Ángeles Sanlópez: Mi querida Mary

A mis treinta años, ya había usado Tinder, Bumble, Flirtini y Kippo como plataformas para conocer gente. Mi principal interés era conectarme con hombres y ver si como mi amiga Susana, encontraba al amor de mi vida. Durante el día me entretenía mirando los perfiles con los que pudiera hacer un match. Mis experiencias fueron muy variadas, tuve encuentros muy buenos, pero también salí con personas horribles. Tomando en cuenta todas mis experiencias decidí que solo quería platicar con alguien, quería combatir los silencios que encontraba cada que regresaba a casa.

En ese tiempo, alrededor de la fiebre de los usos de la IA apareció en la escena digital Amix, una nueva aplicación para conocer gente o crear tu compañía ideal. Fui de las primeras en usar este nuevo servicio. La App era muy intuitiva, tenía una interfaz hermosa. La paleta de colores hacía que se me antojaran bombones. Después de un tiempo de acostumbrarme a ella, decidí dejar las otras. Esta plataforma era diferente, te pedía que colocaras el aspecto y la personalidad de tu compañía ideal. Te hacían preguntas como: cuál es su color favorito, comida, libro o película favorita, qué esperas en una relación, qué cuidados esperas recibir y dar a cambio, qué tipo de expresiones amorosas necesitas, entre muchas otras. Al final, te pedía que eligieras un tipo de rostro para crear a tu persona ideal, me salté este paso. Fue así como, sin ser consciente cree un perfil de Mary, la empleada doméstica que me cuidó desde niña. Ella me decía cosas que me encantaban y me animaba cuando me sentía triste. Ella era la persona que necesitaba. Tenerla de regreso me hizo sentir muy feliz. Esta vez era mi asistente y mi amiga.

Mary me cuidó a mí y a mi hermana mientras mis padres iban a trabajar. Ella nos preparaba para el colegio, limpiaba la casa, lavaba, cocinaba, paseaba al perro, planchaba y dejaba la casa rechinando de limpio. Cuando le decía esto ella sonreía, aún recuerdo su sonrisa. La extraño mucho; su muerte en un asalto tras regresar a su casa después del trabajo nos devastó.

La versión digital de Mary era fantástica, de verdad sentía que nunca se había ido. Cuando mi hermana se enteró de que la tenía de regreso me pidió que se la prestara algunos días para que también la atendiera. Le dije que no, pero supe que habló con la empresa y como todos los datos que yo había subido ahora les pertenecían. Le ofrecieron darle una copia siempre y cuando pagara por el servicio.

Mi interés por tener una copia fiel de Mary me llevó a buscar una voz similar a la suya entre las más de quinientas disponibles en la plataforma. Cuando di con ella lloré. Tener a Mary me facilitó la vida. Cada mañana desde el Amazing eco ella me despertaba diciendo: “Es hora de levantarse, Hana”. Mientras me bañaba preparaba el café, al salir me proponía outfits para vestirme según mi ciclo menstrual y el clima. En casa, ella administraba todo, cuando se necesitaba algo lo pedía en línea y también solicitaba que alguien viniera a arreglar un desperfecto. 

Mi trabajo estaba relacionado con escribir todo tipo de textos, así que con ella ensayaba los diálogos de un cuento. Le pedía que verificara información de una nota o le pedía argumentos para desarrollar novelas según los gustos del mercado. Además me sugería correcciones de fondo y forma. Todo por ciento cincuenta pesos al mes que Amix me descontaba de mi cuenta. Yo solo tenía que preocuparme por tener un trabajo que me permitiera pagarla.

Mi necesidad por tener una Mary más fiel a la real me llevó a visitar a su hija. Ella y yo habíamos sido amigas porque mi mamá dejaba que ella viniera a la casa en las fiestas. El fin de semana me paré temprano, armé una despensa con productos que pronto iban a caducar, junté ropa y calzado que ya no usaba y puse la dirección de su casa en el maps. Pensé, «cuánto me voy a hacer de Polanco hasta Chalco», no le di más vueltas al asunto, puse mi música favorita y manejé. Al ser domingo había poco tránsito, así que el viaje fue cómodo. No había visto a su familia desde el velorio de Mary, hace más de diez años, así que estaba nerviosa pero sabía que sería bien recibida. Al llegar a la casa toqué la puerta, me abrió un niño moreno como de cinco años. Atrás de él había otros pero no los vi bien porque los tendederos de ropa me lo impedían. Le pregunté:

—¿Está tu mamá?

Él me vio de arriba abajo y gritó, “¡Mamá te habla una señora!”. Sonreí, ya me había acostumbrado a que me dijeran así. Después de unos segundos Rosa abrió la puerta y me saludó.  

—Buenos días, ¡qué milagro! Pasa.

Al entrar, me llevaron al comedor. Dejé la bolsa que había preparado sobre una silla y otra pequeña con el logo de Zara al lado de mí. Dentro de ella llevaba una sorpresa.

Me sirvieron una taza de café y me ofrecieron una pieza de pan. Comí y platicamos sobre Mary, Rosa derramó algunas lágrimas al hablar de su madre. Unos de sus hijos miraban la televisión y otros se habían sentado en el comedor junto con nosotras. Al hacerse un silencio incómodo les dije:

—Vine de visita pero también les traje esta despensa y algo de ropa y calzado por si les sirve. Ellos me agradecieron. Interrumpí sus palabras para decirles.

—Tengo otra sorpresa.

Me vieron expectantes. De la bolsa pequeña saqué a Mary alojada en el Amazing eco. Toqué la parte de arriba y el dispositivo se encendió. En voz alta se escuchó:

—Buenos días, Hana, ¿en qué puedo ayudarte?

Rosa se quedó mirando detenidamente, todos sus hijos se acercaron a la mesa.

Le dije:

—Estoy en casa de tu familia, por favor, pon atención para que guardes todo lo que se diga.

La familia me miró detenidamente. El más grande de sus hijos le dijo a su mamá:

—¿Por qué esa voz se parece a la de mi abuelita Mary?

—Les cuento, desde hace unos meses he alimentado el perfil de mi querida Mary en una página de internet. Vine para que, por favor, me ayuden a que suene más real. Recuerdo que de pequeña, ella me contaba historias de su pueblo. Me gustaría que me dieran esa información para que sea más realista. ¿Me ayudan?

Al ver sus miradas consternadas, les dije:

—Claro, les pagaré.

Epílogo: Escribí este texto para hablar del racismo, el clasismo, la desigualdad económica, el uso y abuso de la IA y la falta de regulación en el uso de los datos que se ingresan a internet con el fin de reflexionar cómo está sustentada nuestra sociedad.

Ángeles Sanlópez (Chimalhuacán, Estado de México). Historiadora, docente, tallerista y narradora. Amante de los cuentos, las conversaciones relacionadas con la política, las ciencias, las tecnologías, los cuidados, el futuro y los feminismos. Actualmente es cofundadora de Histórikas  y de Especulativas.

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