisa todavía repasaba su estancia al otro lado, el chiriwayrita, ese viento cortante de la cordillera, pero que a orillas del lago se sentía como una caricia, o casi. Las mejillas p’aspas habrían sido como una huella de amor, pero eran más una marca de identidad: campesina, india, llama de mierda. A 3.600 metros de altura hay que tener pulmones de llama para respirar bien, y ojos, y pestañas, y pies.; el cobre era otra marca. Más que marca era rastro, un rastro que se perdía y decoloraba en la ciudad. El intento de mimetizarse nunca acababa, siempre fracasaba. Puede que se te pierda el p’aspa de tus cachetes, que se te aclare la piel y pierda su tono cobrizo, pero no puedes ocultar tus ojos chiquitos y tu nariz agüileña. Dice mi hija que por qué no tiene la nariz de María. Pero no tiene mi nariz, ¿tendrá mis manos? Veremos, cuando llegue a la casa veremos.
Había sido su idea, a la ida, viendo pasar los cañaverales interminables por la ventana del bus, a la ida hacia La Paz. Era fácil olvidar esa inmensidad dentro de la otra inmensidad, la de las autopistas y edificios y bocinazos y el metro y el sueño y la vida. Pensó en romper la inmensidad, pensó en otras inmensidades. Recordó la extensión azul del lago. Recordó el verde de la orilla. Y recordó que no recordaba lo que vio, si no lo que le habían contado.
* * *
Las manos de la mamá Asunta estaban percudidas de tierra y de hollín.
Más bien que tu mamá se ha ido antes, hija.
La puska giraba y giraba, el hilo de lana negra se iba haciendo más delgado, más delgado, más duro. En la mañana habían escarmenado la lana de la oveja overa. Anteayer habían trasquilado a las dos que faltaban. La mamá Asunta no desaprovechaba las visitas.
Pero a mí me ha dado gusto verte, me hubiera gustado conocerla a tu wawa, ¿cuántos años ya ha cumplido? El tiempo se pasa volando.
Ahí el tiempo parecía no transcurrir, o transcurría más lento. O más rápido. Como en los días en que tenías mucho que hacer y la luz del sol no alcanzaba.
Elisa le contó su idea a la mamá Asunta. Ella no entendió al principio; Elisa nunca estuvo muy segura si entendió al final. Pero igual, la abuela le dijo algunas de las cosas; esperaba no olvidarlas y que funcionarán allá, al otro lado. La cosa sería lograr pasar, con las cosas, al otro lado. Le dijeron que Gendarmería no dejaba pasar nada, y que todo lo que no era legal, te lo quitaban. La primera vez ella había sido una ilusa, puso todo en una bolsita transparente dentro de la maleta. Se lo decomisaron al cacho, en el primer retén.
Bolita de mierda. Agradecé que no te hagamos nada más.
El tipo tenía su misma nariz, pero era más alto. Siempre le habían dicho que era por la comida. Su hija también era más alta que ella, debe ser por la comida. Incluso cuando no había mucha comida. Justo el recuerdo del hambre le picó para que lo intentara de nuevo, pero esta vez con más cuidado. Pequeñas bolsitas repartidas estratégicamente aunque luego se lo pensó mejor e hizo un solo amarro, apretado, con lo esencial y se lo metió en el hueco entre sus pechos. Su abundancia cuidando a la abundancia.
Cruzó al otro lado sin ningún contratiempo, pero los controles no eran en la frontera, sino más allá. Pasaron el primer retén; la respiración de Elisa iba a saltitos, sentía que el gendarme tenía rayos X en los ojos y que cuando le miraba los pechos, miraba lo que había ocultado en ellos. En el segundo retén la hicieron bajar, le vaciaron la bolsa, le preguntaron de dónde venía, rebuscaron con más furia, le registraron los bolsillos, no encontraron nada. Ni en el tercer retén, ni en el cuarto. En el quinto sudó frío, porque le preguntaron qué hacía tan abrigada en tanto calor.
Les gusta sudar como cerdos. Fíjate que gorda está la planera.
Pero ya estaba cerca de casa; cuando llegó a la gran ciudad pudo respirar a pleno, la bolsita le hacía cosquillas los pechos, como si la vida que albergaba saludara el nuevo aire. Elisa abrazó bien fuerte a su Cristina y a Ezequiel, luego desató el bolsito.
Estas son semillas de maíz phisanqalla. La abuela Asunta me dijo que podemos plantarlas en octubre, y que podremos comer choclos en abril.

Soy agricultora, lectora voraz, aprendiz de antropóloga y gestora cultural. Desde el teatro y la dramaturgia inicié el camino de la escritura feminista. De ahí salté al ensayo y la crónica, pudiendo ser publicada en medios alternativos. Me considero sembradora de procesos. Más que la meta, es el camino.

