Eugenia Nájera Verástegui: ‘x ts’unu’um (Colibrí)

La gran espina le atravesó el corazón. Era el rumor esparcido por la zona. Después de muchos estudios, citas con los mejores especialistas del país y el extranjero la hija de una reconocida familia de abolengo sería sepultada en el panteón. Dijeron que tenía una enfermedad incurable, pero las malas lenguas decían que la intransigencia de su padre, la debilidad de su madre fue lo que la mató. Asesinaron sus sueños, sus esperanzas, su personalidad para imponer sus ideales, creencias en este mundo de falsas sonrisas y vidas perfectas. Nadie podía decirle nada al patriarca, pero Madrak, la bruja del pueblo que fue su amante, era la única que tenía valor para enfrentarlo y para proteger a esa niña, su hija arrebatada muchos años atrás. 

Ella había estado realizando en secreto rituales oscuros para rescatarla. No estaba muerta, su padre había esparcido ese rumor. En sueños se presentaba ante ella y le decía palabras arcaicas que debía recitar. Como el enlace onírico era muy corto, tardó mucho tiempo en pasar todo el texto. Las lunas y los soles pasaron, las flores cayeron, las hojas se secaron, lluvia y nieve llegaron. Entonces la niña poco a poco se fue llenando de plumas tornasoladas como las de un colibrí. Ya no comía, solo se acercaba a las flores para extraer su néctar, revoloteaba por las orquídeas después por las rejas cuando su padre la encerró en su cuarto. Su nana le llevaba a escondidas galletas y leche, pero no quería probarlas. Con el tiempo arrancaba flores del campo y se las entregaba cuando entraba a asear la habitación.

El patriarca a veces descubría a Madrak y la hería con suma crueldad, pasaba días tirada en el frío suelo. No conforme, atacaba o invadía su mente, solo le recriminaba a la bruja que se sintiera culpable y miserable ante su infalible poder. Ese mundo ya estaba esclavizado. Donde todo era «tienes que ser». Cuando lo que debería importar es qué quieres tú. Por eso las personas eran amargadas, estaban llenas de odio, frustración, resignación y no eran felices. Muy pronto Madrak también caería. El amor hacia él la cegó y la había convertido en un portador oscuro, como él, cuando notó cambios horribles y muy dolorosos en su ser. Su piel picaba, se desprendía, su lengua se hacía bifurcada y a veces solo quería esconderse entre las piedra o estar tendida bajo los rayos del sol, pronto investigó el árbol genealógico del patriarca. Acudió y sé internó en la selva profunda para consultar al sacerdote Yuum Na´at aunque ya era demasiado tarde, le reveló que el padre de su hija era un descendiente de la familia Rof. Le mostró su verdadera identidad detrás de aquella enigmática sonrisa. Era uno de los integrantes de las razas malditas. Madrak se horrorizó. 

Los Rof eran expertos en engañar, engatusar, mentir, pero sobre todo en causar muerte y destrucción. Tan hábiles, más, quizás o igual que los camaleones aunque a estás alturas ya no sabía quién sería peor y cómo escaparían de sus malévolas garras. Se culpaba atrozmente por haber causado eso a su hija. Él había sido su perdición, sin embargo, luchaba con todas sus fuerzas, por no caer ante sus oscuros deseos aunque a veces era imposible no ceder a su poder, sin embargo, su hija era su faro de luz.

Devoraba mitos, leyendas y libros muy antiguos. En uno de ellos encontró una pista: El día que la luna bese al sol y las estrellas palpiten colores extrañosla composición y el poder del ser por un pequeño lapso de tiempo será débil… entonces asesinaría a ese ser inhumano, cruel y despiadado. Al fin el firmamento le anunció la hora final de ese monstruo. Estaba a punto de atravesar su corazón con una daga de obsidiana cuando el sacerdote Yuum Na´at la detuvo convirtiéndola en búho. 

De su túnica sacó un pequeño colibrí, su hija, él la había rescatado. Le explicó como, el mejor que nadie sabía muy bien en carne propia los alcances y poderes de un Rof, pero si lo mataba, sería como él y ya no habría marcha atrás, aún podía volver a la luz. Debían llegar a la ceiba, ahí la princesa Ek abriría el portal sagrado para que llegaran con los seres del sol. Les ordenó que volaran a toda prisa, pero Madrak cambió el color de sus ojos a un odio escarlata hacia Rof. El colibrí se acurrucó en su cálido pecho. Rof se puso de pie desafiante para atacarlos, sin embargo el sacerdote le gritó a las aves que emprendieran el vuelo y no mirarán atrás. Después arrancó un jade de su pectoral. Así lo hicieron, entonces solo escucharon un tintineo. El gran rugido del guardián jaguar las protegió.

Eugenia Nájera Verástegui.  Tampico, Tamaulipas. Tec. Computación, serigrafista, estudiante de violín y cine. Mi pasión por la música fue la principal inspiración para comenzar el proyecto transmedia “Los Portadores”. Tengo un Diplomado en Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas por el INBAL. Curso talleres de literatura, lectura, creación literaria. He publicado en antologías, revistas literarias a nivel local, nacional e internacional. Esta historia surgió después de haber leído el cuento de la tía Enedina en el círculo de lectura Los mundos extraños de Adela Fernández y del ejercicio creativo donde la consigna era que las protagonistas asemejen o representen actitudes de animales.

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